La teoría del dolor

Por: Francisco Flores Legarda

“Te amo como las enredaderas:
mueren donde se amarran”.

Jodorowsky”

Una preocupación constante. Nadie ha escapado de su influencia. Sus descripciones abundan en la literatura científica, humanística y filosófica de todas las épocas. Por estas razones es natural que el hombre se haya interesado en entender la naturaleza del dolor y haya hecho (y siga haciendo) incontables intentos para controlarlo.1

El hombre prehistórico tuvo pocas dificultades para entender el dolor que le provocaba una herida de flecha o el ataque de un animal, en cambio aquel que provenía de su interior, de su organismo interno, lo percibía como algo de origen místico. Al primero lo trataba a base de masajes o de presión sobre la zona adolorida, mientras que para aliviar el segundo llamaba a la cabeza de familia quien, de acuerdo con los expertos normalmente se trataba de una mujer. Ésta, además de utilizar sus instintos maternales (Gran Madre), actuaba, por medio de arrullos, como sacerdotisa que alejaba a los demonios causantes del dolor.
Gradualmente, los hombres reemplazaron a las mujeres en este menester, pero por carecer de instintos maternales y por parecerse físicamente al resto de sus compañeros hombres, utilizaban sus disfraces y así ahuyentaban a los demonios invisibles causantes del dolor; así aparecieron los chamanes, quienes realizaban su tarea básicamente en su casa, donde ejecutaban sus conjuros, encantamientos y peleas. En algunas de las sociedades primitivas, el curandero llegaba incluso a causar heridas a su ya adolorido enfermo, y a través de ellas succionaba los demonios y los absorbía en su propio organismo, en donde los neutralizaba con sus poderes mágicos.

El concepto de dolor en la antigüedad

Los antiguos egipcios creían que el dolor interno era el resultado de la influencia de sus dioses o que provenía del hecho de que los espíritus de los muertos llegaban durante la noche y entraban por la nariz o por los oídos al cuerpo mientras dormían. En los papiros de Ebers y Berlín se consigna que esos mismos espíritus, podían también abandonar el cuerpo a través de la orina, heces fecales, vómitos, estornudos o hasta por el sudor de las piernas. De acuerdo con el primero de esos papiros, en el organismo existe una intrincada red de vasos (metu) que transportan el soplo de vida y las sensaciones hacia el corazón. Este es el principio del concepto de que la actividad sensorial y los sufrimientos residen en el corazón (sensorium commune). Concepto que, como se verá más adelante, habría de prevalecer por más de 2000 años.

La literatura hindú es rica en conocimientos tradicionales según se asienta en los Vedas y los Upanishads. Buda atribuyó el origen del dolor a los deseos frustrados. Como los egipcios, los indios también pensaban que era en el corazón donde residía el centro del dolor y de los sentimientos.

En los libros Nei Ching escritos en China en tiempos del emperador Amarillo, Huang Ti, alrededor de 2600 años a. C., está registrado el canon de la medicina china y que de esa manera sale de la leyenda para colocarse en el plano de la medicina tradicional tal y como se conoce actualmente en China. De acuerdo con tal canon, una misma persona tiene dos fuerzas, el Yin (fuerza femenina, negativa y pasiva) y el Yang (fuerza masculina, positiva y activa) equilibradas perfectamente por una energía vital llamada chi. Esta fuerza unificadora circula en todo el cuerpo por medio de una serie de 14 meridianos o canales conectados con los órganos internos. La deficiencia o el exceso de chi, es decir el desequilibrio de las fuerzas, es lo que provoca la enfermedad y el dolor. La acupuntura, se dice, corrige ese desnivel a través de los más de 365 puntos localizados a lo largo de esos meridianos.

