Aunque ignore la desigualdad, el mundo se abraza del PIB hace 76 años. Debe cambiar: economistas

Por Efrén Flores

El Presidente de México ha dicho que el país tiene que dejar de pensar en el PIB y concentrarse en el bienestar, porque no importa mucho lo primero mientras llegue lo segundo. Para economistas consultados, pensar así es absurdo, ya que la producción y la calidad de vida van de la mano. Según ellos, deben modificarse los parámetros de medición del desarrollo económico y social, para entonces generar políticas públicas que resuelvan las desigualdades y carencias de las y los mexicanos.

La pandemia de COVID-19 hizo más evidentes las carencias socioeconómicas del mundo, en un contexto en que el acceso a condiciones de calidad de vida está restringido por desigualdades auspiciadas por el sistema económico internacional. Hoy, muchos países reconocen que el Producto Interno Bruto (PIB) es un indicador que no refleja el “progreso de las sociedades” y que, por tanto, resulta insuficiente para concebir y evaluar políticas destinadas a garantizar el bienestar social.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no es ajeno al debate mundial. En enero de este año, el político tabasqueño aseguró que “están cambiando los parámetros para medir si tenemos bienestar en México”.

Poco antes de su declaración, el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi) dio a conocer que en el primer año de mandato de AMLO, el crecimiento económico de México –medido a través del PIB– se contrajo 0.1 por ciento. A modo de réplica, el Primer Mandatario señaló que los datos del PIB no le “importan mucho” porque “hay bienestar” en el país. Tres y medio meses después de la publicación de datos del Inegi, el Presidente reiteró la necesidad de una “nueva economía” con parámetros de medición diferentes a los actuales, para “dejar de pensar en el PIB y pensar en el bienestar”.

De acuerdo con el economista Luis Foncerrada Pascal, aunque son distintos, el PIB y el bienestar no son indicadores que se excluyen, sino que se complementan.

DESIGUALDAD
La desigualdad sigue siendo “alta” en México, de acuerdo con el IMCO. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

“Son cosas diferentes para diferentes objetivos. […] No se trata de PIB versus bienestar. Es tan absurda la pretendida disyuntiva, como decidir no tomar en cuenta el número de paletas que se producen, para sólo ver cuántas le tocan a cada quien. Hay que medir las dos, y con políticas ver que los que menos tengan, puedan tener más. Pero no podemos dejar de medir cuántas se producen. Son cosas diferentes aunque vinculadas”, explicó a SinEmbargo el ex director de Política Monetaria y Crediticia en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP).

Para lograr mayor bienestar se requiere, por un lado, acumulación de capital e inversión productiva; y por otra parte, políticas públicas inteligentes, encaminadas a reducir las desigualdades.

“Mejorar el bienestar y reducir la desigualdad […] tiene que ver sobre todo con el gobierno, con la estructura de su gasto y de programas cuidadosos bien evaluados”, porque hoy en día “es evidente la ineficacia de los programas gubernamentales” en temas de gran relevancia nacional como la salud y la seguridad social universales, o la educación de calidad y la seguridad pública, dijo Foncerrada.

Existen al menos tres factores indispensables para lograr crecimiento económico con bienestar social:

Uno. Incentivar la inversión privada con inversión pública, aunque orientando la política económica a ciertas áreas estratégicas, para propiciar innovación y desarrollo con mejor distribución de la riqueza.

Dos. Reconfigurar las políticas neoliberales de modo que las condiciones objetivas de la población determinen las prioridades económicas nacionales, a partir de una relación más directa y democrática entre ciudadanía y gobierno, que sea generadora de políticas públicas que dirijan a la inversión privada a invertir para satisfacer necesidades y en el proceso, abrir mercados y ganar con la reducción de desigualdades y el sostenimiento de las fuentes de recursos (sustentabilidad).

