Opinión

Combatir al mal es una causa perdida.

Por: Manuel Narváez Narváez

Email: narvaez.manuel.arturo@gmail.com

Traer de regreso a México la paz y la seguridad no depende de poses baladronas de guapitos de Mattel ni del maquillaje matutino de la mitómana contumaz.

La semana pasada fueron sacados a la fuerza de su domicilio tres hermanos en ciudad Aldama, Chihuahua. Días después sus cuerpos fueron hallados en el corredor rumbo a Ojinaga.

Días antes, cuatro escoltas de la alcaldesa de Ojinaga fueron “levantados” por grupos armados. Ellos sí pudieron contarla, no sin antes recibir sus respectivas “calentadas”.

Como viene sucediendo desde hace mucho tiempo, la ruta del sol de Aldama a Ojinaga es tierra sin ley. En ese tramo operan a placer grupos criminales a los que las células conformadas por efectivos de la Sedena, la Guardia Nacional, Policía estatal y agentes de la FGE apenas si les hacen cosquillas.

Los tiempos en que el “Zorro de Ojinaga”, Pablo Acosta Villarreal, regenteaba con cierto orden gracias a la colaboración de las autoridades locales, estatales y federales, esa plaza para el crimen organizado, palidecen con la tragedia que viven miles de familias en tiempos actuales.

Hoy que la federación “ataca” las causas que llevan a adolescentes y jóvenes a reclutarse -por las buenas o las malas- con las diversas células criminales que agitan la región, han servido para dos cosas: ustedes ya se la saben.

Los billones de pesos que le mete el régimen en pensiones, becas y otros tantos programas sociales dizque para sacar de la pobreza a los vulnerables y al campo, han sido tan efectivos como el abasto de medicamentos en hospitales públicos.

Vaya, ni los centavos que la Secretaría de Turismo ha invertido para reactivar el turismo en Coyame del Sotol ha sido suficiente para que los paseantes se atrevan a sortear una de las peores carreteras federales del país.

Entre tramos carreteros destrozados con cráteres semejantes a los de la Luna, desapariciones, tiroteos entre grupos criminales, que son los verdaderos mandones de esa parte del territorio nacional, y la ineficacia de las estrategias para recuperar la paz, viajar de ida y vuelta de Aldama a Ojinaga es jugarse la vida.

Lo mismo sucede de Satevó a Parral, de Guachochi a Creel, en Guadalupe y Calvo, en Juárez y en la capital. El crimen organizado tiene bien sentados sus reales por esos lares.

Triste es reconocerlo, aunque los tres órdenes de Gobierno sigan con la fábula de los decomisos, las detenciones de generadores de violencia y ese choro de que los homicidios dolosos van a la baja. Ni para efectos de propaganda sirven.

Más grave aún es cuando la federación señala con dedo flamígero que Guanajuato y Chihuahua, dos de las entidades que se resisten a ser gobernadas por el partido oficialista, han hecho el uno-dos en la lista negra de los homicidios dolosos.

Hay dolo de la federación en las cifras y comparaciones de su retórica, no uso “narrativa” porque ya me tienen hasta la madre con ese cliché; pues resulta engañoso, como bien lo detalla el medio digital Animal Político, que tan sólo en el último año, en Sinaloa los homicidios relacionados con el crimen organizado aumentaron un 67%, basados en cifras del mismo secretariado de SPPC federal.

Nadie en su sano juicio se cree el cuento de que los homicidios han bajado un 40%, cuando en el sexenio de Andrés López desaparecieron más de 54 mil personas y en lo que va del sexenio de Sheinbaum Pardo la cifra ya supera las 14 mil.

Si Calderón se aventuró a desafiar el crimen organizado sin un diagnóstico cierto y con una estrategia a lo pendejo, “abrazos, no balazos” resultó más mortal, que nos coloca como la nación más violenta del planeta, sin estar oficialmente en guerra. Sólo hay guerra ideológica.

La terrible realidad de quienes vivimos en Chihuahua no es distinta a la que viven ciudadanos de Sinaloa, Michoacán, Sonora, Edomex, Veracruz, Chiapas, Tabasco, Baja California, Guerrero, Tamaulipas, Guanajuato o Colima. El crimen organizado controla más territorio que nunca.

Debido a los fracasos durante el período neoliberal y a la colusión del régimen actual con el crimen organizado, revertir la horrenda situación actual depende de un cambio radical del modelo institucional, que sea tan profundo como una alianza efectiva con nuestro vecino del norte para contrarrestar el terrible poder del narco, y recuperar paulatinamente la tranquilidad y los espacios perdidos.

Hay quienes piensen que la senadora morenista de llegar al Gobierno del Estado barrería con el crimen organizado de Chihuahua, como lo hizo el “tío Adán” en el edén tabasqueño.

Recuperar la libertad de tránsito en Chihuahua al igual que en más de la mitad del territorio nacional, parece una causa perdida.

Por eso urge un golpe de timón, porque para mañana ya es demasiado tarde. Es cuanto.