Opinión

La tristeza en la política.

Por: Francnisco Flores Legarda

“Se debe permitir que el dolor y la tristeza lleguen
y se vayan”

Jodorowsky

La tristeza en la política es un fenómeno complejo: puede ser una estrategia de
desmovilización y control del poder, capitalizada por líderes para ganar votos
mediante el miedo y la desconfianza, especialmente en contextos de crisis. Sin
embargo, también puede ser un catalizador para la reflexión profunda, el análisis y
la reconstrucción de movimientos políticos, impulsando a la acción colectiva y la
búsqueda de esperanza frente a la desilusión y el agotamiento emocional. 

Tres aspectos importas señalar.

Desmovilización y control: Líderes populistas usan emociones tristes como el
miedo y la desesperanza para generar desconfianza en las instituciones y
movilizar seguidores, creando una sensación de que el sistema está roto
Polarización: La polarización en redes sociales exacerba emociones negativas,
donde lo estrafalario gana atención, y los moderados se retiran, dejando espacio a
posturas radicales que capitalizan el descontento.
Personalización: Las campañas se centran en la figura del candidato, más que en
partidos, buscando generar emociones (incluyendo la tristeza) para conectar, a
veces creando un espectáculo de “novela” en lugar de debate de propuestas. 

Propongo pensar la tristeza como una producción deliberada del capitalismo
actual. Su propósito sería reducir nuestra potencia de hacer. “Por analogía con las
ideas de bio y necropolítica llamamos lipipolíticas a este otro conjunto de técnicas
de gobierno. Pensar en resistir las políticas de la tristeza nos sugiere casi
automáticamente imaginar su contrario, esto es, políticas que aumenten nuestra
potencia de hacer”

Escriben Gilles Deleuze y Claire Parnet (1977): La tristeza, los afectos (o
pasiones) tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia de obrar. Y
los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en sus esclavos. El
tirano, el cura, el ladrón de almas necesitan persuadirnos de que la vida es dura y
pesada. Los poderes tienen más necesidad de angustiarnos que de reprimirnos o,
como dice Virilio, “de administrar y de organizar nuestros pequeños terrores
íntimos. No es fácil ser un hombre (o una mujer) libre: huir de la peste”, organizar
los encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría,
multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación”.

Tú o yo podemos sentir una emoción concreta en relación con un objeto concreto.
Nosotros somos quienes generamos estas emociones, ¿pero a partir de qué
material? Antes de las emociones, sostienen (ciertos teóricos), están los afectos,
que flotan libres de los individuos, inherentes a las atmósferas de instituciones y
espacios sociales. Los afectos revierten la relación sujeto-objeto de las
emociones: nosotros somos sus objetos en lugar de su origen. Son la manera en
que la vida social se hace sentir, depositándose en las personas individuales, que
luego las procesamos como nuestras propias emociones. Podemos incluso decir
que los afectos son características objetivas del paisaje social, aunque se trate de
unas características que solo pueden ser observadas y registradas por medio del
sentimiento. Como escribe uno de los principales teóricos de esta línea de
pensamiento, Brian Massumi, el afecto “es tan infraestructural como una fábrica”.
Según esta lógica, las líneas de potencia del afecto que recorren cada oficina y
cada lugar de producción son tan relevantes para nuestra economía política como
cualquier infraestructura física.

Puedo señalar tres escenarios que conozco razonablemente bien en los que
estimo que se pueden comprobar estas ideas, como son las ya mencionadas
universidades, en sus transformaciones de los últimos 20-30 años, las formas de
vida estrechamente ligadas al espectáculo debordiano y el urbanismo de la
separación de los ancianos de clase media en nuestro entorno y la precarización
de la juventud también de las últimas décadas.
La última mitad del siglo XX y sobre todo lo que va del siglo XXI se pueden
caracterizar como la crisis de las identidades colectivas. La religión, la familia, los
partidos políticos, la cultura nacional entre otros aspectos, volaron por los aires.
Existen cada vez menos personas cuya identidad está monolíticamente definida.
La globalización generó ciudadanos del mundo, más preocupados por tener
pasaportes “poderosos” que les permitan viajar, que por aprenderse himnos,
marchas o celebrar con solemnidad una fecha patria.
Las religiones están en crisis esto vinculado con la explosión de la diversidad
sexual y cultural, las personas están redefiniendo sus vínculos amorosos, sus
proyectos a largo plazo y con ello sus modelos familiares. Todas las personas, a
su manera, están haciendo lo mismo: buscando el sentido de la vida. Durante gran

parte del siglo XX el sentido de la vida estaba dado por el lugar de nacimiento, la
capacidad adquisitiva de la familia de origen, la formación educativa que se
alcanzaba o el trabajo que se conseguía. Pero en el siglo XXI, trabajar toda la vida
en un mismo lugar es un tenue recuerdo de una sociedad que ya no existe. En esa
incertidumbre, las personitas caminamos y construimos sentido. Sin embargo, lo
que termina ocurriendo en la realidad, es que el sentido de vida se volvió líquido y
efímero. Es por eso que los sentimientos de nuestra época, como señala Dubet,
son la tristeza, el desencanto, la soledad, el pesimismo.
Esta es la sociedad que se está parando frente a las urnas. Es cierto que busca
entre los rostros de los candidatos alguien que pueda solucionarle los problemas
materiales como conseguir empleo, mejorar salario, facilitarle el acceso al alquiler
de un departamento o el crédito para adquirir un hogar propio. Pero también, los
electores les están pidiendo a los candidatos que les den sentido a sus vidas. Las
personas queremos saber de dónde venimos, por qué estamos como estamos, y,
sobre todo, saber que en el futuro estaremos mejor. No sirve solo contar lo mal
que se vive o los tiempos complejos que vamos a atravesar. Los electores están
votando para adelante, buscando futuro y una esperanza que los conmueva.

En pleno siglo XXI nadie lee propuestas ni programas políticos. Incluso conozco
muchos militantes que no leen sus propias propuestas, mucho menos lo va a
hacer el ciudadano común. La gente no está votando programas, sino personas
que puedan ayudarle en esta búsqueda de sentido en la época de las pasiones
tristes.
Salud y larga vida

Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH