El Chalequero, primer asesino serial mexicano

Por Bertha Hernández
La Crónica de hoy

Se moría el siglo XIX. La ciudad de México había crecido, como siempre, errática, desordenadamente. Barrios paupérrimos iban brotando hacia el norte, y algunos asentamientos empezaban a llegar a las orillas del río Consulado. En aquellas barriadas, donde la desigualdad social del porfiriato estaba a flor de piel, apareció una mujer muerta. Luego otra. Como eran parte de esa masa anónima que en todos los regímenes y en todas las épocas son los marginados, aquel primer cuerpo no llamó demasiado la atención. Pero cuando ya no fueron ni una ni dos, sino cuatro o cinco, asesinadas de la misma forma, las cosas cambiaron. México se preparaba para conocer al primer asesino serial de su historia.

Uno de los primeros criminalistas mexicanos, Carlos Roumagnac, fue contundente en su descripción de aquel hombre, al que la prensa, entre muchos otros sobrenombres, llamaba El Degollador del Río Consulado. Para aquel hombre, que había emprendido el peculiar esfuerzo de hablar y entrevistar a los criminales, en un esfuerzo por comprender las raíces del mal y de la violencia, no había duda: Francisco Guerrero, que tal era el nombre de aquel individuo era un “degenerado inmoral violento”. El resto del país lo llamaba, simplemente, El Chalequero.

Los mexicanos de 1888 lo conocieron por otros apodos, impuestos por la prensa: el Degollador del Río Consulado, el Barbazul mexicano, el Destripador del Río Consulado. El azar quiso que los crímenes de Francisco Guerrero salieran a la luz pública en 1888, el mismo año en que Londres se estremeció con los asesinatos cometidos por Jack el Destripador, que escribía cartas desde el infierno. La notoriedad de Francisco Guerrero fue un poco diferente: también la obtuvo de los periódicos, pero Jack, quien quiera que haya sido, no tuvo un retrato como el que de el Chalequero llegó a elaborar José Guadalupe Posada.

Porque el Chalequero se convirtió en asunto de interés y miedo colectivos, a medida que fueron aflorando los detalles de sus crímenes, que hoy llamaríamos feminicidios. Este hombre, del que el criminalista Roumagnac afirmaba que mataba “por impulsiones violentas y conscientes”, había terminado por estremecer a todo México, a tal grado, que, cuando a este país llegaban los ecos de un nuevo crimen del Destripador londinense, no faltó el periódico que afirmase: “Hay un Chalequero inglés”.

LA FASCINACIÓN POR EL CRIMINAL

Francisco Guerrero, el Chalequero, mató a unas 18 mujeres entre 1880 y 1888, cuando se le detuvo y empezó a aflorar su historia de horror. Con su aparición pública, fue posible advertir ese inquietante fenómeno que es la fascinación por el mal.

Esa fascinación, que ejercen los asesinos múltiples sobre los humanos comunes y corrientes, no entraña valoraciones positivas: es una mezcla de desconcierto, de azoro ante lo que parece inexplicable, de lo que no se considera como propio de la especie humana, y que, sin embargo, está allí, como una bofetada al rostro de las buenas conciencias o de las sociedades que alimentan todos los días sus afanes de progreso.

La violencia que llega al extremo, que es la que ejerce esta clase de asesinos, es un foco rojo que se enciende y alumbra la vida diaria con sombras distintas. Así ocurría en el Londres de 1888, cuando “Jack” cometió media docena de asesinatos que bastaron para colocarle en la sección selecta de la criminalidad universal.

Cuesta trabajo imaginar el entorno donde el Chalequero cometió sus crímenes. Allí, donde hoy funciona una vía rápida, hubo un río. Y a las orillas de aquel río fueron apareciendo los cadáveres de las desdichadas que se cruzaban en el camino de Francisco Guerrero.