Tres. Transformar los indicadores macroeconómicos para medir cuál es el impacto de la producción sobre la calidad de vida y la sustentabilidad de recursos; es decir, cuánta producción se invierte en mejorar la calidad de vida y en garantizar los recursos a futuro, que permitan su sostenimiento.

Para evaluar de mejor manera el bienestar material de las personas, economistas nacionales y extranjeros recomiendan crear indicadores que midan el nivel y distribución de ingresos y consumo, más que de producción; hacer hincapié en el balance contable y la generación de patrimonio de los hogares; medir factores poblacionales como el acceso a oportunidades, las relaciones socioeconómicas, la participación ciudadana, el Estado de derecho y la democracia, además de considerar las desigualdades y el impacto de la producción en el medio ambiente y en la calidad de vida (sustentabilidad).

CAMBIO DE PARADIGMA

“Hace mucho que se estableció que el PIB era una herramienta inadaptada para evaluar el bienestar a lo largo del tiempo, en particular en sus dimensiones económica, medioambiental y social”. Eso no quiere decir que el PIB es un indicador erróneo, “sino que se emplea de forma errónea”, refieren grandes economistas como Joseph Eugene Stiglitz, Amartya Kumar Sen y Jean-Paul Fitoussi.

De acuerdo con estos y otros investigadores, la consecuencia de tener mediciones defectuosas son decisiones “inadaptadas”. Por ello, consideran que “ha llegado la hora de que nuestro sistema estadístico se centre más en la medición del bienestar de la población, que en la medición de la producción económica”, siendo conveniente “que dichas mediciones del bienestar se restituyan en un contexto de sustentabilidad”, se lee en el Informe de la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social.

Para el maestro Manuel Alfredo Bravo Olivares “estamos ante el rompimiento de un paradigma”. Un lustro después de que surgió la propuesta (1934) de usar al PIB como indicador de desarrollo económico “ya se hablaba de sus restricciones como forma de medición para poder tomar decisiones de política económica”, porque el PIB “es un saldo contable que mide las transacciones realizadas dentro del territorio de un país, en un periodo determinado, que cuantifica un sólo aspecto, que es la forma en que la producción crece”.

POBREZA
No hay desarrollo social sin planificación de la inversión pública y privada que depende, en parte, de adecuados indicadores socioeconómicos. Foto: Graciela López, Cuartoscuro.

El especialista en historia del pensamiento económico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) dijo a SinEmbargo que fue a partir de 1944 que el sistema de contabilidad de las Naciones Unidas impuso esta forma de medición, “como un medio para poder distinguir entre los países que acceden a un mejor nivel de vida, y países que se quedan estancados. Entonces queda establecida la idea de crecimiento (utilidad) como el medio para conseguir prosperidad y desarrollo; pero esto no es así, porque el crecimiento económico puede implicar despojos” entre clases sociales, o explotación desmesurada de recursos naturales.

Por ello recalcó que el PIB, al no poder considerar el impacto o afectación del crecimiento en aspectos como el medio ambiente, la calidad de vida de las comunidades, o la situación del poder adquisitivo real, se vuelve un indicador insuficiente, por sí solo, para establecer políticas de desarrollo social y económico.

A pesar de las deficiencias, Bravo Olivares dijo que “no puede abandonarse la medición del PIB”. También urgió la necesidad de sustituir el modelo de planificación económica y social, que por lo general no tiene un enfoque de largo plazo, limitándose a ser un plan sexenal con escaso cumplimiento de objetivos.

Se tiene que aplicar “un modelo de previsión a corto plazo […] que nos permita planificar procesos en los diferentes sectores económicos, con base en las necesidades y demandas sociales, generando producción, pero con una redistribución de recursos que mejore la calidad de vida”. Ello incluye –además de la inversión inteligente de recursos con acuerdos público-privados– el fortalecimiento de la participación ciudadana y la realización de consultas populares, tal y como lo establecen los artículos 20, 26 y 26 Bis de la Ley de Planeación.

