Pegasus, el arma cibernética de los dictadores

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El espionaje de celulares es escandaloso y exige consecuencias de todos nosotros, de la firma israelí creadora de Pegasus, NSO, y de la Unión Europea, opina Martin Muno.

Suena como algo sacado de una distopía de ciencia ficción: en muchos países, los servicios secretos y las autoridades policiales utilizan el programa de espionaje “Pegasus” para vigilar a periodistas, abogados o activistas de la oposición. “Pegasus” es un troyano que convierte los teléfonos móviles en zombis de datos: el intruso puede leer los correos electrónicos, los mensajes encriptados y las citas del calendario, asimismo puede encender el micrófono y la cámara sin que usted lo note.

El ataque  ni siquiera tiene que producirse a través de un correo electrónico o un sitio web infectado, sino que también puede llevarse a cabo a través de antenas de telefonía móvil manipuladas. Esto significa que incluso los usuarios prudentes no tienen ninguna posibilidad de proteger sus datos. Pegasus es, por tanto, un arma cibernética eficaz y cruel que, según los hallazgos actuales, también se utilizó para preparar el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi en otoño de 2018.

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La línea entre el bien y el mal es borrosa

Es cierto que el fabricante del software, la empresa tecnológica israelí NSO, afirma que solo lo vende a organismos gubernamentales autorizados y exclusivamente con el fin de luchar contra el terrorismo y la delincuencia. Pero sabemos por dolorosa experiencia que no solo en las dictaduras la frontera de la vigilancia ilegal es fluida.

Todo el asunto es escandaloso, y ya lo sabíamos. Desde las revelaciones de Edward Snowden, sabemos cuán grande es el hambre de datos, incluso de los servicios de inteligencia democráticamente legitimados, como cuando el servicio secreto estadounidense NSA espió el teléfono móvil de la canciller alemana Angela Merkel durante años sin ser detectado.

Los ataques de Pegasus a los iPhones tampoco son nada nuevo. Hace ya cinco años, los sistemas operativos iOS de los teléfonos de Apple presentaban vulnerabilidades de seguridad que permitían a Pegasus acceder a los datos. Apple necesitó varias actualizaciones para cerrar la brecha, lo que dañó permanentemente la reputación de seguridad de la empresa.

Martin Muno, de DWMartin Muno, de DW

Amarga constatación: nuestros datos no están seguros

Nada nuevo, pues, pero es algo que da miedo, porque aparentemente también se trata de asesinatos, encarcelamientos e intimidaciones. Las revelaciones de Pegasus deberían tener tres consecuencias: una para cada uno de nosotros, otra para la NSO y otra para la Unión Europea.

La primera es sencilla: todos deberíamos ser conscientes de que nuestros datos almacenados en los dispositivos móviles solo son parcialmente seguros, incluso cuando están cifrados. Lo que no debe ver nadie más que usted, no debe estar en el móvil: desde videos íntimos hasta información confidencial. Y: debemos ser escépticos cuando nuestros gobiernos justifican la necesidad de más y más troyanos estatales con la lucha contra la delincuencia, como ha ocurrido recientemente en Alemania.

La complicidad de la NSO

La segunda consecuencia se refiere al fabricante de Pegasus, NSO, que -como es desgraciadamente habitual en estos casos- se lava las manos. Cualquiera que proporcione software de espionaje a gobiernos autoritarios como los de Bielorrusia o Arabia Saudí es cómplice de violaciones de derechos humanos e incluso de asesinatos. En ese caso, también sería un caso para la fiscalía israelí. O para el gobierno, que debería regular más estrictamente la exportación del software.

Finalmente, depende de la UE. El gobierno húngaro de Viktor Orbán pasó 24 horas sin responder a las acusaciones de utilizar Pegasus contra los periodistas. El ministro de Asuntos Exteriores, Peter Szijjarto, se limitó a descartar la posibilidad de que uno de los cinco servicios secretos húngaros hubiera utilizado el software. Si resulta ser cierto que Hungría está intimidando a la prensa de esta manera, ese país no tiene lugar en la UE.

En ese caso, es necesario actuar, y no limitarse a las palabras de advertencia. Porque entonces -por fin- hay que imponer sanciones para que Orbán no siga embolsándose alegremente los fondos de la UE, al tiempo que pisotea los valores democráticos. Ursula von der Leyen ¡actúe, por favor!

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