Opinión

La narcopolítica es madre soberana.

Por: Manuel Narváez Narváez

Email: narvaez.manuel.arturo@gmail.com

Los malos gobiernos se pierden en comisiones y omisiones, pero también distraen esparciendo el odio y dividiendo a la sociedad.

La semana pasada platicaba con un buen amigo de Ojinaga, profesor entusiasta, de convicción, de esos como hay muchos que se preparan para trasmitir la mejor educación a sus alumnos.

Amén de sus ocupaciones docentes y cuidar de su familia, me comentó las dificultades para venir a la capital del estado, no sólo por sus responsabilidades, sino también por las horribles, pésimas condiciones de la carretera de ida y vuelta de Aldama a la frontera ojinaguense.

Salvo los tramos antes y después de la caseta de cobro, el resto, incluido la libre por el Pegüis, que es la mayor parte de la ruta, transitarla significa jugarse la vida.

Como nunca, al menos desde 1989 que transité por primera vez esa ruta para tramitar mi visa norteamericana, y los subsecuentes viajes de trabajo para acompañar a un amigo empresario que ya se adelantó en el camino, la carretera lucía en muy buenas condiciones.

Varias noches disfrutamos esa carretera con el cielo estrellado y liebres orejeras que cruzaban el camino. Incontables ocasiones fuimos y regresamos con bien, sin temor alguno, y eso que por aquellos tiempos comandaba el territorio Pablo Acosta Villarreal.

La preocupación del buen amigo por las terribles condiciones de la carretera que, por abandonarse el mantenimiento en la última década y cuyo deterioro ya no se arregla con el miserable “bachetón”, es entendible que pensarla dos veces para transitarla.

Pero no sólo es el peligro de sufrir un accidente, sino también el gran temor de los compatriotas y visitantes que conducen con todo y familia por ese camino de ser víctimas de asalto a mano armada y despojo de sus vehículos, carteras y objetos de valor.

La semana antepasada, a propósito del control que ejercen células criminales en toda la región desde Ojinaga a Aldama, una familia pagó un alto precio por confiar en que se puede transitar sin riesgos por esa carretera.

Conservaron el bien más preciado: la vida, pero perdieron mucho de su patrimonio e identificaciones. Afortunadamente fueron auxiliados por otros aventurados conductores que los vieron caminar por un costado de carretera pidiendo auxilio.

De unos años para acá resulta tremendamente arriesgado conducir de Aldama a Ojinaga, y viceversa. A menos que sea muy urgente, necesario o simplemente que desconoce la situación, los residentes de esos municipios y los paisanos se juegan la vida en esa parte del territorio nacional en manos del crimen organizado.

Vastos territorios de Chihuahua, inclusive entidades federativas completas donde el Estado mexicano ha perdido el control y la soberanía, la ley que impera es la del narco. Así de simple.

Ya se perdió la cuenta de las víctimas fallecidas por accidentes en carreteras del noreste y centro-norte del estado. Las cifras de pérdidas materiales se cuentan por centenas de millones de pesos, y contando.

Las otras cifras por desapariciones forzadas, ejecuciones, homicidios contra funcionarios públicos, asaltos a mano armada y despojos de vehículos distan mucho de lo que el régimen reconoce a través de sus láminas de escritorios que periódicamente exhibe en las mañaneras.

Esta terrible situación de decenas de miles de chihuahuenses y usuarios de la carretera Aldama-Chihuahua se asemeja a la de quienes transitan la Chihuahua-Ciudad Juárez, y lo que viven los juarenses, la ciudad más mortífera del estado.

Pese a la presencia de retenes del Ejército y de la FGR en ese tramo hacia el norte del estado, a la excelsa coordinación del ayuntamiento juarense con la federación y el constante redoble de efectivos militares para patrullar las calles fronterizas, los índices delictivos se mantienen muy elevados.

Cualquier estrategia de seguridad presentada desde los tiempos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto fracasaron. Peor aún, guardar las armas y replegar al Ejército a los cuarteles como lo hizo Andrés Manuel López Obrador sólo vino a acentuar la pérdida de territorio nacional frente al crimen organizado.

Lo más terrible para los mexicanos y la soberanía nacional es que con el régimen actual, aun y cuando se entregó o se deshizo de lo más selecto de líderes criminales y generadores de violencia, el poder de fuego y alcance de influencia de los cárteles mexicanos, pese a los golpes recibidos, mejoraron el negocio de su veneno bajo el amparo del gobierno.

Habría que preguntarles a los ojinaguenses, coyamenses y aldamenses qué opinión les merece que la titular del poder Ejecutivo pierda el tiempo y millones de pesos en promover grupos musicales coreanos, y en seguir dilapidando el dinero de los contribuyentes en elefantes blancos a miles de kilómetros de las fronteras chihuahuenses.

Paradójicamente, se le llena el buche de patriotismo trasnochado e hipócrita quejándose por la visita a México de la titular de la comunidad madrileña y su afinidad a Hernán Cortés, cuando, en vez de cuidar el dinero del pueblo, se lo regala en petróleo al régimen asesino de Cuba, condena la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y defiende a la sentenciada argentina por corrupción, Cristina Kirchner.

Como muchos estados del país, Chihuahua tampoco tiene control de vastos territorios conquistados por el crimen organizado.

La supuesta soberanía es demagogia efectiva para mantener alejados de la realidad a sus adoctrinados, esos y esas que sorben gustosos el 4Tole con el dedo y cobran la “cotorra” mensual o bimensual como cómplices de un régimen protector del narco.

En Chihuahua la situación puede pasar de peor a devastador si la memoria se mantiene intoxicada y la progenitora es tirada al olvido.

Es cuanto.