El precio del éxito

Por: Olivia Romo
¡Buenos días! Exclamó Samuel, al salir en su silla de ruedas y asomarse al balcón de su departamento. No había nadie más, su grito fue a la vida, a Dios, a sí mismo. Estaba convencido que, para iniciar cada día, debía ser agradecido por ser bendecido.
Algunos vecinos que lo escucharon sonrieron, otros se preguntaron: ¿qué tiene que agradecer?, pensaron, si su vida es triste y su destino postrado en una silla de ruedas.
Cada quien hacía lo propio con sus vidas, unos en el trabajo, otras llevando a sus hijos al colegio y después a sus negocios, a sus cosas importantes. Pero Samuel era feliz, había aprendido de manera humilde y difícil, estaba convencido que las cosas importantes de la vida no eran el trabajo, los negocios, ni el dinero.
Eso pensaba porque vivió su vida al límite, donde tomaba riesgos y resultaba exitoso a los ojos de muchos. Era un hombre que al obtener una beca y estudiar una carrera le trajo objetivos económicos y financieros.
Con el éxito profesional, no vino la felicidad, pues en su carrera desbocada perdió de vista lo importante, el amor de su juventud de una joven humilde que conoció desde su infancia, llamada Sofía.
Ella era una joven sencilla que no encajaba con su imagen de un futuro exitoso. Sofía tenía un gran corazón y vivía para ayudar a sus ancianos padres; acudía regularmente a misa y no se preocupaba por vestir a la moda ni por ser popular, contrario a los ideales de Samuel.
Sofía había decidido estudiar enfermería, aun cuando él trató de convencerla que esa profesión no la llevaría al éxito, a sobresalir, le pidió que mejor estudiara economía o administración, pero ella no cambió de opinión, porque consideraba que de esa forma podría cuidar mejor de sus padres y ayudar a los demás.
Samuel decidió seguir su vida sin ella, pues creyó que era terca y para sus estándares, no cumplía con el perfil de mujer una mujer fuerte, luchadora y ambiciosa como él.
Para dejar atrás ese capítulo, Samuel se dedicó a trabajar, a salir con chicas a las que siempre trataba de impresionar con su auto, sus viajes y estilo de vida, hasta que conoció a Stephany, una chica de padres adinerados, de belleza avasalladora y egresada de una prestigiosa universidad, que le auguraba un gran futuro.
Se conocieron en una discoteca, sin embargo, Samuel le ocultó su origen humilde y le dijo que sus padres vivían en provincia, avergonzado de que ella conociera su falta de estudios y la humilde casa donde vivían en un barrio de poca monta.
Durante 11 meses salieron y se comprometieron, por lo que compraron un lujoso departamento para el que ambos pusieron el enganche y las altas mensualidad que pagarían con sus ingresos.
Los padres de Stephany vieron con buenos ojos al prometido de su hija, joven educado y exitoso, por lo que consintieron y empezaron los planes para celebrar la elegante boda en la capital.
Por su parte, Sofía había logrado con mucho esfuerzo, dedicando su tiempo al cuidado de sus padres ya ancianos, y terminar sus estudios en la escuela de enfermería, conseguir un empleo de medio tiempo en la universidad. Ella adoraba los libros, afición que disfrutaba los domingos en un parque cercano a su casa.
Mientras tanto, un día antes de la gran boda, los amigos de Samuel organizaron su despedida de soltero en el bar de moda, ingiriendo grandes cantidades de alcohol en compañía de mujeres que habían contratado previamente, para terminar la fiesta en el departamento de Samuel.
Quiso el destino que, al salir del bar, todos ellos pasados de copas, apostaron en arrancones para a ver quién llegaba primero al departamento.
Samuel tomó su auto último modelo, y por respeto a su compromiso decidió irse solo. Conducía a exceso de velocidad, cuando intempestivamente un perro enorme se atravesó corriendo la avenida por la que circulaba; al tratar de evitar al animal, perdió el control del auto y terminó estrellándose contra un poste de luz, quedando mal herido de sus piernas, atrapadas entre el metal retorcido del auto destrozado.
La ambulancia lo trasladó al hospital general, donde pudieron salvarle la vida, pero no sus piernas. Esto fue devastador para Samuel, que llegó a pensar en quitarse la vida.
El padre de Stephany lo visitó en el hospital, y habló con él, le confió que su hija estaba demasiado afectada por lo ocurrido, por lo que su madre se la había llevado de viaje a Europa mientras él se recuperaba.
Esto puso a pensar a Samuel y comprendió que la boda tendría que cancelarse, ya que consideró injusto para Stephany terminar su vida cuidando de un inválido.
Pese a los momentos difíciles que vivía, al menos ya no tendría que preocuparse por pago del departamento, que éste se había pagado automáticamente por una cláusula “milagrosa” del contrato, así que podría disponer de él cuando saliera del hospital.
El tiempo que duró recuperándose, Samuel contó con la misericordia de una sacerdote, que durante varios meses lo acompaño espiritualmente. Poco a poco Samuel comprendió que los caminos de Dios son misteriosos, y aceptó que la mujer con la que pensaba casarse no lo amaba ni él la había amado nunca, y que sus padres, a los que alguna vez despreció, fueron los únicos que estuvieron a su lado para cuidarlo.
Al ser dado de alta, el médico que lo atendió, le dijo que enviaría a su casa a una enfermera especializada en terapia física, para aplicarle el tratamiento durante un par de meses hasta recuperar fuerzas y pudiera asistir a la clínica de rehabilitación.
Al día siguiente de haber regresado a su departamento, sonó el timbre. Eran las 8 de la mañana, su madre abrió la puerta, para sorpresa de los dos, frente a la puerta estaba Sofía con la vestimenta propia de las enfermeras.
Cuando Samuel y ella cruzaron miradas, ella, algo tímida pero decidida, le dijo que el día anterior el médico la llamó y que al darle el nombre del paciente, dudó en acudir, pero su fe y los motivos que la llevaron a ser enfermera, fueron infinitamente superiores, por eso no dudó más, razón por la que esa mañana llegó a su domicilio. Samuel, emocionado, lloró al verla y escucharla
En el transcurrir de los meses siguientes, renació en su corazón ese amor que alguna vez sintió por Sofía, y ella, que nunca lo olvidó, se sintió plenamente feliz por esa nueva oportunidad en sus vidas.
Al poco tiempo, ambos decidieron unir sus vidas en matrimonio, y como agradecimiento, cada mañana, Samuel salía al balcón para dar gracias a Dios por la bendición de que su accidente le devolvió el amor de Sofía, recuperó su fe y volvió a confiar en sí mismo.
Años más tarde, Samuel escribió un libro sobre su experiencia y como logró superarla basado en su fe y en las personas. Lo tituló “Mi mayor bendición”, el cual tuvo una gran aceptación y por lo que recibió grandes regalías.
La editorial, gracias al éxito de su primer libro, le pidió que siguiera escribiendo para ellos, lo cual hizo por el resto de su vida.

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