Por otro lado, como es bien conocido, los griegos antiguos son los pioneros en el estudio de la naturaleza de las sensaciones y de los órganos de los sentidos. Alcmeón de Crotona, discípulo de Pitágoras, además de distinguir las venas y las arterias, fue el primero que sugirió que el cerebro, y no el corazón, era la sede de los sentidos y del intelecto. A pesar de que Alcmeón contó con el apoyo de Anaxágoras, Diógenes, Demócrito y de otros filósofos contemporáneos, su concepto no fue aceptado por otros debido, en parte, a la oposición de Empédocles de Agrigento, pero sobre todo, a la influencia que ejercían las opiniones de Aristóteles, para quien el corazón constituía inequívocamente la sede de todos los sentimientos (sensorium communae).

Hipócrates (mediados del siglo V y hasta el primer tercio del IV a. C.) sostiene en su Corpus hipocraticum la teoría de los cuatro humores: sangre, flema, bilis negra o melancolé y la bilis amarilla o colé, según la cual el dolor surge cuando la cantidad de alguno de esos humores aumenta o disminuye.

Platón (427-347 a. C.) creyó que las sensaciones humanas provenían del movimiento de los átomos, los que llegaban al corazón y al hígado (los centros de residencia de todas las sensaciones) a través de las venas. El discípulo de Sócrates, propuso además, que el dolor surgía de una experiencia emocional del alma, cuya residencia era también el corazón.

Aristóteles (384-322 a. C.) reconoció los cinco sentidos, pero para él, el cerebro no tenía ninguna función directa sobre los procesos sensoriales más que la de enfriar el aire y la sangre calientes que emanaban del corazón. El dolor, entonces era un exceso de calor vital.

En la Roma antigua, Celso consideró al dolor, junto con el rubor, tumor y calor, como uno de los cuatro signos cardinales de la inflamación, conceptos que por cierto, persisten hasta nuestros días. También reconoció las ideas de Erasístrato y Herófilo, referentes al concepto del dolor, pero, contrariamente a ellos, no creyó que los nervios eran sus posibles conductores. Es a Herófilo a quien se debe la hipótesis de que el cerebro es el órgano central del sistema nervioso y la sede de la inteligencia y de los sentimientos.

Por casi cuatro siglos, el trabajo de los egipcios y de los griegos fue desconocido por el mundo romano, hasta que lo rescató Galeno (131-200 d. C.). Este médico nació en la población griega de Pérgamo y fue educado en Grecia y Alejandría; vivió la mayor parte de su vida en Roma en donde fue el médico de Marco Aurelio y de su hijo Cómodo. Galeno llevó a cabo numerosos estudios sobre la fisiología sensorial y restableció la importancia de los nervios centrales y periféricos. Basado en experimentos efectuados en cerdos recién nacidos, Galeno desarrolló una complicada teoría de las sensaciones y definió tres clases de nervios: 1. Nervios “blandos” con funciones sensoriales. 2. Nervios “duros”, con funciones motoras. 3. Los encargados de sentir el dolor. Para Galeno el centro de la sensibilidad era el cerebro.

A pesar de las grandes contribuciones que hizo el gran Galeno al conocimiento del funcionamiento del sistema nervioso central, los conceptos aristotélicos de los cinco sentidos y del dolor, como una “pasión del alma” sentida en el corazón, prevalecieron por más de 20 siglos. Aunque este concepto ya ha sido superado, las frases “lo siento en el corazón”, “pensar con el corazón” y otras similares, son quizá remembranzas vivientes de lo que en esos tiempos representaba el órgano cardiaco.

Durante la Edad Media la filosofía de Aristóteles fue la dominante, aunque el concepto de que el corazón era la sede de los sentimientos y de la razón ya no era tan aceptado por todas las autoridades de la época.

Avicena (980-1038 d. C.), el príncipe de los médicos, fue la figura dominante de esta etapa de la historia. En su Canon, describió cinco sentidos “externos” y cinco “internos”, y los localizó en los ventrículos cerebrales. El también llamado Galeno del mundo árabe, describió la etiología de 15 tipos diferentes de dolor, debidos a distintos cambios humorales y sugirió el ejercicio, el calor, el masaje, además del opio y de otras drogas, como medidas analgésicas.

