
Por: Francisco Flores Legarda
“La enfermedad más peligrosa de un Gobierno,es el desprecio por sus ciudadanos”Jodorowsky.
El poder puede acarrear a quienes lo ostentan una segura enfermedad que se da
especialmente en las personas que ya de por sí son narcisistas, estamos ante el
Síndrome de Hubris. Es cierto, en muchos casos, esa aseveración que
frecuentemente hemos tenido oportunidad de escuchar: el poder envenena y
corrompe a las personas. Pues sí, entra en el organismo como si de asbestos se
tratase y produce cáncer, pero cáncer moral. El síndrome de Hubris viene a
producir una patología en la personalidad, una patología en la psique de una
persona, que será verdugo y víctima al mismo tiempo, esta afectación será más
grave en orden directo a la soberbia que el personaje en cuestión pueda ostentar y
a su grado de narcisismo. Esta es la razón de que se limiten los cargos de
presidencia en cualquier ámbito (político, empresarial, colegisl, etc.) a cuatro o
cinco años, tratando de impedir que la reelección llegue a una persona a ostentar
el cargo durante ocho años seguidos.
La exposición durante largo tiempo de un determinado individuo al poder y a la
sensación de omnipotencia termina produciendo en el individuo, sobre todo si va
algo sobrado de sí mismo, el llamado Síndrome de Hubril.
Realmente el Síndrome de Hubris es la enfermedad del poder, aunque hay que
precisar que dicho síndrome que no está reconocido por Organizazcion Mundial
de Salud de categorización de los trastornos mentales, sin embargo, sí está
considerado como tal patología o síndrome dentro de la psicopatología.
El poder puede acarrear a quienes lo ostentan una segura enfermedad que se da
especialmente en las personas que ya de por sí son narcisistas, estamos ante el
Síndrome de Hubris. Es cierto, en muchos casos, esa aseveración que
frecuentemente hemos tenido oportunidad de escuchar: “el poder envenena y
corrompe a las personas”. Pues sí, entra en el organismo como si de asbestos se
tratase y produce cáncer, pero cáncer moral.
El síndrome de Hubris viene a producir una patología en la personalidad, una
patología en la psique de una persona, que será verdugo y víctima al mismo
tiempo, esta afectación será más grave en orden directo a la soberbia que el
personaje en cuestión pueda ostentar y a su grado de narcisismo.
Esta es la razón de que se limiten los cargos de presidencia en cualquier ámbito
(político, empresarial, colegisl, etc.) a cuatro o cinco años, -aunque hay entidades
que no contemplan esta limitación-, tratando de impedir que la reelección lleve a
una persona a ostentar el cargo durante años seguidos en los casos de
legisladores, por ejemplo.
La exposición durante largo tiempo de un determinado individuo al poder y a la
sensación de omnipotencia termina produciendo en él, sobre todo si va algo
sobrado de sí mismo, el llamado Síndrome de Hubris.
El Síndrome de Hubris es ego desmedido y desprecio por las opiniones y también
por las necesidades de los demás, al sujeto que lo padece solo le importa él
mismo.
La palabra hubris viene del griego hybris y significa orgullo y arrogancia. Los
griegos de la Grecia Clásica usaban este término aludiendo a la arrogancia del
hombre frente a los dioses, algo que hacía creer al humano que podía conseguirlo
todo.
La mitología no es más que un intento de explicar el ser y su origen, siendo algo
más real de lo que en principio se pudiera llegar a pensar pues trata de dar
explicación a temas reales, aunque lo hace de forma idealizada.
El Síndrome de Hubris está presente en el mundo real, practicado por reyes como
el Rey Sol, Luis XIV; emperadores como Nerón, Napoleón; dictadores como Hitler,
Stalin, Trosky, Fidel Castro, etc.; políticos contemporáneos, militares, empresarios
y/o directivos. Ha existido siempre porque es un fallo de la conducta humana que
existe desde que el hombre es hombre, pero no fue hasta 2008, cuando el
neurólogo David Owen acuña el término en su libro En el poder y en la
enfermedad, donde analiza el comportamiento de políticos como Roosevelt, Bush,
Blair, etc. Sumemos a López Obrador y todos sus seguidores.