Los economistas consultados coincidieron en que “la política neoliberal nos ha llevado a una crisis en todos los sentidos. […] Ahora el punto que se tiene que definir es la medida en que el Estado interviene”.

A grandes rasgos, el cambio de paradigma implicaría reformar las dimensiones de medición del desarrollo económico, ya no sólo con base en indicadores de producción (aspecto cuantitativo), sino también, con base en indicadores de calidad de vida y sustentabilidad, de modo que no baste decir cuánto se produce sin considerar cuántas necesidades son satisfechas, o cuál es el balance de la productividad (ingreso y consumo) sin tomar en cuenta la generación de patrimonio y el stock de recursos a futuro, que permitan mantener e impulsar el nivel de desarrollo alcanzado.

CRECIMIENTO Y BIENESTAR

“El bienestar es pluridimensional”, refieren Stiglitz y 32 economistas en el Informe de la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social.

Para delimitar la noción de bienestar, los especialistas establecieron un “repertorio de las principales dimensiones” que deberán ser consideradas para generar mecanismos de medición que permitan cambiar la forma de cuantificar el desarrollo de las sociedades. Se trata de ocho categorías: las condiciones materiales de vida (ingreso, consumo y riqueza); la salud; la educación; el trabajo y las actividades personales; la participación en la vida política y la gobernanza; los lazos y relaciones sociales; el medio ambiente, además de la seguridad pública.

“El hecho de privilegiar el aumento del número de bienes de consumo inertes […] sólo podría justificarse en un análisis definitivo –si éste fuera posible– mediante lo que dichos bienes aportan a la vida de los seres humanos, en la que pueden influir directa o indirectamente”.

De acuerdo con Stiglitz y compañía, “la cuestión de la agregación de las diferentes dimensiones del sistema […] está supeditada a la creación de un sistema estadístico lo bastante amplio como para integrar el mayor número posible de dimensiones pertinentes. Un sistema tal no deberá medir únicamente los niveles promedios de bienestar en una comunidad concreta y su evolución en el tiempo, sino que también deberá reflejar la diversidad de las experiencias personales y de las relaciones entre las diferentes dimensiones de la vida de las personas”.

En ese sentido, los economistas refieren que debido a la amplia gama de factores, “es útil empezar por medir el bienestar material o los niveles de vida”, y después incluir categorías menos convencionales y subjetivas, como por ejemplo la confianza ciudadana en las instituciones o la felicidad.

“Las informaciones que permiten evaluar la calidad de la vida van más allá de las declaraciones y de las percepciones de la personas; estas informaciones incluyen también la medida de sus ‘funcionamientos’ […] y de sus libertades. Lo que importa realmente, en efecto, son las ‘capacidades’ de las cuales disponen las personas, es decir, el conjunto de posibilidades que se ofrecen a ellas y su libertad de escoger, en este conjunto, el tipo de vida al cual otorgan valor”.

Para los firmantes del informe, “medir la calidad de vida es más un ejercicio de valor que un ejercicio técnico”. Sin embargo, reconocen que la calidad de vida depende las dimensiones de bienestar y que, en ese talante, hay elementos objetivos de medición.

Empero, cambiar la forma en que los países miden el crecimiento económico y su relación con el desarrollo social no sólo implica reconfigurar el neoliberalismo. Para Foncerrada y Bravo, también deberán ser redefinidas las relaciones socioeconómicas, de modo que la inversión privada y las instituciones (dependencias, reglas y estructuras de incentivos) trabajen a través de coinversiones enfocadas en reducir la desigualdad, pero sin sacrificar la viabilidad de los negocios.

“La redistribución de la riqueza no se puede dar si quienes controlan la economía no están dispuestos a ceder”, dijo Bravo. Pero “con reglas correctas”, los sectores público y privado pueden actuar en sociedad. “Hay que ver los sistemas alemán, finlandés y nórdico, que son generadores de bienestar y permiten la convivencia entre la iniciativa privada y el Estado que participa con inversiones mixtas”, explicó Foncerrada.

SinEmbargo

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