La doble cara del Covid

Eran las 11 de la mañana del aquel martes a principios de abril; el número comenzaba con 222, por supuesto que no lo reconocí. Contesté con tono molesto porque lo primero que me vino a la mente fue: “han de ser estos hijos de su tal por cual de HSBC”, porque recién cambié el número que usé por varios años, sin embargo, ya me tenían hasta la madre los de Coppel y los de BBVA; no les debo ni madres, ah…. pero como joden para envarillarte con ofertas y préstamos.
¡Bueno, bueno!, respondí con unos huevotes antes de escuchar cualquier voz al otro lado de la llamada; ¿Manuel?, me contestó una voz femenina, socarrona y a la vez tímida, con un acento que me es familiar, cantadito. De volada le bajé todas mis rayitas al volumen y como aquel que no mata ni una mosca : “si, quién habla”, interrogué de bote pronto.
Usted no me conoce, me llamo Emma. Vi su número telefónico en el Facebook y me atreví a llamarle, “no piense mal, no voy a pedirle nada”, atajó antes que yo preguntara algo más. A la orden, para qué soy bueno, cuestioné; la verdad no sé porque le llamé, más quiero contarle algo que hace poco nos pasó acá en Tehuacán, ¿en Tehuacán?, pensé en voz alta, si, afirmó la mujer, ¿conoce?, es en el estado de Puebla.
Sin acabar de entender el motivo de la llamada, aceleré mi respuesta, no, no conozco, pero sí sé que se encuentra en Puebla. En qué puedo servirle, insistí presuroso; ¿tiene tiempo?, si no le llamo otro día, pausó y con un gesto de mmm, es decir, dígame, no hay problema, luego me comunico, abrió espacio para que le contestara.
Estaba con la escoba en una mano a punto de barrer, pues tenía una semana sin hacerlo, los vientos de los últimos días habían penetrado y el piso se sentía de la fregada. Adelante, no hay problema, me senté en el bonito sillón que recién compré en Mueblería Portillo.
Soy todo oídos, mire, me dice con voz serena, hace algunos años conocí a una muchacha, tendría unos 22 años de edad, para entonces trabajaba yo en un restaurancito como cocinera; con mis ingresos pagaba la renta de la casa y mantenía los gastos de la escuela de mis dos hijos, Julián de 12 y Bryan de 9.
Esperanza llegó y se sentó en una de las sillas de las tres mesas con las que contaba el local; me acerqué para darle el menú y le pregunté si deseaba algo de tomar, “deme un agua de limón y en un ratito le digo que voy a almorzar, porque voy a esperar a mi esposo que viene de la capital (Puebla), hoy es su día descanso y quedamos de vernos aquí”.
Enseguida me fuí a la cocina y le serví el vaso con limonada. Al regresar con ella, estaba sentándose un joven de estatura media baja, de piel morena, ojos oscuros grandes y cabello lacio. Lucía una camisola como las que usan los estudiantes de medicina, unos jeans y zapatos blancos.
Muy atento me dijo “buenos días” e inmediatamente pidió lo mismo que su esposa. Al cabo de unos minutos ambos ordenaron un caldo de pollo sancochado, con arroz y tortillas de nixtamal semi doradas, y más limonada. Hacía algo de calor, era finales de mayo.
Por una hora degustaron sus alimentos, platicaron amenamente, de repente reían a carcajadas y otras veces él le acariciaba el cabello largo que le caía cerca de la cintura, la halaba hacía su hombro y la besaba con ternura. Se veían muy felices, de sus ojos desprendía un brillo celestial. Al terminar, pagaron la cuenta y me dejaron 12 pesos de propina en monedas de pesos y cincuenta centavos.
¿Sigue ahí?, casi me despertó Emma, claro, la escucho con atención, siga, la encarrilé, aunque en verdad se me hacía equis la historia y me preguntaba ¿qué carajos me importa que la fulana haya ido a tragar con su bato, cuál es el punto?. En fin, recargué la escoba sobre la pared, una de olor café oscuro, que aún subsiste tras una tempestad que casi me acuesta.
