“…Muy chulos y coquetones…” el escándalo del baile de los 41

La Crónica de hoy

Por Bertha Hernández

Entre rumores, chismes y consejas, poco a poco se fue desgranando parte de la verdad. Historias que cambiaron de un día para otro, nombres que se inventaron y unos pocos que se confirmaron; algunos reporteros empeñosos por sacarle los hechos a las más altas autoridades de la capital, y uno que otro que dio rienda suelta a la vena literaria que, por esos días, ciertos periodistas bien podían presumir. Mientras tanto, las hojas volantes ya hacían las delicias de los que corrían para alcanzar un ejemplar: allí, allí estaban, señoras, señores: aquellos personajes que escandalizaron a la ciudad entera, y al mismo tiempo se ganaron el paso a la inmortalidad.

Eran cuarenta y dos, seguro. O, al menos, eso decía la primera plana de El Popular, ese periódico que juntaba tres o cuatro tremebundeces en una sola hoja, y con eso ya tenía para atraer a sus fieles lectores. Eran cuarenta y dos, dijeron también otros periódicos. Era noviembre de 1901, y la capital mexicana ya estaba acostumbrándose a esos personajes que venían en paquete con los periódicos modernos: les decían repórters, y levantaron la nariz y pararon las orejas no bien empezó a correr la especie de que cuarenta y dos caballeros habían sido pescados por la gendarmería en animado baile, donde unos vestían de impecable frac y otros gastaban finos vestidos y apretados corsés.

¡Gran escándalo se armó por los sucesos del 18 de noviembre! Mitote, gritos y jaloneos en el número 4 de la Calle de la Paz. La bola de la murmuración empezó a rodar, y nadie tenía voluntad para frenarla. Porque ahí estaban, a la vista de todos los capitalinos; con el maquillaje corrido unos y semblante preocupado todos. De ahí en adelante, serían famosos y se convertirían en uno de los símbolos de la fea manera en que se administraba la ¿justicia? en tiempos de don Porfirio.

Lo que son las cosas: numerosos reporteros, cuyos nombres ya son pasto del olvido, porque en 1901 nadie firmaba sus notas, rogaron, suplicaron, incluso medio chantajearon; pidieron favores y cobraron algunos, para conseguir los nombres de aquellos caballeros. Se los escamotearon, se los falsificaron, y aun así, después de mucho bregar, consiguieron datos, supieron de buena fuente a quiénes se podía nombrar y a quiénes no. Y todo para que 120 años después, los nombres fueran lo de menos, porque al decir, sencillamente, “El Baile de los 41”, los mexicanos recuerdan aquel episodio de persecución y burla sangrienta.

Saber, lo que se dice saber sus nombres, nunca quedó en claro; tener la lista completa, sin desmentidos ni disimulos, la verdad es que nunca se pudo. Lo que es absolutamente cierto es que ese 24 de noviembre de 1901 El Popular dijo que eran 42 los presos en aquella escandalosa redada… y al día siguiente solamente eran 41.

LOS HECHOS, Y CÓMO SE ENTERÓ LA POLICÍA

Contar la historia del Baile de los 41 sería poco menos que imposible si la prensa no se hubiera lanzado, como jauría, sobre aquel desdichado asunto. Es un coro de muchas voces de tinta, es un rompecabezas del que muchos tenían piezas, y sólo asomándose al conjunto empiezan a aparecer los hechos.

Todo empieza en una casa marcada con el número 4 de la Calle de la Paz, que haciéndole caso a memoriosos, tendría que ser la que hoy se llama calle de Jesús Carranza. Al caer la noche, van llegando, a bordo de elegantes carruajes, señores de frac y chistera. Alguno que camina por el rumbo alcanza a reconocer a uno o dos, y los identifica como un par de aquellos muchachos que gastan las horas en la elegante calle de Plateros, diciéndole requiebros a las jóvenes que recorren la avenida.