Esos eran dominios de ese hombre que gustaba de vestirse con cierta elegancia ranchera, con entallados pantalones y vistosos chalecos. Por dentro, Francisco Guerrero llevaba una tormenta, un infierno de emociones que cada tanto afloraba y le llenaba las manos de sangre. Por fuera, gustaba de la ropa buena, de los pantalones entallados, de las fajas y los chalecos vistosos. No faltó quien hasta lo calificara de galante y atractivo.

Acaso las primeras víctimas fueron un párrafo en alguno de los periódicos noticiosos que empezaban a aparecer en la penúltima década del siglo XIXI. No mucho más.

Cuando se le detuvo por primera ocasión y se conocieron sus aficiones, sus gustos en el vestir, sus maneras y sus habilidades como cortejante, su historia, la cadena de sus crímenes, dieron lugar al sobrenombre El Chalequero.

Con su aparición se dio orden —ese orden al que tan afectos eran los funcionarios porfirianos y que le dio mucha materia de indagación al criminalista Roumagnac— a los eslabones retorcidos que, desde hacía años, aparecían en los márgenes del río Consulado en forma de cadáveres femeninos, y que, por tratarse de mujeres dedicadas a la prostitución, apenas merecían unas líneas en los espacios que la incipiente prensa industrializada, los “periódicos de a centavo”, dedicaba a los hechos de sangre.

De repente, esa colección de cuerpos rotos adquirió orden y sentido para la criminología mexicana, que daba sus primeros pasos, y la sociedad miró con nuevos ojos a Francisco Guerrero: estaban frente al primer asesino serial que aparecía en el país.

LA APARICIÓN DEL HOMICIDA. Francisco Guerrero era un hombre nacido en el Bajío, en algún momento de 1840. Su infancia, se supo después, fue como la de tantos otros mexicanos nacidos en la miseria: sin padre, con una madre que recurría a los golpes como elemento formativo. Esa circunstancia puede influir, pero no determina por completo al asesino en que se convertiría. Tenía 22 años cuando se fue a la Ciudad de México, en busca de horizontes mejores. Adquirió el oficio de zapatero. Es uno de tantos que, mientras las élites políticas y militares escriben las grandes páginas de oro de la historia patria, van labrándose a duras penas el camino de la sobrevivencia.

De muy lejos llegaban los ecos de las andanzas de Jack el Destripador. Tal vez el foco rojo que se había encendido en los barrios miserables de Londres fueron el acicate que llevó a algunos vecinos de una mujer que en vida se llamó Mucia Gallardo, a denunciar a aquel hombre que se vestía con tanta corrección: ese, habitante del rumbo de Peralvillo, era conocido por violento, por maltratador de mujeres, por vestirse con toda la elegancia que puede pagarse con su oficio. Mucia, la víctima, se dedicaba a la prostitución. Su cadáver, ultrajado y degollado, había aparecido a las orillas del río Consulado. Pero había quien conociera a Mucia, quien le diera materialidad más allá del calificativo con que la profunda desigualdad le quitaba emociones y sentimientos: una prostituta. Ella tenía vecinos, acaso amigos, que se dieron cuenta que, la última vez que vieron a Mucia con vida, estaba en compañía del peculiar personaje, a quien, más tarde, algunos hasta describirían como carismático, capaz de galantear con éxito a una mujer.

SE DESCUBREN LOS CRÍMENES.

Cuando Francisco Guerrero fue detenido como presunto culpable de la atroz muerte de Mucia, afloraron todos sus secretos, que ni eran tantos, porque, como se sabría, no era raro que el personaje se jactara de haber cometido varios asesinatos, siempre en la persona de mujeres pobres orilladas por la miseria a la prostitución: no sólo era Mucia; aparecieron en sus palabras Candelaria Mendoza, María Muñoz, María de Jesús González, Francisca Rivero, a quien también llaman La Chíchara.

