El escándalo del siglo, de Gabriel García Márquez

La Sagrada Familia del pajarito, de Bartolomé Esteban Murillo.

(Fragmento)

LA EXTRAÑA IDOLATRÍA
DE LA SIERPE

la extravagante veneración a jesusito. un sindicato de ídolos. santa tabla
y san riñón. la pacha pérez

La idolatría ha adquirido en La Sierpe un extraordinario prestigio desde la remota fecha en que una mujer creyó descubrir poderes sobrenaturales en una tabla de cedro. La mujer transportaba una caja de jabón, cuando una de las tablas se desprendió y fueron inútiles todos los esfuerzos para reponerla en su sitio; los clavos se doblaron aun en los lugares menos fuertes de la madera. Por último, la mujer observó detenidamente el listón y descubrió en sus rugosidades, según dijo, la imagen de la Virgen. La consagración fue instantánea y la canonización directa, sin metáforas ni circunloquios: Santa Tabla, un listón de cedro que hace milagros y que es paseado en rogativas cuando el invierno amenaza las cosechas.

El hallazgo dio origen a un extravagante y numeroso santoral, integrado por pezuñas y cuernos de res, adoradas por quienes aspiran a desterrar la peste de sus animales; calabazos especialistas en asegurar a los caminantes contra los peligros de las fieras; pedazos de metal o utensilios domésticos que proporcionan a las doncellas novios sobre medidas. Y entre tantos, San Riñón, canonizado por un matarife que creyó descubrir en un riñón de res un asombroso parecido con el rostro de Jesús coronado de espinas, y al cual se encomiendan quienes sufren afecciones de los órganos internos.

Jesusito

Elemento indispensable en las fiestas que todos los años se celebran en los villorrios cercanos a La Sierpe, es un altarcillo que se instala en un rincón de la plaza. Hombres y mujeres concurren a ese lugar para depositar limosnas y solicitar milagros. Es un nicho fabricado con hojas de palmas reales, en cuyo centro, sobre una cajita forrada en papel de colores brillantes, está el ídolo más popular y el que mejor clientela tiene en la región: un hombrecillo negro, tallado en un trozo de madera de dos pulgadas de altura y montado sobre un anillo de oro. Tiene un nombre sencillo y familiar: Jesusito. Y es invocado por los habitantes de La Sierpe en cualquier emergencia, bajo el grave compromiso de depositar a sus pies un objeto de oro, conmemorativo del milagro. De ahí que en el altar de Jesusito hay hoy un montón de figuras doradas que valen una fortuna: ojos de oro donados por uno que fue ciego y recobró la vista; piernas de oro, de uno que fue paralítico y volvió a caminar; tigres de oro, depositados por viajeros que se libraron de los peligros de las fieras, e innumerables niños de oro, de distintos tamaños y formas varias, porque a la imagen del hombrecillo negro montado en un anillo se encomiendan de preferencia las parturientas de La Sierpe.

Jesusito es un santo antiguo, sin origen conocido. Se ha transmitido de generación en generación y ha sido a lo largo de muchos años el medio de subsistencia de quienes han sido sus diferentes propietarios. Jesusito está sometido a la ley de la oferta y la demanda. Es un codiciado objeto, susceptible de apropiación mediante transacciones honradas, que responde en forma adecuada a los sacrificios de sus compradores. Por tradición, el propietario de Jesusito es también propietario de las limosnas y exvotos de oro, pero no de los animales con que se obsequie al ídolo para enriquecer su patrimonio particular. La última vez que Jesusito fue vendido, hace tres años, lo adquirió un ganadero de excelente visión comercial, que resolvió cambiar de negocios, remató sus reses y sus tierras, y se echó a vagar por los villorrios llevando de fiesta en fiesta su próspera tienda de milagros.

La noche que se robaron a Jesusito

Hace ocho años se robaron a Jesusito. Era la primera vez que eso ocurría y seguramente será la última, porque al autor de semejante acción lo conoce y lo compadece todo aquél que desde entonces ha estado más allá de los pantanos de La Guaripa. La cosa ocurrió el 20 de enero de 1946, en La Ventura, cuando se festejaba la noche de El Dulce Nombre. En las horas de la madrugada, cuando el entusiasmo empezaba a decaer, un jinete desbocado irrumpió en la plaza del villorrio e hizo saltar la mesa con la banda de músicos entre un estrépito de cacharros y ruletas esparcidos y bailarines revolcados. Fue una tempestad de un minuto. Pero cuando cesó, Jesusito había desaparecido de su altar. En vano lo buscaron entre los objetos arrastrados, entre los alimentos vertidos. En vano desarmaron el nicho y sacudieron trapos y requisaron minuciosamente a los perplejos habitantes de La Ventura. Jesusito había desaparecido y eso era no sólo un motivo de inquietud general, sino un síntoma de que el ídolo no estaba conforme con las rogativas de El Dulce Nombre.

Tres días después, un hombre de a caballo, con las manos monstruosamente hinchadas, atravesó la larga y única calle de La Ventura, descabalgó frente al puesto de policía y depositó en manos del inspector el minúsculo hombrecillo montado en un anillo de oro. No tuvo fuerzas para subir de nuevo al caballo ni valor para desafiar la furia del grupo que se agolpó a la puerta. Lo único que necesitaba y pedía a gritos era un platero que fabricara de urgencia un par de manecitas de oro.

El santo perdido

En una ocasión anterior Jesusito estuvo extraviado durante un año. Para localizarlo estuvieron en actividad, durante trescientos sesenta y cinco días con sus noches, todos los habitantes de la región. Las circunstancias en que desapareció esa vez fueron semejantes a las que circundaron su extravío la noche de El Dulce Nombre en La Ventura. Un conocido buscapleitos de la región, sin mediar motivo alguno, se apoderó intempestivamente del ídolo y lo arrojó a una huerta vecina. Sin permitir que la perplejidad o el desconcierto les ganara un tramo, los devotos se empeñaron inmediatamente en la limpieza de la huerta, centímetro a centímetro. Doce horas después no había una brizna de hierba, pero Jesusito continuaba extraviado. Entonces empezaron a raspar la tierra. Y rasparon inútilmente durante esa semana y la siguiente. Por último, después de quince días de búsqueda, se dispuso que la colaboración en aquella empresa constituyera una penitencia y que el hallazgo de Jesusito determinara indulgencia. La huerta se convirtió desde entonces en un lugar de romería, y más tarde en un mercado público. Se instalaron ventorrillos en torno de ella, y hombres y mujeres de los más remotos lugares de La Sierpe vinieron a raspar la tierra, a cavar, a revolver el suelo numerosas veces revuelto, para localizar a Jesusito. Dicen quienes lo saben de primera mano que el Jesusito extraviado siguió haciendo milagros, menos el de aparecer. Fue un mal año para La Sierpe. Las cosechas disminuyeron, decayó la calidad del grano y las ganancias fueron insuficientes para atender a las necesidades de la región, que nunca como en ese año fueron tantas.

La Crónica de hoy

Comentarios