Son “lagartijos”, chicos de buena familia, o por lo menos, de familia con dinero, acostumbrados a cultivar el ocio en las calles, mirando y dejándose mirar, visitando a las tiples de los teatros, tirando la plata, entregados a la buena vida, que, en personas de alcurnia, no es delito. A ellos no se los van a llevar a la cárcel de Belem por el delito de vagancia. Eso se queda para los desharrapados, para los mecapaleros, para los léperos, para esos que, ¡horror!, tienen que trabajar para ganarse el pan.

Y los que van llegando a la casa de la Calle de la Paz tienen, todos, el mismo aspecto: gastan buena ropa, se peinan cuidadosamente y algunos llevan los bigotes a la última moda, bien encerados y con las puntas enhiestas. Sí: los lagartijos y algunos conocidos suyos van a una fiesta, y se han ataviado por todo lo alto.

Después se sabrán muchas cosas, al calor del reporteo: la casa no pertenecía a nadie conocido; estaba vacía y se alquiló para aquella fiesta, que era de mucha gala. El País, otro periódico, aseguró que muchos de esos señores se protegían del viento frío que trae noviembre con abrigos gruesos y caros, buenos sombreros y zapatitos de lo mejor que se podía conseguir por esos días; pura piel de Rusia, señor, botines del charol más fino y calzado de glacé.

Entran los señores a la casa, donde parece mandar una mujer, responsable de que se sirva la comida y la bebida de manera adecuada, y, cada tanto, echar ojo para la calle, no sea que se apersone un gendarme a presentar qué fandango es ese que se traen ahí… que es, precisamente lo que ocurre.

Alguien piensa que esa fiesta “no tiene licencia” ¡Licencia iban a solicitar! Se acerca el gendarme a la puerta de la casa con el número 4, y algo le parece raro: los de dentro se resisten a abrir la puerta. Lo inevitable, se arma el forcejeo, y los policías, acostumbrados a ejercer la autoridad, levantan la voz. Vuelven a hacer fuerza y logran entrar.

Uno de ellos contará después que en el patio de la casa había 42 hombres bailando “al son desacompasado de una murga del barrio”.

Pero no es la mala música la que sobresalta al policía; se da cuenta de que parte de la concurrencia, siendo varones, van vestidos de mujer: “trajes elegantísimos de señora, llevaban peluca, pechos postizos, aretes, zapatos bordados, y en la cara tenían pintadas grandes ojeras y chapas de color”.

No bien los bailarines se hacen cargo de que ¡hay policías en la fiesta!, se arma la pelotera. Algunos, recogiéndose las faldas intentan escapar, pero los gendarmes lo impiden. Ya no hay remedio. Las primeras notas cuentas que los asistentes al insólito baile son trasladados a la comisaría, y de ahí a la cárcel de Belem, donde los refunden acusados del feo delito de “faltas a la moral”.

ERAN CUARENTA Y DOS, SON CUARENTA Y UNO

Como es usual, la Gaceta Callejera de Antonio Vanegas Arroyo les “gana la nota” a los repórters, que andan apuradísimos, haciendo su trabajo como Dios manda. Mientras los chicos de la prensa se aplican, los redactores de Vanegas se echan unos pocos versos llenos de mala fe, y los complementan con una imagen, una sola, que es el pase a la inmortalidad de esos ¿42? detenidos.  Corren los papeleritos por las calles voceando la hoja volante, recién impresa, todavía oliendo a tinta fresca, donde el grabado de don Lupe Posada es demoledor: ahí están, unos de frac, otros con cinturita de avispa, enjoyados y falda larga. El titular es simplemente sangriento: “Aquí están los maricones, muy chulos y coquetones”.

Los versos, burlones, dan cuenta del suceso; todo lo que después se publique, será agregar los detalles finos; lo esencial está en la humilde hoja volante:

