La pandemia mostró a la DEA que los cárteles pueden manipular precios de la droga a su antojo

Por Efrén Flores
@folge_efra Twitter
SinEmbargo

¿Es posible que los cárteles mexicanos manipularan el precio de las drogas para capitalizar la pandemia de COVID-19? La DEA dice que sí. ¿Es probable que haya sucedido? Exagentes antidrogas y especialistas dicen que no, porque el aumento de precios, más que una estrategia de capitalización, fue una reacción de supervivencia de los cárteles, para evitar pérdidas por problemas de producción y distribución de estupefacientes.

El precio de algunas drogas ilícitas —sobre todo sintéticas— repuntó en Estados Unidos después de que explotara la pandemia de coronavirus a nivel internacional, de acuerdo con el último reporte de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés).

Estados Unidos es el principal mercado de drogas en el mundo y un ejemplo de lo que pudo haber sucedido a nivel internacional; y la variación de precios dice mucho de la realidad del mercado negro de las drogas. Por un lado, hay factores externos a grupos criminales, que afectan el negocio del narcotráfico sin que estos puedan hacer mucho para evitarlo; y por el otro, aún cuando los precios del mercado de las drogas dependen de la oferta y la demanda, en ocasiones, los cárteles intentan manipularlos para obtener mayores ingresos.

La DEA sostiene, por ejemplo, que las “organizaciones criminales transnacionales mexicanas” son los actores dominantes del mercado ilícito de las drogas en Estados Unidos, y como tal, una de las mayores amenazas para la salud pública y el bienestar social de su población.

Entre los grupos criminales más poderosos, la DEA destaca a los cárteles de Sinaloa y de Jalisco Nueva Generación (CJNG). Organizaciones que —antes y durante la pandemia de COVID-19— pudieron haber retenido envíos regulares de drogas a Estados Unidos, con la finalidad de aumentar precios al mayoreo y capitalizar la demanda en tiempos de crisis, se lee en la “Evaluación Nacional de Amenazas de Drogas 2020”.

La DEA hipotetiza la intención de inflar artificialmente los precios de las drogas, ya que los informes de inteligencia no arrojan pruebas de que el cierre de fronteras internacionales, o la agudización de restricciones de movilidad hayan limitado significativamente sus cadenas de producción y distribución. Un ejemplo de ello es lo que la DEA refiere acerca del precio de las metanfetaminas, que es una de las drogas más producidas en México y consumidas en Estados Unidos.

“Si bien la pandemia de COVID-19 puede haber afectado la capacidad a corto plazo de las organizaciones criminales transnacionales para obtener precursores químicos, los impactos duraderos a largo plazo en la cadena de suministro y la producción de metanfetaminas parecen ser menores o insignificantes, lo que permite que las organizaciones criminales transnacionales tengan flexibilidad para determinar los precios”.

Pese a que la hipótesis de la DEA puede ser cierta en algunos casos y bajo ciertas circunstancias, eso no implica que los cárteles tengan la capacidad o la intención de manipular el mercado de las drogas para obtener beneficios económicos, sino más bien que, como toda empresa, responden a las fluctuaciones del mercado para evitar pérdidas en la mayor medida posible.

De acuerdo con Mike Vigil, la hipótesis de la DEA no es del todo verosímil. El otrora jefe de Operaciones Internacionales de la DEA dijo a SinEmbargo que en efecto, el cierre de fronteras en China durante la primera gran ola de contagios de coronavirus “causó que los cárteles mexicanos no pudieran conseguir los precursores para producir metanfetaminas, como lo son la efedrina y la pseudoefedrina”.

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Sin embargo, Vigil refirió que no hay elementos para decir que los grupos criminales planearon un aumento de precios para capitalizar la pandemia, sino que más bien, la crisis en las cadenas de suministros los obligó a subir los precios de algunas drogas —como las metanfetaminas— por varias razones.

