Asoman vientos nuevos

Ramiro era nativo de una comunidad tropical donde creció entre intensa vegetación, humedad constante y bellos paisajes contrastantes con ríos e incipientes caminos de concreto.
Su infancia transcurrió como la de muchas familias, con penurias, pero preñada de esperanzas y pasos firmes. Podía haber carencias de comodidades mundanas, nunca de aventuras o anhelos. No era un chico promedio, eso jamás.
En la metamorfosis de la adolescencia a la juventud fijó su mirada en Rosaura, una damita con unos cuantos meses menor que él. Ella era destacada en la escuela, por dedicación y por solidaridad a su madre divorciada.
De piel morena, ojos grandes y una silueta que prometía una figura para enamorarse con locura. Hija de un connotado ciudadano y hermana de otro par.
La apuesta del susodicho era abismal donde apostó su futuro. A pesar de eso, la ascendencia del ¨sexo débil¨ del que Ramiro provenía lo hacía competitivo; no concedía ventaja en nada, por muy insignificante que resultara el desafío, le atoraba aun en contra de los pronósticos.
Esas prácticas tempranas de su vida para capotear los temporales sin más cubierta que las enseñanzas de cuna, llegó armado para conquistar lo que el corazón le dictaba. Cierto, no era muy didáctico, mucho menos ortodoxo para encarar los retos.
Frente a un escenario adverso y con las apuestas en contra, el muchacho flaco y ojeroso alcanzó la estrella y se embarcó en un viaje plagado de suertes y magias que el mismo Merlín y Rasputín envidiarían.
En 10 meses Ramiro y Rosaura experimentaron el sabor de la luna y el calor del sol. Propios y extraños se preguntaban cómo era posible fusionar agua y aceite o, cómo era posible confundir la magnesia con la gimnasia. Ese par, sin coincidencias en sus cortas vías, construyeron un fuerte impenetrable gracias a……. no hay respuesta definitiva desde entonces.
Quiso el destino, pero también el lado salvaje e indomable, y porque no, incontrolable de ese mozuelo, mostrar cuán delgada es la línea entre la pasión rupestre y la urbanidad de las normas de etiqueta a la que estaba acostumbrada Rosaura.
No hace falta ser vidente para predecir el desenlace. La falta de control no hace juego con la prudencia, y eso quedó comprobado cuando Rosaura, haciendo acopio de prudencia y costumbres refinadas decidió, inteligentemente, guardar para siempre esa experiencia maravillosa en la cavidad de su corazón.
Ramiro, enloquecido por la frustración mostró su lado más despreciable. Incapaz de razonar dejó correr sus impulsos que lo arrastraron a las impurezas que ponen en entredicho el amor al prójimo. No sabía distinguir entre una herida propia en el alma y el orgullo de una infringida a cualquier rival ajeno a las circunstancias.
Habrá sido la suerte o los ángeles, lo cierto es que el chaval recibió de la nada un salvoconducto de migrar. Sin más opciones, aceptó seguir sin idea ni guía de lo que vendría. A cuatro meses del infierno que él mismo propició, una luna alejada en el confín del mundo marcó el hasta aquí y continúa.
No es que hubiese superado la pena, solo que la vida, generosa por segunda vez con él, puso a su alcancé otra estrella brillante, tan intensa como el sol ilumina la tierra. Encontró en Luz Estela el bálsamo a su desdicha.
Aquella tarde fue crucial, en su mente Ramiro era presa de la incertidumbre del hilo que lo conectaba a su pasado reciente y su primer amor, con el presente provocador del aquí y ahora. No hubo marcha atrás, se consumó la transición hacía una nueva vida.
Las vivencias y lo ocurrido en los siguientes 20 años de esa historia son tan únicos que serán materia de otra narrativa detallada.
Después de escritas más de tres décadas de aquella metamorfosis, Ramiro experimenta otra transición. Lourdes, sin ser copia fiel de Rosaura, grabó en penca de maguey momentos con sabias que supuran. El dilema es que ahora un viento fresco de mar inspira atardeceres inolvidables.

MANN

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