Hace aún muy pocos días,

Que en la calle de La Paz

Los gendarmes atisbaron

 un gran baile singular

Cuarenta y un lagartijos

Disfrazados la mitad

De simpáticas muchachas,

Bailando como el que más…

Poco a poco se empiezan a saber cosas importantes: una, que no están en Belem; el comisario don Miguel Palacios informa, eso sí, que los bailarines fueron llevados al cuartel del Batallón 24, donde a tirones despojaron a muchos de sus ropas, para vestirlos de reclutas. Los maltratan, los rapan, los insultan. A quienes llevan atuendo femenino, los trasladan al cuartel de la Policía Montada. A la mañana siguiente, algunos de ellos son obligados a barrer las calles, muy temprano. No faltan los curiosos que se asomen; uno que otro repórter, desmañanado, contará después que algunos de los bailarines, que todavía conservaban las ropas femeninas, se cubren el rostro con el abanico o con los faldones, cuando alguien se acerca a verlos de cerca. Pero es tarde. De aquella humillación pública sale alguno, diciendo que, entre los vejados barrenderos, hay dos o tres que son de los lagartijos más conocidos de Plateros.

Los repórters traen asoleado al gobernador del Distrito Federal, don Guillermo de Landa y Escandón: nadie quiere darles los nombres de los reos. ¿No puede ayudarlos el señor gobernador? De Landa los envía a freír espárragos, aunque les suelta un dato interesante: los nombres, joven, son cosa reservada, confidencial… entre ellos hay algunos “pollos gordos”, ustedes comprenderán.

En esos días se publican por lo menos dos listas de los asistentes al que la prensa, por culpa directa del diario La Patria, ya es llamado el Baile de los 41. Pero, ¿no eran 42? Así lo afirmó El Popular, pero a los dos días ya nadie habla de 42 reos: son 41, para el resto de la eternidad.

Ah, pero las listas, las listas con los nombres. Las autoridades quieren engatusar a los repórters, pero estos, seguramente trabajando en equipo, indagan y están en condiciones de publicar que esa primera relación “es de nombres suplantados”, es decir, de nombres falsos. A los pocos días, se publica una nueva relación, de la cual, admiten los muchachos de la prensa, solamente unos tres nombres son reales.

Como no hay manera de conseguir los nombres de los presos, los repórters se aplican a seguir los hechos: después del humillante episodio de la limpieza de las calles, se anuncia que los Cuarenta y Uno serán desterrados a Yucatán: unos dicen que irán a engrosar las tropas que pelean contra los mayas insurrectos; otros se mueren de risa con la idea. ¿Cómo van a aguantar? Más bien, sugieren, se los llevan de peones de construcción.

Se sabe poco de ellos, una vez que se les dicta el vergonzante destierro. Pero es un hecho, algunos pagaron una fuerte multa y se fueron para sus casas. Como la homosexualidad no es considerada delito en el código penal de la época, no hay mucho más que las autoridades puedan hacer. Por eso casi nadie se entera de que al menos siete de los condenados entablan un juicio de amparo para librarse del castigo que, por donde lo vean, y a pesar del escándalo, es ilegal.

A la hora de la hora, es apenas un puñado, de entre los Cuarenta y Uno, quienes son desterrados a Yucatán. ¿Qué es de ellos, no se sabe? Circula en Chetumal la leyenda de que algunos de ellos emparentaron con las mejores familias de la ciudad. Y sus descendientes andan aún por allá. La prensa se dedica a sacar, nuevamente del barullo de los rumores y las confidencias, algo más de los detalles: que si iban a rifar a un bello joven, que si jugarían al papá y a la mamá, con un pequeño de invitado. Vanegas vuelve a dar un buen golpe con su Gaceta Callejera, donde Posada ha vuelto a hacer de las suyas, y dibuja nuevamente una escena del baile, y luego se atreve a representar a los desterrados, en camino a la península.

Así se acaba su historia, que siguió viva por los abundantes relatos, de alguien que vio, y prefirió callarse; de algunos que se dieron cuenta y mejor se cuadraron ante las órdenes de silencio del comisario Palacios o del mismísimo gobernador. Porque, lo que ningún periódico se atrevió a publicar o confirmar, es que, entre aquel grupo de alegres bailarines, alguien creyó reconocer al mismísimo Nacho de la Torre y Mier, el yerno del presidente Díaz.  Por eso solo un día se habló de 42 bailarines; por eso de un día para otro se acabó esa versión. No hubo quien se atreviera a rascarle más al asunto. No fuera a ser que también emprendieran el largo viaje a la península ycateca.

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