¿El nuevo apartheid en México?

Por: Ing. Agustín Hernández Rojo

Cabo San Lucas es una de esas playas que me gusta, porque como bien sabe explicar mi amigo Benjamín: “A pesar de que es playa el clima no es muy húmedo, no te sofoca”. Vaya, es similar a nuestro natal Chihuahua, algo desértico pero con las bondades de tener el océano a unos pasos.

Sin embargo al observar a los turistas de la región se da uno cuenta que en su mayoría son extranjeros, de los cuales en gran medida son estadounidenses. Cuando le pregunté a una de las empleadas del hotel por el turismo nacional me comentó que casi no iban mexicanos a Los Cabos y es cierto, hubo momentos donde me sentí en un enclave estadounidense y me desconcertó esta situación.

Hace poco también tuve la oportunidad de estar en San Miguel de Allende, otro pueblo mágico que tenía muchas ganas de conocer y que disfruté bastante: la plaza central, un buen mariachi, la fiesta, el lugar donde Luis Miguel grabó México en la piel, la parroquia, el mirador, los museos y la casa de los conspiradores… pero también me di cuenta que es otro enclave foráneo.

Y me da gusto que exista el turismo extranjero, no se me mal entienda, pero me gustaría también ver a nuestros compatriotas disfrutando de estos paraísos.

Los precios en estos dos lugares están por arriba de la media, es decir, no cualquiera puede disfrutar de un buen desayuno en San Miguel o de una buena comida en Los Cabos. Al lugar que le pongas el dedo tiene precios muy por arriba de la media de cualquier otro restaurante de poblado.

¿Qué se puede hacer para brindar las mismas posibilidades a los mexicanos de que disfruten su propio país? Si bien la idea que había propuesto el presidente de otorgar dinero para viajar se me hace descabellado, si deberían existir programas de gobierno orientados a promover el turismo nacional y supervisar que los comercios y establecimientos mantengan una oferta amplia que permita a gente de diferentes estratos poder costear un viaje en los pueblos mágicos y puntos turísticos del país.

San Miguel de Allende con una población de 69 mil habitantes, según el último censo del INEGI, sigue siendo un pueblo, pero con costos de ciudad alpha.

Es curioso observar un Starbucks en el puro centro de un pueblo como San Miguel, un síntoma de que la globalización ha alcanzado hasta los últimos rincones del planeta; y si bien no se puede pelear contra el progreso, si se pueden incentivar los negocios locales para que estos pueblos se sigan sintiendo como pueblos y no como sucursales pequeñas de grandes ciudades.

Platicando con la dueña de una tienda de abarrotes cerca del centro del pueblo, me comentaba que la mayoría de los abarrotes locales han cerrado, por la competencia tan agresiva de los OXXOs y otras franquicias tanto nacionales como extranjeras ya que es difícil mantener la competencia en precios contra gigantes de las economías de escala.

Indudablemente estos dos poblados ofrecen una riqueza visual, cultural y de networking impresionante, son dos lugares imperdibles y que todo mundo debiera pisar al menos una vez en su vida.

Sin embargo ¿Stirling Dickinson habrá visionado esto para San Miguel cuando allá en los años 30s les escribió a sus compatriotas invitándolos a lo que el consideró el paraíso?

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