Owen lo describe como un trastorno reversible en personas sanas. Pero existe
comorbilidad con el trastorno bipolar y con el narcisismo.
El síndrome de Hubris es lo que se conoce también como “la enfermedad del
poder” y puede apreciarse y sufrirse, -más que sufrir el propio sujeto, lo sufren
quienes están por debajo del mismo en jerarquía y alrededor de él-, se pone de
manifiesto en personas y personalidades que se muestran muy distintas a como
antes fueron al frente de una posición de “liderazgo”, mejor dicho, de jefatura.
La sintomatología se expresa manifestando cambios radicales en el carácter
habitual de personas cuando ocupan el puesto de líder o, mejor dicho, de jefes,
porque un jefe no es necesariamente un líder. Esta sintomatología surge cuando
el individuo toma consciencia de su poder y nace del procesamiento que hace de
este sentimiento de poder.
La persona que padece esta sintomatología avasalla moralmente, manifiesta como
sea su poder, hace lo que sea por permanecer en su estatus y no perder su
puesto de ninguna manera, estando dispuesto a permitirse toda negligencia o
pecado, civil o moral, para conseguir su objetivo; y sobre todo quiere el
reconocimiento de los demás, de los que espera que le respeten o que le teman.
Quien personifica, no diremos “sufre”, pues quienes sufren realmente son los
demás, encarna este rol mostrándose extremadamente orgulloso, maquiavélico,
insensible, no le importa cumplir con su deber o no, solo le importa él mismo, solo
él mismo, aunque de razones múltiples para intentar convencer de que actúa así
en loor del bien común. Nada de eso, solo quiere mantener su estatus y para ello
no le importa despreciar y ser incluso despiadado con quien crea es un obstáculo
en su plan.
Este síndrome lo vemos en ciertos presidentes de gobierno que más que
presidentes parecerían encarnar al Rey Sol y el Despotismo Ilustrado, en aquello
de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. El desprecio y la arrogancia se
convierten en superlativos y el sujeto experimenta una patología que, aunque la
tenga él, no la sufre él, sino los demás. Es una enfermedad aparejada al poder
pero que, curiosamente, no es una enfermedad que padece el propio sujeto, sino
que padecen los demás, quienes están jerárquicamente en peldaños más bajos.
Si Rousseau decía que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad es la que
lo corrompe, en este caso el sujeto puede estar en el percentil de “normal”,
aunque tendente a soberbio y narcisista; y es el desempeño del poder lo que lo
corrompe. La sociedad no hace más que sufrir las consecuencias. Sería una
enfermedad que no la padece el propio enfermo, -que está encantado de haberse
conocido-, sino los demás.
El poder corrompe a la persona y transforma su forma de pensar y sus
comportamientos. Pero para que esto pase, tiene que darse en tierra abonada, es
decir, la persona presenta cierta predisposición al despotismo. Una vez presa del
Síndrome de Hubris veremos la versión peor del individuo, que progresivamente
pierde su moral y gana en soberbia y arrogancia con total sensación de impunidad
independientemente de los actos que acometa, que pueden ser de lo más
pérfidos, traidores, violentos (moral o físicamente), amorales.
Los políticos tienen demasiada confianza en sí mismos y esto les puede llevar al
fracaso, si su objetivo es permanecer en el poder; y, hacen lo que sea para
mantenerse en cabeza, pudiendo llegar a producir grandes males a la población y
a la política en sí cuando se trata de presidentes de gobierno. Sitúan sus objetivos
por encima de todo, de cualquier cosa, de cualquier persona, de la Nación incluso,
siendo esta actitud un claro desprecio al resto de los ciudadanos y/o formaciones
políticas. Estando en la cúspide se sienten como pez en el agua y manifiestan sin
reparo alguno su sentimiento de superioridad. Como creen estar por encima del
bien y del mal, la consecuencia es que anulan toda norma moral y/o ética porque
para ellos suponen estorbos, si acaso tergiversan la realidad para justificarse,
usan estos conceptos morales o éticos para hacer parecer, lo blanco, negro y
continuar con su tóxica idea de poder.
Salud y larga vida
Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH.


