
Expansión Política
Armando Vargas @BaVargash
Tres aristas para abordar con seriedad por qué la violencia parece disminuir y saber si estamos ante una reducción sostenible o si es sólo una pausa temporal e incluso irreal.
México sigue siendo un país profundamente violento. Hoy es más violento que hace una década y 2025 cerró con una tasa de 17.4 asesinatos por cada 100 mil habitantes, umbral que supera tres veces la tasa mundial. Sin embargo, hay un hecho que no puede negarse: los datos oficiales muestran reducciones sostenidas desde el inicio del nuevo régimen político en 2018. Disminuciones hasta ese momento inéditas para el siglo XXI. Entre 2018 y 2025, los homicidios disminuyeron 30.7%. Tan sólo de 2024 a 2025, la caída fue de 22.2%. Desde el inicio del presente sexenio, en septiembre de 2024, al último registro en febrero de 2026, el promedio diario de víctimas mensuales se redujo en 44%.
Ante esos índices ya no podemos hacernos las mismas preguntas que dominaban el debate en los sexenios de Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto. En esos tiempos intentábamos explicar por qué la violencia crecía sin control. Hoy el reto es otro: entender por qué está disminuyendo. Es una pregunta estratégica. De su respuesta depende si consolidamos una reducción sostenible o si simplemente estamos frente a una pausa temporal e incluso irreal de la violencia. Propongo tres aristas para abordarla con seriedad.
Pasar de lo nacional a lo local
Las tendencias nacionales abren el debate por su relevancia mediática, pero ocultan la complejidad de la violencia. Cuando agregamos los datos para observar al país en su conjunto, aparece una reducción; pero si miramos los datos por entidad, la historia cambia de manera clara. De enero de 2025 a enero de 2026, las víctimas de homicidio doloso se redujeron 34% a nivel nacional. En cambio, a nivel estatal, aumentaron en Veracruz (40%), Baja California Sur (390%), Durango (66%) y Yucatán (48%) en ese mismo periodo. La diversidad es aún mayor cuando descendemos al nivel municipal.
Pasar de lo nacional a lo local es clave porque permite producir evidencia de mayor calidad: más precisa, más útil. Al focalizar la mirada en fenómenos diferenciados, podemos evitar explicaciones generalizantes que no aplican en todos los territorios y diseñar respuestas mejor calibradas. No se interviene de la misma forma un municipio en disputa abierta entre grupos criminales que uno con debilidades institucionales severas.
En seguridad, el error más costoso es asumir que todos los territorios enfrentan el mismo problema. Por eso, el análisis local no es un lujo técnico: es una condición indispensable para implementar políticas públicas pertinentes, capaces de prevenir, reducir o contener la violencia donde realmente ocurre.
Considerar todas las respuestas probables
No existe una sola razón detrás de la reducción de los homicidios. Hay, al menos, tres hipótesis plausibles: eficacia gubernamental, régimen criminal e inconsistencia de los datos.
La primera propone que los homicidios se reducen porque las políticas públicas están funcionando. Hay mejores policías y fiscalías; mejor prevención y sanción. Hay casos que sostienen este argumento: Nuevo León o Querétaro a nivel estatal; Mérida o Chihuahua a nivel municipal. Aquí, la reducción es consistente con una mayor presencia y efectividad del Estado.
La segunda plantea que los homicidios se reducen porque el crimen organizado impone orden en los territorios. No es el Estado quien controla la violencia, sino los propios actores criminales. Esto no es pacificación; es sustitución del poder. Menos homicidios no necesariamente significa más seguridad. De hecho, estos equilibrios son inherentemente inestables: cuando se rompen, la violencia se dispara. Sinaloa es un ejemplo ilustrativo. Durante años mantuvo niveles relativamente pacíficos; tras la ruptura de ese orden, la violencia se disparó.
La tercera sostiene que los homicidios se reducen en los registros, no necesariamente en la realidad. Esto puede deberse a debilidades institucionales para registrar adecuadamente los delitos o a dinámicas criminales que ocultan la violencia, como la desaparición de personas. La señal de alerta aparece cuando la caída en homicidios coincide con aumentos en otros delitos contra la vida o en personas desaparecidas, especialmente a nivel local. No se trata de mezclar registros, sino de problematizar lo que cada uno está capturando —y lo que se está dejando fuera.
Probar simultáneamente estas hipótesis es indispensable. Permite fortalecer las políticas donde sí están funcionando, recuperar la autoridad del Estado en territorios bajo control criminal y mejorar la calidad de la información con la que entendemos la violencia. Apostar por una sola explicación, además de analíticamente pobre, es políticamente peligroso. Reduce, en los hechos, las posibilidades de construir una pacificación real.
Definir un propósito social
Hay una tercera clave que suele pasarse por alto: el propósito con el que analizamos la violencia. Éste define el tipo de conclusiones a las que llegamos y, sobre todo, el uso que se le da a la evidencia. Señalar, repartir culpas o validar posiciones políticas preconcebidas es un objetivo fácil, pero estéril. El análisis de la violencia —y de sus posibles reducciones— debe tener en cambio un propósito social, que es mucho más exigente.
El propósito social no busca confirmar narrativas, sino producir conocimiento útil para la toma de decisiones. Implica también incomodarnos con los hallazgos. Si la reducción de homicidios responde a mejores políticas públicas, hay que profundizarlas y replicarlas. Si responde a equilibrios criminales, hay que reconocerlo y reconstruir la autoridad del Estado. Y si responde a fallas en los registros, hay que corregirlas antes de celebrar resultados.
Con esto, no buscamos ganar la discusión pública, sino mejorar la política pública. Ese cambio de enfoque es fundamental. Porque cuando el análisis se convierte en instrumento de confrontación, pierde su capacidad de incidir; pero cuando se orienta a resolver problemas, se vuelve una herramienta para construir seguridad.