Me acomodé en mi lindo sillón mostaza estilo 60s, puse el altavoz del Samsung que todavía le debo a Liverpool y presté atención al relato de la poblana. ¿Y luego?, exigí como el padrote que no se sorprende ver siluetas desproporcionadas todos los días.
Por dos años estuvieron viniendo cada quince días, continuó esa mujer a la que no conocía, pero ya le prestaba oídos como si fuera una gran amiga. Un día, ella apareció con un vestido muy holgado, de un azul cielo tan precioso que hacía juego con los moños de sus trenzas color perla. Era evidente la pancita que resaltaba la hermosura de su embarazo.
Como siempre, su marido, Jorge Pedro, ya me había aprendido su nombre; descendió de un carrito medio despintado, con un enorme ramo de flores y una portabebé de tonos rosas. Fue una escena tan linda que me rodaron lágrimas por las mejillas.
Doña Emma, esto es para usted, alzó la voz antes de sentarse. Perpleja apenas atiné a decir muchas gracias. Era una cajita de dulces de camote en cuyo frente rezaba: “con cariño para doña Emma, del doctor Hernández Z. y Esperanza Robles”.
Al tiempo que iba a la cocina para guardar mi obsequio, su esposa lo abrazó y le plantó el beso más tierno que haya visto jamás. “Mi amor, gracias por pensar en nuestra hija; dios te bendiga siempre”, exclamó Esperanza en tanto se fundían en un intenso abrazo.
Meses más tarde supe que ya había nacido Cristina Esmeralda, así llamaron a su primogénita, porque me enviaron una cajita de chocolates. Me dio tanto gusto saber de ellos, sin embargo, no tuve oportunidad de felicitarlos, en esos días andaba muy apurada con las graduaciones de mi Julián que salía de secundaria y de mi Bryan que terminaba la primaria.
La semana pasada vino Jorge Pedro. Entró con el portabebé y la niña….., oiga, atajé bruscamente, (ella) me emoci…., espéreme, espéreme tantito, forcé, voy a ver quién toca el timbre, suavicé; si, no se preocupe, espero, secundó.
Un tipo con atuendo deprimente, pero amable, orgulloso encaró. “jefe, eche la mano pa la sodita”; eran los cuates de la basura. Año con año coopero para el aguinaldo, aunque me incomodé porque me sacaron de onda, fui al cuarto por 20 del águila (20 pesos) y se los entregué, ahí tamos compa, apresuré, me aventé a mi lindo silloncito y tomé el móvil de vuelta.
Perdón, perdón, me tiré al piso; en qué estábamos, para agarrar otra vez el hilo. Le decía que Jorge Pedro vino la semana pasada con su niña y me extrañó mucho que no viniera Esperanza, ¿cómo?, me enderecé y abundé: “¿y eso por qué?”, no me lo va a creer, y Emma comenzó a llorar.
Oiga, tranquila, que pasa?, ¿Emma?, ¿Emma?, presioné para que me respondiera. Me levanté del sillón mientras sentía como el alma se me vaciaba y el corazón repicaba en mi pecho amenazando con infartarme. Emma, está bien?, volví a preguntarle: “péreme, discúlpeme, voy, voy. Al cabo de unos momentos que me parecieron una eternidad, ella recobró la compostura y continuó con su relato.
Discúlpeme Manuel, es que, es que no puedo entender porque la vida es así. Dígame Emma, y enfoqué toda mi humanidad en ese aparato que me conectaba a una persona que hacía una hora estaba a punto de colgarle. ¿Ya está siente mejor?, si, dispénseme, ya, ya voy.
Me contó el doctor Hernández que, a mediados de marzo, Esperanza tuvo que ir a la ciudad de México porque su madrina enfermó; allá se estuvo una semana. Me dijo que todo empezó con una gripa que se le complicó; doña Marina, la madrina de su esposa, trabajaba en un tianguis donde vendía ropa usada. Vivía sola, ya que sus hijos hace tiempo se fueron al otro lado y no volvió a saber de ellos.
