Por la madre que nos parió

Por: Manuel Narváez Narváez
Email: mnarvaez2008@hotmail.com
Las mujeres salieron a las calles para exigir respeto, justicia, igualdad, equidad y alto a la violencia de género.
Ha transcurrido un siglo y medio desde que las mujeres comenzaron a organizarse para hacer valer sus derechos laborales y de sufragio. La osadía ante un machismo que se mantiene prácticamente intacto desde la era primitiva, cobró desde entonces la vida de muchas de ellas.
No solo el alumbramiento les has costado sangre, sino también llamar la atención para ser escuchadas y respetadas. Para mi leal entender el problema de fondo de esta injusticia cultural se debe a la fuerza bruta por cuestiones de anatomía y al razonamiento mal entendido desde su concepción.
Este 8M (día internacional de la mujer) cobra mayor atención en México por el incremento de la violencia de género y los infames crímenes de mujeres que, gracias a la masificación de la información y la rapidez con la que se propagan a través de las redes sociales, recoge el sentir de un número mayor de personas que repudian estos actos.
Desde que en México existen registros, la violencia contra las mujeres aumenta persistentemente. Está no ha menguando porque todos lo planeado desde los escritorios gubernamentales ha fracaso y porque el sistema de justicia, la jurisdiccional, obviamente, ha sido cómplice activo y silente.
Pero no solo es la violencia contra ellas, de las cuales muchas terminan con su muerte; es también la desigualdad en las oportunidades para un empleo, cargo público, puesto de elección popular, etc.
Ciertamente hay avances en materia de presupuestos públicos con perspectivas de género y gabinetes de gobierno gracias a las acciones afirmativas que grupos de mujeres organizadas y asociaciones civiles mixtas han empujado para equilibrar la presencia de la mujer en las decisiones del orden público.
No sucede lo mismo en el ámbito privado, donde predomina aún más la necedad machista de discriminar a la mujer y relegarla a los puestos de trabajo menos favorecidos salarialmente.
También debo decirlo, la solidaridad femenina es a medias. Lo explico, no todas las mujeres que participaron en su juventud en movimientos sociales y protestas para exigir respeto y justicia conservaron hasta el último de sus alientos la congruencia con sus principios y la convicción de sus acciones. Conocía al algunas de ellas; mi admiración infinita.
De las que tuvieron la tenacidad para llegar a un puesto de elección popular, abriéndose paso entre la selva machista y sorteando mayores dificultades que el grueso de los contendientes, no conozco a alguna que haya regresado a sus orígenes de lucha y compartido con sus congéneres algo de las bondades que reparten las arcas públicas en esos cargos de elección popular.
Al igual que los varones, la robusta mayoría de mujeres que emprendieron el viaje en busca de la equidad en los ordenamientos jurídicos y la justicia en los tribunales, se perdieron en el glamour de las prebendas y privilegios que paga cualquier cúpula de los tres poderes de la unión y en sus tres órdenes de gobierno.
Casi todas las feministas de los 80s y 90s que alcanzaron la cúspide política desde el resorte de alguno de los movimientos de las mujeres, enlistan propiedades en los registros públicos de la propiedad, en México, Estados Unidos y otras latitudes terráqueas; conducen automóviles de mejores segmentos, conservan cuentas bancarias con saldos de más de 7 dígitos y colocaron a miembros de sus familias en las estructuras del poder público.
Esta traición a las causas de las mujeres, aunado al desprecio y discriminación de los “machitos” que todavía acaparan la titularidad de los tres poderes, es parte del problema que ha retrasado en México alcanzar la igualdad y equidad plena para las mujeres, y honrar a todas aquellas guerreras anónimas que se entregaron sin condiciones para conseguirlo.
No es fácil, sin embargo, creo que buena parte de la solución del problema es desterrar la corrupción que persiste, más detalladamente por los ingresos de ensueño en los cargos públicos, en la burocracia dorada, en el poder judicial, así como el nepotismo rampante de los anteriores regímenes y de está 4T, ante la cual algunas “luchadoras y activistas” sucumben y se pudren en el confort del poder.
Si las legisladoras no son capaces de construir junto a sus pares varones una agenda sólida, viable y sin resentimientos de género que, no solo sea capaz de secar las lagunas jurídicas que permiten el fraude a la ley, sino también que construya un andamiaje moral para exigir a los otros dos poderes el irrestricto apego a sus responsabilidades, las manifestaciones públicas y masivas seguirán siendo caldo de cultivo para oportunistas.
En lo personal disiento del lampareo indiscriminado de iniciativas que piden aumento a las penas corporales a los sentenciados por violencia de género y feminicidas. Estoy convencido de que el esfuerzo debe centrarse para que en este país haya de una vez por todas una impartición de justicia confiable y que termine con la impunidad, si no es así, la deuda con las mujeres seguirá postergándose.
Es cuanto
P..D. La lucha es de ellas, la solidaridad y apoyo de nosotros, pero la responsabilidad es de todos.

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