En primer lugar, los cárteles aumentaron los precios “para sobrevivir”, ya que tienen la necesidad de mantener su nivel de ingresos “porque tienen que pagarle a sus miembros y a los oficiales corruptos” que les facilitan el tráfico de estupefacientes. De lo contrario, explicó Vigil, las “organizaciones criminales corren el riesgo de que sus miembros se vayan con otro cártel o que los oficiales dejen de ofrecerles protección, lo que puede dañar toda su operación”.

En segundo lugar está la flexibilidad de la demanda. En ese sentido, el exagente de la DEA mencionó que los grupos delictivos tienen un margen limitado de aumento de precios, porque “saben que la demanda en Estados Unidos todavía es muy fuerte y que incluso, podría ir en aumento por la pandemia”.
La doctora Guadalupe Correa-Cabrera coincidió con el punto de vista de Mike Vigil. Para ella, los cárteles de la droga son “oligopolios derivados de la prohibición de las drogas”, lo que implica que hay “pocas organizaciones que tienen un cierto poder de mercado” y que pueden “tener algún control” sobre los precios de los estupefacientes, por la relativa falta de competidores. Sin embargo y de acuerdo con la profesora de la Universidad de George Mason, Estados Unidos, el mercado de la droga funciona con la misma lógica de los mercados legales: a partir de la oferta y la demanda.

“En tiempos de crisis —abundó— los riesgos para los cárteles de la droga son mayores” porque enfrentan problemas para conseguir materias primas, o incluso, para distribuir drogas por cuestiones como el cierre de fronteras. Esto causa que sus costos de operación —e incluso de pérdida— vayan en aumento, “lo que se traduce en un incremento de precios”.

El aumento de precios —que es una forma de trasladar costos al consumidor final sin sacrificar utilidades— aunque tiene beneficios para los cárteles, también conlleva consecuencias negativas para ellos, ya que al aumentar el costo de mercado de los estupefacientes, sobre todo en tiempos de crisis, la amortización de gastos productivos y el aumento de la demanda —porque la gente está encerrada y recurre a medios de distracción como las drogas— entra en tensión con el poder adquisitivo del comprador —que está minado por la recesión económica y la pérdida de empleos— de modo que este último puede adquirir menos producto y por ende, la demanda potencial del mercado se contrae.

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Así se ven 27 millones de dólares de ganancias por venta de drogas que fueron incautados en Puerto Rico en 2020. Foto: DEA (@DEAHQ).

“Siempre que hay crisis hay escasez, claro. Entonces deberían subir los precios, claro. Pero entonces la demanda también baja” y por tanto el precio no es un factor para aumentar ingresos, sino para amortiguar pérdidas. En ese sentido, la politóloga especializada en crimen organizado explicó que los cárteles “no tienen mucho margen” para manipular los precios de las drogas, sino que más bien reaccionan —como todo negocio— a los cambios de mercado, en la medida en que afectan su capacidad para producir y distribuir estupefacientes.

“No puedes subir los precios como quieras porque entonces la gente no los va a poder pagar. Ese es el argumento contrario al reporte de la DEA, en este sentido: ¿qué tanto pueden subir los precios y qué tanto poder de mercado tienen [los cárteles] cuando la demanda está muy golpeada?”, cuestionó la también investigadora afiliada al Woodrow Wilson Center de Estados Unidos.

LAS CRISIS SUBEN LOS PRECIOS

Pese a la relativa estabilidad del precio de las drogas, su comportamiento en los últimos 36 años en el mercado de consumo más grande del mundo, que es Estados Unidos, indica que así como hubo una desaceleración general de precios, incluso con la mariguana, cuya tendencia a la alza fue cada vez menor (-121 por ciento anual, en promedio) durante el periodo, también hubo momentos en que los precios de algunas drogas —como la cocaína, la heroína, la mariguana y las metanfetaminas— aumentaron de manera atípica, según el comportamiento histórico de los mismos.