La Edad Media “se extinguió” el domingo 20 de marzo de 1453, un año después del nacimiento del gran Leonardo da Vinci, quien consideró que los nervios eran estructuras tubulares y que el dolor estaba relacionado con el tacto. Situó la sensorium commune en el tercer ventrículo cerebral y consideró como Vesalio y Varolio, que la médula espinal era la encargada de transmitir las sensaciones hacia el cerebro.

Siglos XVII y XVIII

Durante el siglo XVII, seguía vigente la idea de que el corazón era el centro sensorial. El mismo William Harvey, quien en 1628 descubrió la circulación de la sangre, pensaba que el corazón era la sede de los sentimientos. En cambio, René Descartes (1596-1650) se adhirió a la teoría galénica y consideró que el cerebro era el asiento de las funciones motoras y sensoriales. En su libro L’Homme, Descartes describe los resultados de sus extensos estudios anatómicos y de la fisiología sensorial. El filósofo-científico francés, pensaba que los nervios periféricos eran tubos formados por hebras finas que a su vez conectaban el cerebro con las terminaciones nerviosas de la piel y de otros tejidos. Es decir, Descartes fue el precursor de la teoría de la especificidad nerviosa que habría de ponerse en boga 200 años después de su muerte (vide infra).

Los textos de medicina del siglo XVIII siguieron apoyando las ideas de Hipócrates y Aristóteles referentes a asiento cardíaco de las sensaciones. Durante este periodo Willis, Borelli, Malpighi y otros, hicieron progresar rápidamente la anatomía y la fisiología del sistema nervioso central. Hacia fines de ese siglo, se inició una nueva era del tratamiento del dolor cuando Priestley descubrió el óxido nitroso, Davy sus propiedades analgésicas y Lister puso en boga la anestesia.

A principios del siglo XIX surgió la fisiología como una ciencia experimental independiente; esto permitió la expansión de la investigación científica de las sensaciones en general y del dolor en particular. Bell y Magendie, a través de sus estudios experimentales en animales, demostraron los revolucionarios conceptos de que las raíces espinales anteriores y posteriores eran motoras y sensitivas respectivamente. Este ímpetu científico recibió un mayor impulso gracias a Johannes Muller, quien en 1840 fundamentó que el cerebro recibe información de los objetos externos y de las estructuras corporales, sólo a través de los nervios sensitivos y que cada sentido (tacto, vista, etcétera) tiene una forma peculiar de energía. Para Muller el dolor, el calor, el frío y la comezón, son cualidades de la misma experiencia.

Nuevas teorías

Gracias a las teorías de Bell, Magendie y Muller, a finales del siglo pasado surgió por primera vez, la formulación explícita de dos teorías del dolor:

Teoría de la especificidad sensorial: el dolor es una sensación específica, con su propio aparato sensorial independiente del sentido del tacto. Esta teoría cuyos pioneros fueron Galeno, Avicena y Descartes, y más tarde Loetze, fue formulada por Schiff en 1858.

Teoría de la intensidad: Propuesta por Erb en 1874, según ella, cualquier estímulo sensorial es capaz de causar dolor, siempre y cuando alcance la intensidad suficiente.

Durante las primeras seis décadas del presente siglo, continuó la controversia iniciada por Schiff y Erb. Cada una de sus teorías del dolor encontró seguidores y adversarios, hasta mediados de los años 50, cuando la teoría de la especificidad ganó más popularidad. En la actualidad esta teoría se enseña con mayor frecuencia y, aún más la modificada por Melzack, Wall y Casey, conocida como teoría del control de compuertas (vide infra). Según esta teoría, la estimulación periférica se transmite a tres sistemas: las células en la sustancia gelatinosa, las columnas dorsales que se proyectan al cerebro y las células de la médula espinal que median la información hacia el cerebro. Recientemente estos autores le han agregado los conocimientos derivados de los estudios de comportamiento y de los psicológicos que enfatizan los aspectos afectivos y cognoscitivos de la experiencia dolorosa.

Salud y larga vida

Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UAC.

@profesor_F

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