El filosofo no es sabio

Por: Francisco Flores Legarda

Entre la plenitud y el vacío se oculta lo que llamamos Dios. No sabemos lo que es, pero sí sentimos que en nuestro corazón es.

Jodorosky

En el ámbito del arte se ha aceptado desde hace mucho tiempo algo fundamental dentro de su disciplina: nos dice Gombrich en su popular libro The Story of Art “there really is no such thing as Art. There are only artists.”.

Si tuviéramos que hacer una delimitación de la filosofía, en lo que concierne a los filósofos, que se enteren que no hay definición exacta, ni tan sólo por semejanza, que podamos dar a la filosofía. Digamos, etimológicamente, que la palabra filosofía viene del griego φιλοσοφία, donde los griegos distinguían entre sabiduría σοφία y conocimiento επιστήμη . Evidentemente, el filósofo no es sabio porque no tiene la sabiduría, sólo la ama y, como buen amante, la busca sin dimitir. Poco provechoso puede resultar deducir de ahí lo que significa hacer filosofía (o estudiarla): no por humildad sino por desesperación, es que rechazamos hoy una definición universal de la filosofía. Si echamos una ojeada en su historia, pronto se descubre que tanto su origen, como su significado, se encuentran intrincadas con lo que podría llamarse un comienzo “oscuro” o hasta “errático” quizás. Oscuro por la falta de precisión de sus fundadores (si es que hubieron, estrictamente hablando); errático por la comprensión que cada quien decidió entender por su nombre. El filósofo español José Ferrater Mora, hace una conveniente lista sobre las posibles significaciones de la disciplina; desde la significación de ella como una teoría, hasta la unidad de teoría y práctica. Ferrater expone lo que Descartes, Bacon, Locke, Wolff, Kant, Hegel, Schopenhauer, Herbart, el positivismo, el espiritismo positivo, según Rehmke, Vainhinger, según Husserl, Windelband, Martial Guérolt, los filósofos analíticos o hasta Samuel Alexander, concebían por lo que hace o estudia la filosofía. Sólo se aclara que son muchísimas las diferencias entre cada autor; además, queda descartado el reduccionismo de adoptar la filosofía de algún teórico y declarar a todas las restantes como “filosofías falsas” como si se dijera “paganas”. Lo que signifique amar la sabiduría, tiene que admitir que se ama de manera inexacta, puesto que su actividad no es canónica o unívoca, y el objeto de amor es en absoluto claro o distinto. Tal vez se tenga que aceptar o lo irresoluble de su condición, o bien, lo ciego de su caminar.
“Romeo y Julieta: una historia como ninguna otra. Y si se verificara que la historia de Romeo y Julieta es en efecto, como lo sugiere la publicidad, una historia de amor como ninguna otra, tendría que concluirse por fuerza que no ha habido nunca amor en el mundo” Clément Rosset[1] En el ámbito del amor, se habla de éste, pero al menos en lo que concierne a algún conocimiento científico del mismo, se reduce a casos particulares biológico-químicos. Es por eso que hablaremos dentro del framework, de los filósofos. El amor platónico (es decir, el que se expone en la obra de Platón, especialmente en Fedón o Banquete) dilucida que, efectivamente, el amor pasional resulta nombrado ilegalmente como amor: es demasiado pasional, demasiado humano. La idea del amor, tal como la pensó Platón, sólo la pudo ser dilucidada por Platón y no por elitismo anímico, sino por lo difícil que es pensar el amor como algo no-humano, es decir, sin deseo ni narcisismo. Y este amor humano es el que experimenta toda mujer y todo hombre desde la tierna edad. Pero si se piensa detenidamente, se elucida que este amor funciona como una especie de imagen, pues no existe experiencia doctrinal alguna que regule nuestros mecanismos de amar. Podemos sentir el primer sentimiento moral muy jóvenes, que será regulado por las condiciones sociales-culturales hasta que se pueda examinar en la disciplina ética. No así con el primer sentimiento de amor, que, si bien, sí será regulada por condiciones, han pasado ocasos milenarios sin que se presente, de una vez por todas, una disciplina donde se pueda comprobar la inefabilidad de su reposo. Quizá pasa esto porque funcionamos con la imagen del amor que hemos legado de nuestra infancia o de nuestras experiencias, pero sobre el origen interno del amor, nadie sabe aún su procedencia. Amor romántico, amor parental, y demás panfletos o publicidad sobre las maneras de amar. Sólo en lo real se encuentra la encrucijada. Si bien, no existe una disciplina autónoma que se proponga a estudiar al amor, se puede hacer una analogía interesante cuando se trata de pensar el significado de amar la sabiduría. ¿Es digno de ser amado lo desconocido? Digo lo desconocido porque, como bien sabemos, esta tierra no la ha pisado hombre alguno que agote la ontología del amor o el amor de la ontología del universo entero. La filosofía y el amor conceden dos características a la par: tanto lo oscuro de su origen, como lo erróneo de su propia comprensión.
Cosa más demente como amar a la sabiduría, es decir, amar quién sabe cómo, algo que nadie sabe qué es, es lo que aproximadamente se entiende en su nombre y su historia.
Notas
● [1] Rosset, Clément, El objeto singular, Sexto Piso, España, 2007.

Salud y larga vida.

Profesor por Oposición de la Facultad de Derecho de la UACH.

@Profesor_F

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