2020, a reconciliar generaciones.

Por: Manuel Narváez Narváez
Email: mnarvaez2008@hotmail.com
La nostalgia de la época decembrina desnuda el alma y saca a relucir lo mejor de cada quien.
Somos los mexicanos tan particulares que hasta para decir nuestras verdades tenemos una manera singular de hacerlo, aunque no siempre tengan soporte en ésta, pero le damos crédito por la simple procedencia. Por eso muy seguido recurrimos al dicho: “los borrachos y los niños siempre dicen la verdad”, al que yo añadiría otro: “la navidad afloja el corazón”.
Dicho lo anterior culmino mi colaboración de fin de año; no se crean. En esta ocasión quiero hacer hincapié en un asunto que nos concierne a todos y que ha sido motivo de conversación en estas fechas.
En pláticas de familia, con amigos y en las redes sociales se expande como la humedad el lamento de que las nuevas generaciones no pelan a sus antecesores, entiéndase a aquellos que hoy somos padres, tíos o abuelos.
Los chicos y chicas de 35 años para abajo tienen puntos de vista, criterios y maneras de entender sus propias circunstancias de manera muy diferente a la que la generación que los vio nacer y crecer.
En este diciembre he escuchado de viva voz, en programas de radio o tele, y leo en féis o wac sac añoranzas como: “antes los métodos disuasivos para corregir malas conductas de los chamacos eran con un chanclazo o un cintarazo o, someterse ante la voz dictatorial de papá o mamá”. Cualquiera de ellas surtía efectos mediatos.
Hoy los muchachos, jóvenes o niños no te hacen caso, les vale gorro lo que pienses o hagas; no les importa si estás bien de salud o ya te moriste. Sus vidas las absorben los celulares, atuendos escandalosos, relaciones sin compromisos, ver programas que se alejan de la familia tradicional y desinterés por estudiar, hacerse de un nombre y construir un patrimonio. Así es el patrón de queja cotidiano de los que sobrepasamos el cuarto piso, como se dice ahora.
Frente a este panorama de punto de quiebre generacional considero oportuno analizar algunos puntos. Primero que nada, es menester escudriñar en los cambios evolutivos desde que el ser humano comenzó a discernir y comprender la necesidad de convivir colectivamente, bajo ciertas reglas que permitiesen dicha convivencia, que les tomó miles de años. A la antigüita, es decir, leyendo.
Si nos nutrimos de conocimientos, entenderemos las diversas formas de pensar y actuar de nuestra época. Para entender nuestro presente, debemos reconocer que han existido tantas razas y culturas como de celulares hemos cambiado desde que la tecnología se adueñó de nuestras vidas.
Si seguimos teniendo arranques primitivos es porque somos animales, racionales. Está en nuestros genes; sin embargo, es esa razón genética la que nos debe proveer del acervo cultural para comprender que siempre han sido distintas las generaciones que sobrevivieron a los grandes imperios de la antigüedad, de la transición al monoteísmo, a la edad media, al descubrimiento del nuevo mundo, a la revolución industrial, a las dos guerras mundiales y a la era de innovación tecnológica.
No soy experto en la materia, pero discrepo de que todo escuincle que sale del patrón que visualizamos como ejemplar, tiene TDH (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad), y al que hoy en día medican con pastas para controlarlo. En mi infancia una visita a la catedral o a un chamán bastaba, si no, unos putazos. Con eso te alivianabas o te alivianabas.
Habida cuenta de que la evolución humana y la personal moldean a las generaciones y la conducta propia, con sus pros y contras, no debemos subestimar el comportamiento de las generaciones actuales las que, con o sin nuestro consentimiento, se ajustan a sus propias necesidades.
Si la raza de hoy no quiere casarse o no tener compromisos, ni tener descendencia, debemos analizar el por qué. Seamos honestos y autocríticos y preguntémonos por las condiciones en que les estamos heredando el planeta. No olvidemos que ya somos una población mundial de más de 7 mil millones de personas, y que hemos comprometido las condiciones de vida al cortísimo plazo.
¿Será el instinto o la sabiduría condensada en usb las que moldean a muchachas y muchachos su modo de pensar y actuar?. Me parece que es un mecanismo legítimo de prevención y supervivencia ante un presente incierto y un futuro impredecible.
Nos guste o no el modo de vestir o apariencia de los jóvenes, no es algo por el que debamos poner en entredicho sus valores y libertad. Yo tengo muy presente que personas ataviadas con trajes sastre (hombre o mujer) de épocas pasadas y recientes, no necesariamente representan conductas morales o ejemplos a seguir. La vestimenta y la apariencia no definen a una persona.
Si la chamacada y hasta los infantes dedican horas y horas al celular, no deberíamos satanizarlos por eso. Para empezar, habría que preguntarnos si no fuimos nosotros los primeros proveedores de ese tipo de tecnología. Segundo, con la automatización y digitalización del mercado, entiéndase, bursátil, mercantil, laboral, etc., es lógico advertir que la competencia por las plazas de trabajo será encarnizada en el futuro mediato.
Por último. Quizás el tema más escabroso por tratarse de las buenas costumbres y la familia, sea el de las preferencias sexuales de las nuevas generaciones, que pone los pelos de punta a muchos.
Nos escandalizamos cuando vemos a alguna persona con andar distinto al género con el que nació o a parejas diferentes a nuestra cultura e idiosincrasia. Estas conductas y relaciones no son nuevas, existen desde el inicio de la humanidad. Se dan en todas las familias (ricas y pobres) y en todos los sistemas de gobiernos y partidos políticos (me consta).
Que es culpa de la programación de las cableras y las series que importamos de Estados Unidos, quizás; pero, ya nos preguntamos ¿quién contrataba esos servicios cuando llegaron a México hace unos 40 años?.
En todo caso, tan responsable somos los padres y abuelos como los presidentes de México, empezando con Miguel de la Madrid, pasando por los conservadores Fox y Calderón, el mañoso de Peña, hasta el comunista AMLO.
Todos, sin excepción hemos confeccionado el perfil de las generaciones actuales. El planeta que estamos legando tiene asidero en nuestra generación que se aventuró a consumir todo lo que nos pusieron a la vista, sin medir las consecuencias.
A estas alturas del juego ya no vale cuestionarlos y seguir lamiéndonos las heridas, reconozcamos que fallamos. Asumamos con vergüenza el papel de padres, abuelos y tíos responsables para recuperarlos con amor y respetándolos como personas.
No les cortemos la inspiración solo porque no son a nuestra semejanza. Mejor adaptémonos a los tiempos y sus circunstancias, y enseñémosles, no imponerles, el respeto a los demás, el valor de la palabra, la dignidad del trabajo y el tesoro más grande que representa la familia.
P.D. Gracias a el Diario de Juárez y de Chihuahua por permitirme expresar mis opiniones. Y a ustedes amables lectores por obsequiarme su tiempo y atención. Feliz año 2020, nuestra década.

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