De acuerdo con Mike Vigil, “en tiempos de crisis suben los precios”. Como ejemplo, mencionó que en la década de los ochenta el valor de varios estupefacientes escaló, ya que fue una época en que “la DEA tenía bastantes recursos en El Caribe”, siendo que “antes de que Colombia comenzara a mover toda la cocaína por México, los cárteles colombianos usaban El Caribe para distribuir droga”.

Dado que la DEA interceptaba “muchos de los cargamentos” colombianos, los precios aumentaron antes de volver a su comportamiento regular con el cambio de rutas y de logística de producción y distribución, explicó el también autor del libro Afgan Warlord, que aborda estrategias del crimen organizado, sus alianzas transnacionales y acuerdos políticos.

La información disponible indica que a pesar de los problemas políticos y sociales, los picos de precios más agudos ocurren en tiempos de crisis que incentivan la demanda, o bien, en tiempos en que las acciones de Estado afectan las operaciones regulares de los grupos criminales. Un ejemplo de ello es la dinámica de los precios en Estados Unidos y su aparente correlación con sucesos históricos de combate al crimen organizado en el Continente Americano.

De acuerdo con Ricardo Ravelo Galó, periodista especializado en temas relacionados con crimen organizado y seguridad nacional, en los últimos 20 años han habido al menos tres episodios que han incidido en la variación de precios de la droga, pero sobre todo en los precios de las drogas de mayor demanda como la cocaína, la heroína, la mariguana y las metanfetaminas: el cierre de fronteras y el aumento de controles de ingresos y egresos a Estados Unidos por la caída de las Torres Gemelas en 2001, la llamada “guerra contra el narcotráfico” que inició en México durante el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, y ahora la pandemia que podría estar afectando la cadena de suministros del crimen organizado.

“Lo que queda en evidencia es que […] los cárteles no se detienen y que finalmente se adaptan a las circunstancias para mantener aceitadas sus líneas de distribución y la atención a su público”, dijo Ravelo Galó a la par que hizo hincapié en que el crimen organizado puede ajustar precios ya que aunque no controla el mercado de la droga, “tiene el monopolio” de la producción y puede balancear sus costos al producir más volumen con menor calidad.

“Por ejemplo, un kilo de cocaína, en lugar de hacerlo en tres cortes, que sería más o menos lo razonable para que no pierda calidad, le hacen cuatro o cinco [cortes o mezclas con aditivos] y entonces obviamente tienen más volumen y producen más cantidad con menores recursos, aunque la calidad pueda ser menor por los grados de pureza que tienen”, explicó el especialista.

“En lo que respecta a los mercados de drogas, se desconoce cuál ha sido el impacto de la pandemia y es difícil predecirlo, pero podría ser de gran alcance. A la larga, la recesión económica y las medidas de confinamiento podrían perturbar los mercados de drogas”, se lee en el “Informe Mundial Sobre las Drogas 2020” de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en ingles).

Para la UNODC, entre las consecuencias de la actual recesión económica están la posibilidad de “un aumento general del consumo de drogas”, así como “reducciones de los presupuestos relacionados con las drogas” y fluctuaciones de precios.

Aunque los precios de las drogas tienen una tendencia definida, no dejan de ser susceptibles a crisis económicas, sociales, culturales y políticas, por mencionar algunos ejemplos, así como a factores de mercado como el acceso a sustancias, riesgos de producción y distribución, capitalización de productos y apertura de nuevos mercados, entre otros.

Empero, en los últimos 40 años a nivel mundial, el costo de los estupefacientes ha ido a la baja, mientras que su calidad ha ido aumentando, de acuerdo con datos de la UNODC.

La tendencia a la baja de los precios de la droga tiene que ver con un mayor aumento de la oferta en comparación con el aumento de la demanda, considerando que hoy en día hay más capacidad de distribución y de producción por la tecnología y los transportes. “Y cuando hay más oferta, los precios tienden a bajar en una lógica de mercado”, explicó a SinEmbargo la doctora Guadalupe Correa-Cabrera.

