Opinión

En el discurso se apoya, en los hechos se olvida.

Por. Moisés Alvarez Palacio.

Mientras en el Estado de Chihuahua se asignan solo 390 plazas docentes para más de 3 mil aspirantes, y los maestros que ya están en servicio atienden grupos que superan los 25 alumnos en primaria, los países con mejores sistemas educativos del mundo trabajan acorde a las recomendaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En Finlandia, Corea del Sur o Canadá, los docentes tienen grupos de entre 13 y 15 estudiantes. El promedio de la OCDE es de 14 alumnos por docente en primaria. En México, los maestros atienden hasta el doble.

La falta de plazas docentes en Chihuahua ha llevado a protestas de los normalistas. La Secretaría de Educación de Chihuahua argumenta que la disponibilidad de plazas está condicionada por factores presupuestales y normativos, y señala que la matrícula estatal ha disminuido en más de 45 mil estudiantes, lo que reduce la necesidad de espacios.  Sin embargo, el problema de fondo es que, así como no se ofertan suficientes plazas, tampoco se cuestiona la calidad de las condiciones en las que se enseña. Un maestro con 30 alumnos tiene menos tiempo para atender a cada uno, menos energía para planear y menos capacidad para detectar a tiempo un rezago.

El informe Education at a Glance 2025 de la OCDE, que mide el gasto educativo de los países miembros, señala que México invierte en promedio 2,790 dólares anuales por alumno de primaria a bachillerato. La diferencia es abismal: mientras México apenas supera los 2,700 dólares, países como Estados Unidos destinan 20,387 dólares por estudiante, más de siete veces esa cantidad. Esta brecha se amplía aún más al comparar con Noruega (22,558 dólares), Austria (20,942 dólares) o el líder en la materia, Luxemburgo, que supera los 31,000 dólares por alumno. El gasto público educativo en México representa solo el 3.2% del PIB, muy por debajo de lo recomendado y del 5% que destinan los países desarrollados. En este contexto, la discusión sobre las plazas no debería ser solo sobre cuántos maestros contratar, sino sobre qué tipo de sistema educativo se quiere construir. ¿Un sistema educativo donde el maestro es un gasto, o uno donde es el eje del aprendizaje y merece ser valorado como tal?

El gobierno presume un incremento del 5.7% en el presupuesto educativo, pero si se descuenta la inflación, el aumento se reduce a apenas 0.9%. Es decir, el crecimiento es prácticamente nulo. No es un aumento, es un congelamiento. La promesa de una “transformación” que priorice la educación difiere contra la realidad de los recortes y los discursos que no se traducen en acciones concretas. Mientras se discute la austeridad, los casos de políticos con relojes de lujo y viajes opulentos, como los reportados por diversos medios, contrastan con la falta de recursos para garantizar un salario digno y una carga laboral razonable para los maestros.

La asignación de plazas no es un asunto que se deba tomar a la ligera. Es un síntoma de una visión que no comprende que la calidad educativa comienza por las condiciones en las que trabajan los docentes. Mientras sigamos viendo la educación como un gasto y no como una inversión, seguiremos teniendo más alumnos por grupo, menos plazas para quienes quieren enseñar y un sistema que, lejos de avanzar, se rezaga en comparación con países desarrollados.