Por. Moisés Alvarez Palacio.
El 1 de octubre de 2026, dos hermanos gemelos de 18 años, exalumnos de la Escuela Secundaria General Número 13 en el ejido La Unión de Torreón, Coahuila, perpetraron un ataque con machetes y petardos que dejó como saldo la muerte de la subdirectora y cuatro personas heridas, entre ellas el director del plantel, un alumno de 13 años y un maestro. Los agresores, apodados “Los Cuates”, ingresaron durante el cambio de clases. Las autoridades investigan un posible resentimiento emocional contra el plantel, aunque también hallaron referencias a grupos que han cometido ataques similares en otros países. El hecho revivió el trauma de la ciudad tras el ataque armado de 2020 en el Colegio Cervantes y generó una fuerte conmoción social.
Ante la pérdida de valores, no es suficiente con que se tomen medidas solamente en las escuelas, como limitar el uso del celular, o que la federación, los estados y municipios incrementen la inversión en equipamiento policiaco, armamento, patrullas, infraestructura o cámaras de seguridad. Todo eso puede ayudar, pero no ataca la raíz del problema. Se necesitan también programas que propicien la prevención de este tipo de violencia y de otras más. Programas que se pueden implementar en ejes como la educación, el deporte y la cultura.
La educación es un camino que sirve para romper ciclos de pobreza y violencia. Una persona educada aprende a informarse, analizar, cuestionar y tomar decisiones razonadas que transforman su entorno. Un niño que crece en una casa donde se le educa en valores, con códigos éticos y morales, difícilmente andará en las calles delinquiendo o generando violencia. Pero la educación no es solo tarea de la escuela, se debe llevar a cabo principalmente en casa, con la familia. En la escuela se desarrollan y aprenden conocimientos, y se refuerzan los valores.
El deporte aleja a las niñas, niños y jóvenes de las adicciones y la violencia, formando disciplina, respeto y trabajo en equipo. Una cancha, una liga o un entrenador son factores de protección que generan identidad y sentido de pertenencia. Un adolescente que practique algún deporte no tiene tiempo para estar en la calle buscando o generando problemas. Pero el deporte no es solo tarea del gobierno, también se debe propiciar desde el hogar, con el ejemplo de los padres, y se refuerza en la colonia, con los vecinos y la comunidad. Invertir en deporte es prevenir el delito y construir comunidad.
La cultura fortalece la identidad, el orgullo y el sentido de pertenencia de una comunidad. Un joven que canta, baila, pinta o participa en un taller artístico difícilmente buscará refugio en las calles. Pero la cultura no es solo tarea de la autoridad, también se debe fomentar en la casa, se transmite en la familia y se comparte en la colonia, con los vecinos. Invertir en cultura es prevenir la descomposición social y construir paz.
La educación, el deporte y la cultura son ejes indispensables para mejorar la calidad de vida, reducir los índices de violencia y construir una sociedad que viva mejor y en paz. No deben ser un lujo ni un privilegio, deben estar al alcance de todos. El gobierno tiene la responsabilidad de generar las estrategias que permitan que estos ejes lleguen a toda la sociedad. Esa sería una buena inversión. Porque no todas las familias tienen los medios para llevar a sus hijos hasta los centros deportivos o culturales. La autoridad debe acercar la educación, el deporte y la cultura a las colonias, de tal manera que sean accesibles para todos.
Pero las familias también deben poner de su parte, deben apoyar a sus hijos para que participen. Si el gobierno acerca las oportunidades y la familia impulsa la participación, el impacto en la sociedad es positivo y duradero. Para que funcionen, no basta con la voluntad de la autoridad, se necesita el compromiso de la familia, la sociedad y cada uno de nosotros.




