Los renglones torcidos del humanismo

Por: Manuel Narváez Narváez
Email: mnarvaez2008@hotmail.com
Cuando el humanismo sucumbió ante la seducción del poder, el ideal de la dignidad humana se degradó a demagogia.
Provenían de cunas diversas, pero compartían un ideal: ser agentes de cambio.
Muchas décadas de mentiras, el mal uso de los recursos naturales, el enriquecimiento inexplicable a costa del erario de una camarilla que se renovaba cada seis años y el desdén a una población insatisfecha, propició que una generación tan disímbola como las de los pañales de seda y los de gasa simpatizaran con el sueño enderezar el rumbo.
Algunos venían de poblaciones pequeñas, casi rurales y otros de ciudades en plena expansión, unos de familias numerosas. El color de la piel era característico de quienes desde temprana hora desafían al astro para apoyar en las labores y acudir a la escuela al mediodía. Sus escuálidas anatomías corroboraban las dificultades para alcanzar una alimentación óptima.
Los que no eran aptos para aguantar el reto del campo u otras faenas igual de desafiantes, encontraron vocaciones lustrando calzados o despachando en la tienda familiar. Esos fueron sus primeros diálogos con la oferta y la demanda, ahí conocieron el contacto con las monedas.
Para otros era evidente la cómoda ascendencia. Tenían piel lozana y clara como muchos burgueses con apellidos de alcurnia; el pulcro uniforme y los zapatos brillantes revelaban una matrícula escolar de prestigio. Era raro que se mezclaran con el vulgo, porque generalmente de eso se encargaba el capataz o la mucama.
El destino y las circunstancias del país en los 80s orillaron a que dos clases tan opuestas concurrieran para enfrentar a un monstruo cada vez más maligno. Era tiempo de unir esfuerzos para lograr mejores amaneceres. Era innegable que unos querían salir de la pobreza revolucionaria y otros querían recuperar los privilegios que ésta le arrebató.
Tres décadas fueron suficientes para que ciertos humanistas del nuevo orden escalaran a posiciones que jamás soñaron los inspiradores de la doctrina. Quiso la generosidad de una sociedad ansiosa por un México próspero y la confianza ciega de una militancia partidista darles a aquéllos la oportunidad de encarnar sus esperanzas.
No se sabe a ciencia cierta qué falló. Hay quienes piensan que fue el dinero, otros que fueron las mieles del poder, algunos sugieren que fueron los bacanales que pulieron su verdadera personalidad y unos cuantos más que son los genes de la raza.
Lo que sí se sabe es que en el camino algunos humanistas se torcieron. Unos cuantos aprovecharon la diosa fortuna de los cargos y encargos públicos y las dirigencias partidistas para escalar altitudes que la misma clase pudiente que rodeaba a Porfirio Díaz envidiaría.
La élite feliz la integran personajes que han robustecido el peculio personal y de paso, aligerado las cargas de sus familias consanguíneas y políticas. Privilegiados con ingresos públicos que ni las mejores economías del mundo pagan, los antiguos idealistas saturaron las nóminas públicas con sus cónyuges, carnales, vástagos, cuñados, sobrinos, suegros, yernos, nueras y amantes y examantes.
Los principios es lo de menos, la mayor preocupación de los humanistas prófugos de la historia es mantener el estatus y acrecentar sus corporativos inmobiliarios, restauranteros, del transporte público, de la construcción, joyero, tecnológico, viñedo, etc.
El pudor ya no es algo que les incomode, pues forma parte de su formación política. Por el contrario, el cinismo y la incongruencia ha sido práctica común en su andar por los puestos de elección popular, la administración púbica y al frente de los institutos políticos. Hoy día, no necesariamente se concentran en los mismos proyectos, pero todos pertenecen a la misma generación de cambio de aquellos ayeres.
En medio de la gran decepción, no todo está echado a perder, pues todavía hay espartacos dispuestos a dejar la piel para recobrar la confianza y darle sentido a los sacrificios de quienes abrazaron el sueño de vivir en una sociedad más justa. Razones de sobra para no permitir es que estas sanguijuelas de la democracia se salgan con la suya, otra vez.
Quiénes son?: por su lengua los conoceréis; la nómina familiar los delata, el tamaño de su peculio a costa del erario y gracias a las posiciones que han ocupado, los exhibe y, sus ambiciones electorales próximas los encuera.
Es cuanto.

Comentarios