La niña se quedó al cuidado de Rosalinda, una prima hermana que vive cerca de su casa. Ella es prefecta de un kínder acá en Tehuacán, pero con esto de que no podemos salir por lo del virus, su prima, que vive en casa de sus padres, se ofreció a cuidar de Cristina Esmeralda. El doctor estuvo de acuerdo, y cada vez que tenía descanso, se regresaba en la misma noche que salía del hospital donde trabajaba para pasar por su hija.
Eran las tres de la tarde cuando cerramos el restaurancito, “Mi cielito lindo”, así se llama porque don Arcadio, el dueño, le gusta mucho la canción Cielito Lindo. Le dije a doña Lupe, la señora que cocina y a don Arcadio que me dieran unos minutos para platicar con el doctor.
Nunca se me va a olvidar ese día, pontificó Emma. Mientras que el doctor cogía con sus manos a la niña que ya empezaba a llorar, con el rostro bañado en su propio llanto me soltó: “Esperanza, mi amor, mi amiga desde la infancia nos abandonó”, el condenado coronavirus me la quitó a mí y a mi niña. Me quedé estupefacta, apenas si alcanzaba a ver de reojo como se esforzaba para no gritar mientras las lágrimas corrían sus mejillas.
No sé cuánto tiempo pasó entre la pausa que me estrujó y en lo que el doctor recobró el aplomo. Lo que más se me clavó en el alma fue lo que después me contó. “Esperanza fue mi primera y única novia, siempre soñamos en formar una familia con tres hijos”. Me esperó y tuvo paciencia cada semana que me iba a Puebla a completar el internado y mi año de servicio; ella me recibía con amor cada vez que regresaba, y aquí nos quedábamos de ver cada día de mi descanso.
No pude verla en el hospital donde falleció porque mis colegas aplicaron el protocolo, y aunque pude haber presionado por ser uno de ellos, preferí aguantarme y respetar esas disposiciones, porque sé de lo contagioso que es ese virus. 36 horas después de morir, mi Esperanza me fue entregada en una urna; ya sin los riesgos del contagio.
Apenas tuve oportunidad de ir a Tehuacán, a dejar la urna y colocarla en la salita que ella misma adornó toda de rosa para recibir a nuestra bebé. Dormí unas 4 horas; me recosté junto en el piso, porque todavía no tenemos muebles en la sala, para irme a más tardar a las cinco a.m., pues mi entrada al hospital es a las 7 a.m. Me voy tranquilo porque Rosalinda está al pendiente de mi niña.
Discúlpeme Manuel por haberlo importunado, alcancé a escuchar en lo más profundo de mi alma. En verdad que me sentía como un ser ordinario, no daba crédito a lo que acababa de escuchar. No, para nada, no se preocupe, por el contrario, apenas si balbuceé; gracias por llamar. No supe más qué decir.
Tres días más tarde, me atreví a marcar a ese número que desde el principio me resultó desconocido. Me contestó Emma, la saludé con gusto, como pocas veces siento al escuchar una voz, y le pregunté cómo iba, qué si se estaba cuidando; me respondió: “estoy tranquila porque don Arcadio me sigue pagando mi salario y poco más (risas), por las propinas, y si estoy muy bien, ayer fui a visitar a Cristina Esmeralda, es una niña tan hermosa, muy risueña, su piel morena muy suavecita y los ojitos más bellos que jamás miré.
Del doctor, le puedo decir que trabaja doce horas diarias allá en Puebla. Me contó que ha bajado siete kilos porque apenas si come, pero muy sereno. Lo sentí muy emocionado cuando me dijo que una señora, doña Martha, de 68 años, había sido dado de alta. Me presumió que él la recibió en emergencias hace un mes y que él mismo la entregó a sus familiares ya recuperada.
MANN

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