Un ejemplo de la tendencia descrita es observable en el caso de Estados Unidos. Las cifras oficiales recabadas por este medio —que son aproximaciones y no reflejan necesariamente la realidad en las calles— indican que entre 1981 y 2017, los precios de la cocaína, heroína y metanfetaminas fueron a la baja en 134, 96 y 89 por ciento, respectivamente. En ese mismo periodo, la pureza de la heroína, metanfetaminas y cocaína aumentó 182, 106 y 59 por ciento, respectivamente.

En el caso de la mariguana, en el periodo y el país referidos, los datos indican que su precio aumentó 85 por ciento y que su potencia —que es un indicador de su calidad— se multiplicó, sobre todo por el contenido de THC que pasó de cuatro a 20 por ciento.

ELLOS SABEN SU NEGOCIO

La UNODC asegura que “las medidas aplicadas para impedir la propagación de la COVID-19 han afectado todos los aspectos de los mercados de drogas ilícitas, desde la producción y el tráfico hasta el consumo”. Por ello prevé que, aunque la escasez de la oferta de drogas pueda estar acompañada de una disminución general del consumo, también puede “dar lugar al consumo de sustancias aún más nocivas, así como a modelos de consumo más perjudiciales por parte de personas con trastornos de consumo de drogas”.

En ese sentido, el organismo internacional refiere que nadie está a salvo a nivel mundial. En primer lugar, porque la población económicamente más favorecida tiende al uso de estupefacientes, ya que “el aumento de la riqueza está vinculado al del consumo de drogas”. Y en segundo lugar, porque la población con más carencias es la más afectada por trastornos ligados al consumo, entre otras cosas por la falta de acceso a servicios de salud.

“Con el aumento del desempleo y la falta de oportunidades será más probable que las personas pobres y desfavorecidas caigan en hábitos nocivos de consumo de drogas, sufran trastornos por consumo de drogas y recurran a actividades ilegales —bien de producción, bien de transporte— vinculadas a las drogas”, se lee en uno de los últimos informes de UNODC.

Al respecto, el exagente de la DEA Mike Vigil dijo que “los narcotraficantes son hombres de negocio” porque manejan su empresa de la misma forma en que operan las corporaciones legítimas: con un nivel de conocimiento que les permite saber “perfectamente bien cómo subir los precios y si van a pagar o no los drogadictos”.

De acuerdo con la UNODC, entre 2009 y 2018 el número de personas consumidoras de estupefacientes aumentó a nivel internacional en un 30 por ciento, de modo que hay cerca de 269 millones de consumidores activos en el mundo. Además, refiere que “todos los años se encuentran aproximadamente 500 nuevas sustancias psicoactivas” en los mercados internacionales.

Un ejemplo de nueva sustancia es el fentanilo. Hace poco menos de una década comenzó a aparecer en el mercado ilegal y hoy tiene el potencial de sustituir a la heroína.

En la opinión de la DEA y de Mike Vigil, “el fentanilo podría remplazar a la heroína porque es 50 veces más potente que la heroína y 100 veces más potente que la morfina”.

Para el exjefe de Operaciones Internacionales de la DEA, este tipo de cambios en el mercado de las drogas es explicable por varios factores: porque es una droga cuya producción implica menos riesgos y costos, porque su margen de utilidad es mucho mayor que el de otras drogas sintéticas, y porque hay un amplio acceso a dicho compuesto.

“Yo busqué en Internet y localicé una compañía en China a la que yo le podía comprar un kilo de fentanilo por poquito más de 9 mil dólares. Si yo importara ese kilo de fentanilo ya procesado, yo tendría una ganancia de más de 2 millones de dólares en Estados Unidos”, comentó Vigil.

En ese sentido, el exagente de la DEA reiteró que los cárteles tienen la capacidad para transformar el mercado de las drogas ilícitas, pero que es una capacidad que está sujeta a condiciones de oportunidad, competencia, capital, demanda, e incluso, facilitadores de negocios como la corrupción.

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