El Acuerdo de París: promesas, buenas intenciones y la desidia de siempre

La Crónica de hoy

Joe Biden acaba de prohibir las perforaciones en el Ártico que autorizó Trump, pero el golpe de timón de EU en la lucha climática será insuficiente si el mundo no se pone serio con el acuerdo climático.

El 2 de junio, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció la suspensión de la autorización que su antecesor en el cargo, Donald Trump, dio en los últimos días de su mandato para realizar perforaciones en el Ártico para buscar petróleo. La decisión fue enormemente polémica, pues lo que el exmandatario permitía era destruir el hábitat de cientos de miles de animales como osos polares, caribúes y aves acuáticas migratorias que viven en la zona del sur del mar de Beaufort, justo al norte de Alaska.

Trump había subastado los derechos para perforar el Ártico, pero el nuevo gobierno demócrata ha decidido suspender el litigio argumentando irregularidades y problemas en el proceso de revisión del impacto ambiental de las prospecciones petroleras. El gobierno dice que ahora realizará “un nuevo y exhaustivo análisis de los posibles impactos ambientales del programa de petróleo y gas”.

Este anuncio coincidió prácticamente de manera exacta con el que hace cuatro años hizo Trump cuando, en 2017, impactó al mundo asegurando que retiraría a Estados Unidos de los Acuerdos de París, el intento multilateral más ambicioso hasta la fecha para luchar contra el cambio climático. Es de dominio público que el expresidente estadunidense cree que el calentamiento global es un invento de China para fastidiar a su país, e incluso llegó a usar el ignorante argumento de que “dónde está el calentamiento global” ante graves heladas en la costa Este de EU.

El golpe de timón de Biden fue inmediato, y en los primeros días de su mandato anunció el regreso del país al Acuerdo de París, que ya se hizo efectivo en febrero de 2021. Sin embargo, el impacto de la reincorporación del país es aún limitado, pues pesa mucho más el daño que ha hecho la ausencia. Estados Unidos más del 14 por ciento de las emisiones globales del planeta, lo que da una idea de la importancia que ha tenido el tiempo perdido por culpa de Trump para la lucha climática global.

Pero este no es el único problema, y es que los esfuerzos solitarios de EU bajo el gobierno de Biden, por mucha determinación que muestre, pueden ser insuficientes para lograr las metas de lo acordado en París, Francia, en noviembre de 2015 y ratificado en 2016. Cinco años después de esta ratificación, y casi un lustro después de la entrada en vigor de los compromisos climáticos, en noviembre de 2016, la realidad es que las metas fijadas entonces están extremadamente lejos de cumplirse.

OBJETIVOS PEQUEÑITOS

Los Acuerdos de París se fijaron un gran y específico objetivo: Evitar que la temperatura global en el planeta alcance una media de dos grados centígrados más respecto a la media de las temperaturas de la era preindustrial, con la referencia aproximada general de 1880. Además, se fijó un objetivo algo más ambicioso, que era intentar que la temperatura no solo ascendiera hasta los dos grados más, sino que se limitara lo más posible a un máximo de 1.5 grados más.

Como referencia, actualmente ya estamos un grado por encima de la media del Siglo XIX, y si no se hiciese absolutamente nada, se llegaría a entre 4 y 5 grados de aumento en 2100.

CUMPLIMIENTO VOLUNTARIO

Sin embargo, los mecanismos de implementación del objetivo son escasos. El Acuerdo se basa sobre todo en la buena fe, pues no obliga a ningún país a cumplir límites específicos, sino que les arranca un compromiso voluntario de reducción de emisiones -con la ambiciosa idea de lograr no emitir ningún tipo de gas contaminante para 2050— y promete que se harán revisiones colectivas de objetivos cada cinco años, con la siguiente prevista para 2023.

Es decir, no importa que un país no cumpla con el objetivo que se fijó a sí mismo, por irrisorio que fuera, mientras el objetivo colectivo se cumpla. Este sistema se adoptó porque las obligaciones legales implementadas en el anterior Protocolo de Kioto fracasaron. Pero la realidad es que este sistema tampoco funciona. Ante esta comodidad de que no importa que uno no cumpla mientras lo haga el conjunto, como dice el dicho: entre unos y otros, la casa queda sin barrer.

