
El Financiero
Por Enrique Quintana
Gracias al auge de la IA, las exportaciones mexicanas de servidores ya superan a las de autos y autopartes, pero el país aún necesita desarrollar cadenas productivas más dinámicas.
México vive un nuevo auge exportador. Pero detrás de las cifras espectaculares hay una paradoja que ayuda a explicar por qué las ventas al exterior pueden crecer a tasas extraordinarias mientras la economía avanza a paso de tortuga.
Durante décadas, hablar de exportaciones manufactureras mexicanas era hablar de automóviles. Eso está cambiando.
El protagonista emergente es mucho menos visible: los servidores y equipos de cómputo destinados a los centros de datos que Estados Unidos construye aceleradamente para soportar el desarrollo de la inteligencia artificial.
Las exportaciones mexicanas de servidores alcanzaron 82 mil 900 millones de dólares tan solo en el primer semestre de este año y crecieron 172 por ciento en los doce meses terminados en junio, tras expandirse 211 por ciento en 2025, de acuerdo con S&P Global Market Intelligence. Estados Unidos absorbió casi 94 por ciento de esas ventas y México aporta ya alrededor de 40 por ciento de las importaciones estadounidenses de estos equipos.
En el primer semestre de 2026, las exportaciones de los servidores ya superaron a los automóviles y autopartes, que sumaron 74 mil 800 millones de dólares. El símbolo histórico de nuestra manufactura de exportación acaba de ceder el primer lugar.
Entre enero y junio, las exportaciones totales de México llegaron a unos 390 mil millones de dólares, alrededor de 25 por ciento más que un año antes. El equipo de cómputo explica cerca de tres cuartas partes de ese salto: sin él, el Quintanaresto de las exportaciones habría crecido apenas 7 por ciento.Vistas así las cosas, parecería que México encontró una mina de oro en la revolución de la inteligencia artificial. Pero conviene ver los detalles.
Una exportación de 100 dólares no significa que México haya generado 100 dólares de producción o de ingreso.
Los servidores que salen de plantas instaladas en Chihuahua, Jalisco o Nuevo León contienen procesadores, unidades de procesamiento gráfico (GPU), memorias y tarjetas electrónicas producidos previamente en Taiwán, China, Corea, Vietnam o Malasia. México participa fundamentalmente en el ensamble, la integración y la prueba de los equipos antes de enviarlos al norte.
Por eso ocurre simultáneamente otro fenómeno del que hablamos mucho menos: la explosión de las importaciones asiáticas. Las compras mexicanas a Taiwán llegaron a casi 44 mil millones de dólares en el primer semestre. Esa economía, que en 2019 aportaba apenas 2 por ciento de nuestras importaciones, hoy representa más de 13 por ciento y se convirtió en nuestro tercer proveedor, solo detrás de Estados Unidos y China. No es coincidencia: buena parte de esos productos entra como componentes que después se incorporan a los equipos que cruzarán la frontera.
Las estadísticas convencionales registran el valor completo del servidor como exportación mexicana, aunque una proporción considerable de ese valor haya sido creado en Asia.
Las cifras de comercio en valor agregado de la OCDE permiten dimensionarlo. En el sector mexicano de electrónica y tecnologías de la información, alrededor de 71 por ciento del valor exportado correspondía a contenido extranjero en 2020, el dato más reciente disponible. En la industria automotriz, la proporción era de 47 por ciento.
Todavía no es posible calcular con precisión el contenido nacional de los servidores que hoy se fabrican en las plantas mexicanas, pero todo indica que se trata de una cadena particularmente intensiva en componentes importados.
Y allí está la clave de una aparente contradicción: exportaciones que crecen a tasas de dos dígitos y una economía prácticamente estancada. No hay tal contradicción. Las cuentas de comercio exterior miden exportaciones brutas; lo que impulsa al PIB es el valor que se genera dentro del país.
El ejemplo extremo lo ilustra. Si una empresa importa componentes por 90 dólares, los ensambla en México agregando 10 dólares de salarios, servicios y utilidades, y exporta el producto por 100, las estadísticas registrarán 100 dólares de exportaciones. Pero la aportación al ingreso nacional será de apenas 10.
Nada de esto vuelve irrelevante el auge de los servidores. Al contrario: la expansión de los fabricantes asiáticos crea empleos, atrae inversiones, desarrolla capacidades manufactureras y convierte a México en una pieza cada vez más importante de la infraestructura física de la inteligencia artificial.
El problema es confundir la participación en una cadena productiva con la apropiación del valor que esta genera.
La industria automotriz ofrece un contraste útil. También importa una enorme cantidad de componentes, pero en seis décadas creó a su alrededor una extensa red de proveedores de autopartes, ingeniería, logística y capacidades tecnológicas. Por eso una proporción mucho mayor del valor de un vehículo exportado se queda en México.
El reto es lograr algo semejante con la nueva industria tecnológica.
México puede conformarse con ser la gran plataforma norteamericana donde se ensamblan componentes asiáticos. Incluso ese modelo puede generar decenas de miles de millones de dólares adicionales, pero su efecto sobre el crecimiento será limitado.
La alternativa es aprovechar la expansión actual para desarrollar proveedores nacionales, ingeniería, diseño, software, centros de investigación y, eventualmente, etapas más sofisticadas de la cadena de semiconductores.
Eso exige bastante más que atraer fábricas: electricidad abundante y confiable, infraestructura digital, ingenieros y técnicos especializados, investigación aplicada, financiamiento y una política capaz de vincular a las empresas mexicanas con las grandes cadenas internacionales. Y exige tiempo.
La gran lección del boom es que México ya resolvió parcialmente un problema que arrastró durante décadas: cómo insertarse en las cadenas productivas más dinámicas del mundo. Ahora enfrenta uno más difícil: cómo capturar una proporción mayor del valor que esas cadenas generan.
La inteligencia artificial detonó una inversión gigantesca en Estados Unidos, y México, por geografía, tratados y experiencia manufacturera, resultó uno de sus beneficiarios inesperados. Eso explica por qué nuestras exportaciones rompen récords. Y también por qué esos récords no se reflejan proporcionalmente en el PIB, la productividad o el ingreso.
La verdadera medida del éxito mexicano en la era de la IA no serán los miles de millones de dólares de servidores que crucen la frontera. Será cuánto de su valor se haya creado antes de cruzarla.




