Opinión

Golpe al populismo.

Donald Trump perdió el respaldo de millones de estadounidenses que repudiaron su liderazgo, ante el encarecimiento de la vida y las acusaciones de corrupción.

El Financiero

Raymundo Riva Palacio

Estrictamente Personal

Donald Trump descubrió este martes que el populismo, en el que se basó la construcción de su poder durante una década manipulando la indignación de los estadounidenses contra las élites políticas, económicas y culturales de Washington, prometiéndoles barrer con su corrupción y devolver el bienestar al pueblo, tenía fecha de caducidad: las elecciones intermedias donde millones repudiaron su liderazgo personalista que hizo del Partido Republicano una extensión de sus políticas, en las cuales los demócratas los aplastaron.

¿Pero fueron estas elecciones un tsunami azul? Hakeem Jeffries, el líder demócrata en el Congreso que a partir del 3 de enero presidirá la Cámara como líder de la mayoría, respondió: “No fue una ola azul, sino un tsunami americano. Es una mayoría histórica en el siglo XXI”. Su frase fue el colofón a sus primeras declaraciones el martes por la noche, cuando aseguró que no había sido una elección partidista, sino una reacción nacional de los estadounidenses.

Las razones por las que perdieron los republicanos tienen diferentes explicaciones, de acuerdo con las encuestas de salida. Tres de ellas fueron centrales: el alto costo de la vida –vivienda, alimentos y salud–; el incremento en los precios de diésel, que subieron entre 56 y 70% por la guerra en Irán, y el endurecimiento de la política migratoria y la brutalidad de los agentes de migración contra indocumentados, residentes y ciudadanos. Pero hubo otras más de impacto regional, como los centros de datos en Texas, que fueron rechazados por demócratas y republicanos porque consideraron que elevaría las tarifas eléctricas, sin transferir costos a los gigantes tecnológicos.

Este es el mejor ejemplo de las contradicciones en las que Trump metió a su electorado, al no escuchar a los republicanos opuestos a la inteligencia artificial que utilizaría esos centros de datos, y promoverla con entusiasmo. Trump dejó de escuchar a los estadounidenses, como lo hizo el lunes en su último discurso de campaña desde el espejo reflejante en el Mall, en Washington, donde habló de algas y tuberías. Nada dijo sobre los problemas cotidianos de los estadounidenses. Estaba en la estratósfera y pidió a los electores votar por los candidatos republicanos pensando que él estaba en la boleta. Así lo hicieron, pero en su contra.

Los resultados del martes presentaron una contradicción superior que terminó por alcanzarlo: el hombre que llegó a la Casa Blanca prometiendo combatir los privilegios del poder, terminó enfrentando a un electorado que sospecha que hizo lo mismo para enriquecerse, beneficiar a su círculo cercano y gobernar sin contrapesos. Fue una derrota particularmente significativa porque Trump había logrado sobrevivir políticamente a escándalos, investigaciones judiciales, acusaciones de abuso de poder y una condena penal. Presumió durante mucho tiempo que podía matar a una persona en la muy transitada 5a Avenida de Nueva York, y nada le sucedería. Por largo tiempo, su relación con los electores pareció inmune a las reglas tradicionales de la política estadounidense.

De manera intuitiva utilizaba el manual del populista. Lo que destruía a otros candidatos fortalecía su narrativa de persecución. Cada acusación en su contra se convertía en una prueba de que las élites querían impedirle representar al pueblo. Conspiraban para detenerlo, pero no lo lograrían. Derrotó al presidente Joe Biden en las elecciones de hace dos años, culpándolo de una mediocre economía; de ser tibio en migración y permitir “una invasión” de criminales por la frontera con México; de estar decrépito pero, sobre todo, de ser incompetente. Trump olvidó, sin embargo, que para mantener la narrativa y la inmunidad frente al electorado, necesitaba que percibieran beneficios concretos de su gobierno.

No lo logró, y la coraza de protección que tenía comenzó a fracturarse. Se disparó la inflación y se encarecieron los alimentos y la vivienda, que se acentuaron por la guerra arancelaria contra el mundo, que tensionó más la economía doméstica. Cerró accesos a los servicios médicos que habían abierto los demócratas y, manipulado –así lo comenzaron a ver– por el primer ministro de Israel, Benjajmin Netanyahu, apoyó la destrucción de Gaza y se lanzó a la guerra contra Irán, que agravó la situación de penuria de los estadounidenses.

La inconformidad económica comenzó a mezclarse con la percepción creciente de corrupción de Trump y su círculo cercano, que lo enfrentó a otra contradicción: haber explotado por años la narrativa de que la clase política en Washington era una banda de políticos enriquecidos a costa de los ciudadanos que limpiaría. Le creyeron los electores en 2024, y dos años más tarde, los demócratas revirtieron el argumento, presentándolo como parte del sistema de privilegios que decía combatir.

Las controversias sobre los negocios de criptomonedas vinculados a Trump y su familia, los beneficios económicos obtenidos durante su presidencia, los posibles conflictos de interés en negocios domésticos e internacionales, y las relaciones entre grandes empresarios y decisiones gubernamentales, dejaron de ser asuntos exclusivos de las investigaciones periodísticas y se convirtieron en parte de la disputa electoral. A mediados de octubre, una encuesta de The Washington Post y ABC News encontró que 66% de los votantes creía que Trump utilizaba la presidencia para enriquecerse. Otra, difundida por Fox News en vísperas de las elecciones, mostró que 88% del electorado estaba extremadamente o muy preocupado por la corrupción gubernamental.

Millones comenzaron a relacionar los privilegios, el enriquecimiento presidencial y los negocios de su entorno, con sus propias dificultades económicas y mayores costos de vida. ¿Para quién estaba gobernando realmente? El populismo funciona mediante una división moral de la sociedad. De un lado coloca al pueblo, al que atribuye autenticidad y legitimidad; del otro, a las élites, presentadas como egoístas y corruptas. Como líder populista, Trump se ofreció como intérprete exclusivo de la voluntad popular y convirtió toda oposición a su liderazgo en una agresión contra su pueblo. Trump transformó al Partido Republicano, subordinó sus estructuras tradicionales y convirtió la lealtad personal en una credencial política fundamental. La sumisión tuvo costos al comenzar a perder respaldo su liderazgo.

Trump metió las manos para imponer seis candidatos al Senado y perdieron. Se desvanecieron dos estados republicanos, las Carolinas del Norte y el Sur. Texas se volvió demócrata después de casi cuatro décadas rojo. En Nebraska prefirieron a un senador independiente a un republicano. En Kansas, otro estado extremista, le dieron a un demócrata el primer escaño en la Cámara alta en casi un siglo. El populismo de Trump sufrió un golpe, pero severamente herido, todavía no puede cantársele la marcha fúnebre.