Una enorme columna de humo emana del incendio en Gippsland, Estado de Victoria, en Australia, el 2 de enero de 2020 (Secretaría de Medio Ambiente de Australia)

Un estudio de la ONG alemana Climate Analysis y el Instituto NewClimate indica que, con los compromisos iniciales que hicieron los países se llegaría a un incremento de la temperatura global de 2.6 grados centígrados, es decir, que fueron rotundamente insuficientes. El Acuerdo de París prevé que cada revisión de los compromisos debe ser obligatoriamente al alza, lo que permitiría enderezar la situación, pero la realidad es que, con los incumplimientos que hay, la temperatura llegaría al ritmo actual a un aumento de 2.9 grados.

Las consecuencias de estos aumentos de temperatura son catastróficas. Pero no hace falta ir tan lejos, y ver a 2050 o a 2100: Ahora mismo, con un aumento de 1.1 grados sobre la era preindustrial medidos en 2020, estamos viendo cada año unas mayores y más intensas olas de incendios, como las vividas en California en 2019 y en Australia el año pasado, inundaciones destructivas, como las que sufrió Indonesia al mismo tiempo que Australia se ahogaba bajo el humo, y que provocaron decenas de muertos. Las temporadas de huracanes en el Océano Atlántico baten récords de cantidad y de devastación, y las sequías no hacen que empeorar. Multipliquemos estos efectos por dos o por tres, y podemos ver apreciar la magnitud del problema.

NO ESTÁ TODO PERDIDO

Pese a que el panorama actual no es prometedor, no debemos darnos por vencidos: Hay señales para el optimismo. Las marchas juveniles de 2019 que lideró simbólicamente Greta Thunberg funcionaron, y cada vez hay más países comprometidos con incrementar significativamente sus objetivos con base en los Acuerdos de París.

Por ejemplo, Biden ha prometido que luchará para lograr una reducción de las emisiones contaminantes de EU entre el 50 y el 52 por ciento respecto a los niveles de 2005, y aunque no está claro si lo logrará, también algunos de los mayores emisores, como China (27.9 por ciento en 2019) e India (7.1 por ciento) están haciendo grandes esfuerzos. Esto, ni que sea porque el aire en sus ciudades era o aún es irrespirable, como en Nueva Delhi, la urbe más contaminada del mundo.

Asimismo, cada vez más empresas y países aumentan sus compromisos climáticos: Según datos del World Resource Institute, En 2019 se estimaba que la generación de energía eólica aumentó un 50 por ciento desde 2015, y la solar lo hizo un 162 por ciento.

El progreso actual es insuficiente, pero la creciente ambición global parece indicar que el mundo por fin está tomando consciencia. Y aunque ahora mismo estamos lejos de los objetivos de París, debemos mantener la presión social para garantizar que estemos a tiempo de cambiar nuestro futuro.

México se aísla a sí mismo en la lucha climática global

Cualquier crítica a la falta de ambición global palidece ante la situación en México, donde los expertos critican la grave inacción del gobierno en materia climática. El país no solo no avanza en el sentido del mundo, sino que incluso ha retrocedido en algunos de los pasos que se habían andado.

La analista energética Rosanety Barrios Beltrán denunciaba el mes pasado a El Economista que México ha dejado de cumplir los compromisos que adoptó en los Acuerdos de París bajo el gobierno de Enrique Peña Nieto.

No solo la producción energética de la Comisión Federal de la Electricidad sale en un 75 por ciento de combustible fósil, dijo Barrios Beltrán, sino que sus centrales están viejas y vetustas: Su promedio de vida es de más de 40 años, y no se prevén cambios, advierte Régulo Salinas, presidente de la comisión de energía de la Concamin a El Financiero.

En definitiva, resulta sintomático que mientras el mundo busca maneras de aumentar sus compromisos climáticos, el gobierno de México redoble su apuesta por las energías fósiles con la construcción y compra de refinerías.

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