Opinión

El hombre que engaña la muerte.

Por: Francico Flores Legarda

“La muerte es solo un cambio,

pero la vida también lo es.”

Jodorowsky

Nuestros grandes y gloriosos políticos de izquierdas y derechas, solo buscan engañar a los ciudadanos sino también a la muerte, para hacerse creer poderosos que durante decenas de años serán fuentes de la verdad absoluta, que estar parados frente al micrófono son los dueños de la verdad. Para una gran de pueblo que así lo es. Nos engañan, atropellan, escupen en la cara, desvíen la dignidad, utilizan los fondos públicos a placer. Así engañan a la muerte, por que si lo hacen. Dicen.

En la mitología y la cultura popular, la figura del hombre que engaña a la muerte se refiere principalmente a Sísifo, aunque existen otras versiones notables en cuentos y películas.

Es el personaje más emblemático por haber burlado a la muerte en dos ocasiones gracias a su astucia:

El primer engaño: Cuando Zeus envió a Tánatos (la personificación de la muerte) para llevárselo, Sísifo lo recibió con joyas y regalos que en realidad eran grilletes. Logró encadenar a la Muerte, provocando que nadie en el mundo pudiera morir hasta que el dios Ares intervino para liberarla.

El segundo engaño: Antes de morir definitivamente, pidió a su esposa que no realizara los ritos funerarios tradicionales. Ya en el inframundo, convenció a Hades de que debía volver al mundo de los vivos para castigar a su mujer por tal “negligencia”. Una vez fuera, se negó a regresar hasta que fue reclamado por la fuerza.

Castigo: Como consecuencia de su desafío a los dioses, fue condenado a empujar eternamente una roca gigante hasta la cima de una montaña, la cual volvía a rodar hacia abajo justo antes de llegar al punto más alto.

Tarde que temprano los partidos y en especial el partido oficial tendrán su castigo y serán tirados en el mejor lugar del infiero – pobre diablo -, mas grave su tormento que haber sido expulsado del cielo junto a sus legiones.

Hay quienes buscan la respuesta a la muerte levantando imperios, acumulando riquezas, comprando lealtades como si fueran eternas. Otros roban lo que es de todos para guardarlo bajo llave, convencidos —como escribió Séneca— de que “la avaricia es pobre aun siendo rica.”

Creen que el oro, el poder y los favores torcidos pueden hacerlos inmortales. Se engañan: la corrupción es solo un parche a la angustia de saberse mortales, un atajo torpe hacia la eternidad. Pero, tarde o temprano, la tierra reclama lo suyo y la memoria de los vivos barre la suciedad que dejaron.

“No es pobre el que tiene poco, sino el que mucho desea”, repetía Séneca. Y Epicuro, siglos antes, ya advertía que el mayor error es temer a la muerte: temiéndola, nos encadenamos a la codicia. Hay quien muere sin dejar grandes bienes, pero deja limpio su nombre. Y hay quien muere rico, pero su recuerdo apesta en la historia.

La muerte es inevitable. La corrupción, no. Elegir qué huella dejar —una mancha o una semilla— es lo único que, al final, nos hace un poco inmortales.

La historia nos deja ejemplos para no olvidar. Francisco Macías Nguema, dictador de Guinea Ecuatorial, gobernó con puño de hierro, saqueó su pueblo y sembró terror creyendo que así se volvería eterno. Tras su caída, su nombre solo evoca miedo y ruina: la tierra reclamó lo suyo y su huella quedó manchada para siempre. Siglos atrás, Nerón, emperador romano, quemó su propia ciudad para saciar su ego, persiguió a quienes se oponían y se coronó como dueño de todo. Pero su locura y corrupción solo le valieron un recuerdo infame: su grandeza no resistió la muerte, solo su sombra de tirano quedó inscrita en la memoria de la humanidad.

Ambos, como tantos otros -algunos muy actuales, desafortunadamente-, creyeron que el poder y la corrupción podían burlar la tumba. Seguramente van a demostrar que nada pudre más deprisa que un nombre corrompido.

La muerte nos iguala. La corrupción nos desnuda. Y la historia, siempre despierta, guarda en sus páginas quién eligió sembrar flores… y quién prefirió mancharlas de barro. Las mieles poder a nuestros políticos los convierte en seres eternos. Todo su tiempo y su momento.

La corrupción nunca desaparecerá del todo, porque nace de impulsos humanos muy hondos: miedo, avaricia, deseo de poder. Pero sí puede limitarse y controlarse cuando la sociedad abraza dos pilares fundamentales: la ética y la transparencia.

La transparencia, por su parte, es la luz que disuelve la penumbra donde prospera la corrupción. Hacer públicas las decisiones, las cuentas y los contratos rompe la opacidad que permite el abuso. Cuanta más información clara y accesible hay, más difícil es robar a escondidas.

Juntas, ética y transparencia no erradican la corrupción — la contienen. Crean una cultura de rendición de cuentas, responsabilidad y vigilancia mutua, donde el corrupto no solo teme a la ley, sino también a la mirada de la sociedad, bajo estos conceptos dicen eludir a la muerte.

La corrupción se alimenta del miedo y la oscuridad.

La ética y la transparencia, bien defendidas, mantienen encendida la única antorcha capaz de recordarnos que, incluso ante la muerte, la honestidad sí deja un legado digno de ser recordado.

A ver si los partidos políticos piensan sobre esto…Los letrados lo tiene claro. La muerte siempre llega.

La muerte política es un componente fundamental del mito.

Salud y larga vida

Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH

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