Rambo: Last Blood: otra guerra perdida

La entrega final de la saga recurre a fórmulas antiguas para disimular lo pobre de su propuesta; por sus aires de videohome puede resultar entretenida para el público menos exigente.

Poco o nada queda aquí de Rambo: First Blood (1982) —basada en la novela del mismo nombre, original de David Morrell—, aquella película que mostraba cómo contra su voluntad, un exmilitar terminaba desatando en un pequeño y prejuicioso poblado de la America Profunda, el infierno que cargaba a sus espaldas, para mostrarse cómo una poderosa declaración contra un país que convirtió en parias a sus soldados, luego de enviarlos a perder una guerra que nadie necesitaba.

Mucho menos se puede rastrear algo de esa conveniente secuela llamada Rambo: First Blood Part II (1985), que puso de regreso a su protagonista en el campo de batalla para redimirlo y seguir exhibiendo el infame accionar de un gobierno consumido por la burocracia, y cuya política consideraba desechables a los integrantes de sus propios comandos.

Bueno, ni siquiera de Rambo III (1988), entrega que se adentró en los terrenos del blockbuster, para delinear un efectivo y muy llamativo héroe de acción, que enfrentaba a los estereotipados villanos en turno. En este caso, Rambo: Last Blood es más cercana a su antecesora, la desangelada John Rambo (2008), que fuera dirigida por el mismo Sylvester Stallone, y resultó un intrascendente pasaje que más bien parecía sacado de los convencionalismos de una vieja serie de televisión.

En realidad, la única diferencia es que esta vez recurre a la fórmula de aquellas antiguas, pero más honestas propuestas del justiciero urbano encarnado por veteranos actores como Charles Bronson —Vengador Anónimo (1974)— , para disimular la pobreza de su propuesta, acentuando el lado más violento del personaje, en escenas cuya literalidad cae en el simple efectismo y lo repetitivo, regalando apenas un poco de otro de aquellos rasgos que distinguían la saga y eran de sus principales virtudes, las estrategias para escabullirse y aprovechar su entorno como si fuera un campo de batalla.

En cuanto a la promesa de dar a conocer más de la familia del mismísimo John Rambo, esto pasa muy pronto a segundo término, y la historia que le lleva a enfrentar a criminales mexicanos dedicados al tráfico de mujeres es sólo un simple pretexto para dar rienda suelta a las escenas de acción, que a pesar de la producción que les respalda y la buena manufactura, carecen de identidad.

Incluso los apuntes que evidencian la mente fracturada de un hombre atormentado por su pasado, que a diario lucha por mantenerse bajo control, cuya obsesión y paranoia le llevan a construir una serie de túneles bajo su propiedad, y podrían justificar la evolución del personaje, quedan reducido a lo anecdótico.

Estamos ante un desafortunado ejemplo de lo mal que puede envejecer un concepto que fuera emblemático de su época, cuando los responsables se quedan sin ideas y ni siquiera la nostalgia es suficiente. Aún así, se trata de una película de venganza con aire a videohome, que puede resultar entretenida para el público menos exigente.

La Razón

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