Un monarca que no llena su trono

El filme alcanza el nivel más alto de realismo visto en cintas de esta naturaleza; ni siquiera el gran talento vocal logra imprimir carisma a personajes tan faltos de personalidad.

Las películas animadas de Walt Disney están destinados a cumplir un ciclo, pero no el de la vida, sino el impuesto por la propia productora que en su insistencia por seguir generando ingresos sin aportar nada al panorama fílmico, continúa con la estrategia de reciclar cuánto éxito de antaño le venga en gana con el pretexto de exhibir las situaciones en acción real.

Desde el estreno en 1994 de la película original dirigida por Rob Minkoff, El Rey León se convirtió en uno de los títulos más exitosos y redituables para la casa del ratón Mickey, derivándose dos secuelas y un spin off lanzados directamente en formato DVD; además de ser adaptado al teatro en una espectacular puesta en escena que inició en Broadway y ha recorrido numerosos países a lo largo de todo el mundo.

Lo único que faltaba para cerrar el ciclo era esta versión que, debe aclararse, no se trata de una cinta de live action como se anunció durante toda la campaña publicitaria; de ser así y sin la interacción con actores reales, estaríamos ante un producto más cercano a un documental de la división Disney Nature, creadores de entrañables títulos como Chimpancés Felinos de África,| entre otros, que de una fábula con carácter fantástico.

El Rey León, dirigida por Jon Favreau, alcanza el nivel más alto de realismo visto en cualquier filme de esta naturaleza, puede considerarse la cereza del pastel de la era digital de Disney y un parteaguas en lo que concierne al diseño de personajes y entornos desarrollados por computadora. Los amantes de la fotografía de naturaleza podrán disfrutar de la grandiosidad de los paisajes y el nivel de detalle en flora y fauna.

  • El Dato: El director hizo un safari por África seis meses antes de reunirse con Disney; en ese viaje se dio cuenta del impacto que tenían la historia y los personajes sobre las personas del mundo.

No obstante, una vez superado el asombro y en el entendido de que toda esa belleza y magnificencia son artificiales ,por increíble que parezca, el interés por el relato comienza a descender, siendo el hiperrealismo motivo principal para que el conjunto dé como resultado un producto disparejo, carente del espíritu que conmovió a una generación al ritmo de “Can you feel the night” de Elton John. 

Y es que el ver a animales actuando como animales reales provoca empatía solo cuando estos interactúan con seres humanos como en Libro de la selva. Un hecho extraño, porque si hay una casa productora que conoce la importancia de tener protagonistas antropomorfos esa es Disney. Los personajes de El Rey León son como las estrellas que cumplen con los cánones estéticos y/o las que efectúan escenas que requieren determinada destreza física, pero que adolecen del registro interpretativo para transmitir emociones. Sobre todo en la primera mitad héroes y villanos se mantienen imperturbables.

Ni siquiera las voces de Seth Rogen, Chiwetel Ejiofor, Billy Eichner, James Earl Jones y compañía logran imprimir carisma a personajes tan faltos de personalidad. También se percibe una falta de coherencia entre el lenguaje oral y el corporal: Timon y Pumba cuentan el chiste pero no lo actúan, desperdiciando los escasos momentos cómicos de una película que, ciertamente desde su primera versión, tuvo que endulzar un argumento basado en una de las principales tragedias de William Shakespeare, la cual gira en torno a la amargura y que de cuento infantil no tiene nada. Los musicales fallan ante el desconcierto propiciado por el tono realista y la incapacidad de los animales para conmovernos; el hakuna matata no tiene cabida en esta historia, como tampoco tiene sentido desaprovechar los avances tecnológicos calcando cuadro por cuadro un clásico insuperable.

La Razón

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