El lado oculto de mi corazón.

El lado oculto de mi corazón.
Cuando tenía 12 años de edad comencé a experimentar una extraña sensación en el abdomen, arribita del vientre; era raro pues no estaba enfermo. Al cabo de unos días asocié lo que me parecía un hormigueo en el interior de la parte media entre las costillas, con la atención que me merecía una niña del salón, mi compañera de sexto año de primaria.
No recuerdo su nombre, o quizás sí. Vagamente guardo en el chip de un archivero que tengo en la parte oculta del corazón, del que más tarde me enteré de su importancia y funcionamiento, cuando esa nena y yo entrelazamos nuestros brazos para escribir en el cuaderno el dictado del profesor.
El ascenso a la secundaria nos llevó por rumbos diferentes, lo que no era impedimento para que ocasionalmente me escapara de casa y rondara la de ella con la esperanza de verla por las tardes.
Tuve suerte de mirarla en contadas ocasiones; ello la sabía porque más de una vez caminó escondida por las paredes pegada a la puerta principal y se dirigía a la monumental ventana de al menos dos metros de alto, uno y medio de ancho, con barrotes circulares, para pintarme cara.
Cruzábamos mirada unos milisegundos y después, como un ladroncillo salía corriendo sin decir palabra alguna, cruzando despavorido la calle Zaragoza que era muy transitada. No me detenía ni para hacer alto en la siguiente calle rumbo a mi casa, y sentía como se me salía el corazón del pecho, nunca supe si por la emoción o por las zancadas de mis piernas.
Unos meses más tarde, mi pubertad y los amigos suplantaron esos primeros hormigueos de primaria por emociones más atrabancadas. Atrás había quedado para siempre la niña que elevó por vez primera mi presión arterial.
Con el tiempo experimenté miedos y sustos, abrí archivos en el cerebro para separar hechos y situaciones de diversa índole, con copia para el músculo de cuatro cavidades, solo esos que me hacían vibrar.
Al arribar a los 17 años conocí las proporciones a las que pude llevarnos ese hormigueo, que ahora entiendo son mariposas virtuales que revolotean sin cesar y libremente en el interior de mi caja torácica.
Acompañado de esas emociones y sentimientos me presentó sus cartas credenciales la desilusión, la que me llevó a lugares inexplorados de angustia y tristeza. Me inauguré en la fatalidad y me arrodillé de frustración e impotencia ante la aniquilación imprevista de mis aliadas aladas.
Aun hoy no alcanzo a comprender si así estaba escrito en el libro de mi vida, sin embargo, estoy cierto que esa experiencia dulce y traumática cambio mi destino. Por supuesto que guardé en un cardex los primeros electrocardiogramas de esos inéditos meses en un expediente robusto y personal, que aun reposa en la cara oculta del corazón.
Con las primeras cicatrices interiores y una discreta tumba de aquellas mariposas muertas me encaminé hidalgo a verter de mis aurículas y ventrículos nuevos capullos. Al cabo de un breve tiempo, una bella flor de finos pétalos y colores brillantes alimentaron mis mariposas.
Perdí la cuenta de cuántas generaciones de orugas, capullos y mariposas vivieron gracias a esa flor que alegró mis estaciones. El aleteo era muy intenso la mayoría de las veces, otras no tanto, pero el ritmo cardiaco era constante y permanente.
Por las razones más estúpidas el rojo intenso del corazón perdió color cuando la insensatez se entrometió. Sucede que el cerebro se obnubila y se desconectó del poderoso músculo que masacró impiadoso la flor y asfixió mi ejército de capullos. El camposanto no colapsó del todo, pero el carmesí se volvió más tenue.
El lado oculto de mi corazón que ocupa una superficie similar al de su cara del frente, ya tiene playas sin arenas, luna sin brillo y cuevas frías que albergan manías y espíritus que reclaman promesas.
Generoso todavía, me permito explorar nuevas pruebas de resistencia. Alcanzo alturas inimaginables y caídas inesperadas. El esfuerzo es abrumador, porque no hay parámetros ni medidas. La incertidumbre cobra renta y el lado oculto de mi corazón adquiere matices extraños y sepulcrales.
Prudencia, letanía y crisol de ambigüedades, hasta que una semilla de girasol infiltra mis sábanas. La tomo y depósito en el jardín de mis inseguridades; ahí la dejó, no sin regar la tierra que la anida.
Sus colores me inyectan sobriedad y aceleran mi fluido sanguíneo; otra vez revoletean las mariposas. El problema es que la planta tarda más en crecer y su flor apenas sobrevive un quinto de ella.
Es bellísima cuando fija su interés al sol, donde brilla intensamente a la atención del astro rey, más no guarda esplendor al matiz del cielo sin luna. En este tramo sus tonos oscuros dominan mi lado oculto del corazón.
Esa es la naturaleza del girasol, germinar en tierra ocasional, desarrollar un fuerte tallo y dar vida a una maravillosa flor la que, por un tiempo corto de vida, tal vez por eso sea tan atractiva, desata convulsivas pasiones.
Tras un plazo perentorio de belleza y vida sus pétalos de flores se marchitan, sus semillas se liberan y se dispersarán hasta encontrar otro lugar para comenzar de nuevo. Lástima que mi corazón no tiene ese ciclo virtuoso de renovación.
Y es así como mi corazón ha transitado en una travesía maravillosa de vivencias que excitan las sensaciones más profundas. En cada latido poderoso bombeo hormigueos y mariposas que me llevan a los lugares más insospechados del amor.
Pero en la terracería corre la ruta alterna de las decepciones, los fracasos y el dolor más intenso que debilitan mis latidos. No es lo que quiero, no es lo que prevalece, sin embargo, la cara oculta de mi corazón es el archivo de esta existencia.
P.D. Es primavera, estación fértil.
MANN

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