El miedo no anada en burro

Por: Luis Villegas Montes

Muy lejos de una salud de hierro, de niño siempre fui enfermizo. En octubre no podía ponerse el sol porque ya estaba yo estornudando; y, en el verano, el sol me sacaba (me saca) una especie de ronchas que me deja la piel como de iguana en color, textura y aspecto. Me dieron todas las enfermedades habidas y por haber: paperas, sarampión, viruela, hepatitis; me fracturé dos veces y, sí, obvio, tengo alergias; me descalabré muchas veces (eso dejó algunas secuelas) y soy miope irredento.

Así que este asunto del COVID me trae los nervios para la trampa y ahí estoy yo, de veras nunca había sido tan disciplinado en mi vida, midiéndome los signos vitales —por lo menos la presión, la temperatura y el nivel de oxígeno— tres veces al día.

Yo he de estar medio rarito porque ¡me resulta cada cosa! Eso, o el méndigo termómetro no sirve o hace lo que le da su gana. Como dijo Noelito que los infrarrojos no funcionan, me compré uno de los otros; no el de mercurio porque si con el electrónico batallo, el tradicional para mí sería más o menos un documento en sánscrito. Total, lo enciende uno, espera a que en la pantalla ponga una “L” y se lo coloca bajo la axila, aguarda más o menos un minuto papando moscas hasta que empieza a pitar (eso dicen las instrucciones). El mío pita cuando le da su gana y en un ratito me puede dar tres lecturas: el viernes, por no ir más lejos, amanecí con 36.2 y 35.1, eso del lado izquierdo; porque del derecho (como nunca pitó me lo cambié de axila) arrojó 35.8 grados y esa fue la que anoté que es, en términos generales, el promedio.

El que me tiene azorado es mi corazón, porque sin agitación aparente se va del 58 a 101 y se regresa; así que yo no lo tengo claro del todo: si llevo la música por dentro, un ritmo cardiaco voluble o una extraordinaria capacidad para a ir de la mansedumbre la taquicardia literalmente sin sobresaltos.

No obstante, el que me tranquiliza es el nivel de oxígeno y, de todos los indicadores, es al que le tengo más respetito pues es bien sabido que las complicaciones respiratorias —que se agravan por la falta de insumos y espacios hospitalarios— resultan claves en el transcurso de la enfermedad; así, mi 94 a 95, a veces 92 o 93, hacen que mi corazón se mantenga en un reposado setentaitantos; pues, y esto no lo sabe mucha gente, tengo principios de enfisema. Las dos cajetillas diarias de cigarrillos me pasaron factura hará cosa de veinte años.

Tomo vitaminas, por supuesto C y D no faltan; y hasta una aspirina diaria, chiquitita, dizque para mantener la sangre menos espesa porque el maldito bicho la coagula (dicen). Creo que esto último me va a ayudar hasta en el carácter, pues no falta quien diga que tengo la sangre pesada, empezando por algunos miembros de mi familia que, en mi modesta opinión, sí saben de lo que hablan… por lo menos en este asunto.

Solo me falta hacer ejercicio y adelgazar. Los seres humanos somos animales de costumbres, así que aquí me tienen: otra vez parezco perro parado de patitas; aspecto que se agrava si se considera que, con lo entrepajado (entre suéteres, chamarras y bufandas), aquello es cosa de pararse frente al espejo con los ojos cerrados y abrirlos apenas para medio peinarse y vámonos.

Peinarse recién bañado, eso sí; porque friolento y precavido como soy, el departamento parece un horno de tan caliente que lo mantengo. Salgo del baño, abro la puerta y siento que salí del vapor para meterme a una sauna; si no me peino ipso facto, se me quedan los cabellos como Dios les da a entender. A veces, para no ahogarme, tengo que prender el abanico de techo.

Claro que, con el cuento de la calefacción, se me reseca la garganta. Compré un humidificador, le pongo agua, una gotitas de distintas esencias y aunque duermo muy a gusto dos o tres horas, a media noche me despierto con la sensación de que me están velando porque aquello apesta a incienso y flores como no tienen una idea. Inhalo, exhalo, voy y me miro al espejo (ahí es donde me veo tal cual soy) para constatar que estoy todavía en el mundo de los vivos y me vuelvo a acostar. De dormir ni hablemos porque con la zozobra de que no se me pasen las mediciones se me espanta el sueño.

¿Ven? El miedo no anda en burro y el mío trae hasta gadgets.

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Luis Villegas Montes.

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