Así la cadena juntó 20 eslabones; los cuerpos de varias de aquellas víctimas habían sido abandonadas en los márgenes del río. Y lo que pudo ser, al principio, un homicidio “de expediente”, un caso como tantos, se convirtió en fenómeno. Los periódicos se toparon con una materia prima que generó páginas memorables. Acuñaron sobrenombres: el más sencillo, pero claro por su contundencia, era El Destripador Mexicano (señal de la buena prensa que, hasta en México, tuvo el célebre y aún incógnito Jack). El gran público —hasta el que no sabía leer— empezó a no perderse todos los hallazgos, por pequeños que fueran, que las autoridades y la prensa hacían en torno al ahora famoso asesino.

Así se supo que varias de las mujeres asesinadas entre 1880 y 1888, cuyos cadáveres habían aparecido en las cercanías del río Consulado, eran víctimas del Chalequero. El rompecabezas se armó. Francisco Guerrero empezó a hablar de sus crímenes: solía requerir los servicios de alguna prostituta, y el resultado era el mismo. La golpeaba, la violaba y luego la degollaba con su cuchillo de curtidor. A veces llegó a decapitar a su presa. Pronto aparecieron testimonios de los vecinos de su barrio: el criminal llegaba a jactarse de sus crímenes, porque para él, las mujeres valían muy poco, nada. Matar a una de ellas, si bien lo hacía sentirse poderoso, era tan intrascendente como matar a una mosca. En la profunda desigualdad del México porfiriano, aquellos que decidieron que la muerte de Mucia no podía quedar impune hicieron la diferencia. Pero para entonces, Francisco Guerrero ya había matado, por lo menos, a otras 19 desdichadas.

Apareció una mujer que dijo llamarse Emilia, y tener oficio de lavandera. A ella, se le acercó el asesino, pero la dejó creyéndola muerta, y por eso se salvó. Su declaración y la denuncia por la muerte de Mucia permitieron condenarlo: la sentencia de muerte que le tocaba fue conmutada por Porfirio Díaz, por 20 años en la horrible cárcel veracruzana de San Juan de Ulúa. Un error burocrático lo puso en la calle, liberado, en 1904.

Para entonces, ya era objeto de tratados socio-criminalísticos. Carlos Roumagnac, después de examinarlo con los modernos métodos lombrosianos, de medirle el cráneo, de intentar colocarlo en la tipología que poco a poco había ido elaborando a partir de los tratados europeos, lo describió como un “criminal nato”. De hecho, a partir del estudio elaborado con el Chalequero, Roumagnac acabaría escribiendo un libro donde intentaba desentrañar los mecanismos de la maldad homicida: “Matadores de mujeres”, donde coleccionó docenas de historias con muchos puntos en común con la de Francisco Guerrero: abandono de uno o ambos padres, infancia afectada por la violencia, marginación extrema.

VUELVE EL CHALEQUERO

En 1908, Francisco Guerrero volvió a ser noticia y regresó la cárcel. Había matado y violado a una anciana “que lo hizo enojar”. Un reportero de El Imparcial, con buena memoria, se dio cuenta de que aquella mujer muerta, hallada a orillas del Consulado, era otra víctima del Chalequero. Esta vez hubo testigos que lo vieron atacar a la mujer, que lo miraron lavándose la sangre en las aguas del río. Nuevamente se le condenó a muerte, pero la enfermedad lo mató antes de que se cumpliera la sentencia. El Chalequero murió en una cama del viejo Hospital Juárez, de enfermedades no clarificadas, acaso de un golpe en el cráneo.

La prensa de esos días dio la nota en primera plana: “Murió el Chalequero en el Hospital Juárez. Había matado a 20 mujeres”. Era tal el impacto que Guerrero y el huracán oscuro que llevaba dentro, causaron en México, que hoy todavía aterra la sencillez, la simplicidad con la que narró sus crímenes a un azorado criminólogo que, por más que se esforzaba, no alcanzaba a encontrar las raíces del horror, la esencia de la maldad.

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