El color de un café

Me senté en una de las sillas que dan a la calle de esa antigua calle, en una de las colonias más antiguas de la ciudad. Es el café enclavado en una esquina donde regularmente acudo para degustar un capuchino descafeinado; si, ya sé, si no tiene nicotina no es café, pero a mí me vale madres porque me genera el mismo placer y bienestar que un expreso o americano, y tampoco voy a contar, por ahora, cómo, desde cuándo y por qué cambié del ´fuerte´ al ´suave´, esa es otra historia.

No esperé mucho para que me atendieran, pronto llegó una amable damita, de unos veintitantos años, seguro no arañaba los 25. Como estaba fresco el ambiente, serían las 5 pm y el lugar es abierto, la chica se abrigaba con una chaquetita corta color azul marino, que apenas rozaba la pretina de su mezclilla deslavada. Para su estatura, más alta del promedio, el algodón de su prenda guardaba a la perfección sus bien delineadas extremidades inferiores, la fortaleza de unas nalgas como pinceladas a mano, y que fenecía en una cintura que podía cubrirse con las dos manos extendidas, pulgar con cordial con cordial.

Inmediatamente supe que era mesera porque la delató una cofia roja en su cabeza que cubría el rubio de su molote. Con una voz dulce y tímida me dio la bienvenida y preguntó: que le gustaría tomar?; sin vacilar, con la mirada fija en sus ojos castaños, respondí: un capuchino descafeinado, leche light, deslactosada, con una de esplenda y poca canela, en vaso grande por favor.

Con gran destreza su mano izquierda anotó en la comanda mi pedido, en tanto que miraba sus delgados dedos y las uñas bien pintadas de rosa pálido que resaltaban la tersura de sus manos muy cuidadas. Algún postre para acompañarlo?, pregunta que como un resorte me trajo de vuelta a sus ojos, no, así está bien, enseguida se lo traigo, dio la media y se marchó hacía el mostrador.

No sé cuánto tiempo transcurrió entre mi llegada, la bienvenida y la anotación de la orden, me pareció una eternidad. Tras de regreso de esa nube viajera, me acomodé en la fría silla, era de metal, respaldo y asiento; me ajusté el último botón de mi abrigo, saqué un cigarrillo de la cajetilla, lo encendí, comencé a echar humo y deje divagar mis pensamientos por un momento.

Al cabo de unos minutos llegaron tres mujeres, dos de ellas notoriamente bordeaban los 60 años, la tercera acompañante si mucho surcaba los 35. Pulcramente vestidas, de oscuro las damas maduras, un poco más atrevida la treintañera, sin caer en el exceso; con un corte ejecutivo de falda y saco, en tono menta y una blusa, creo de seda, en color perla que resbalaba, un poco escandalosamente, sobre unas bubis talla 38C. Del calzado ni me fijé.

Se sentaron una mesa atrás de la que yo ocupaba. Una de ellas tomó el menú del centro de la mesa y en voz alta repasó la variedad de bebidas ofrecidas. Otra de las damas, de melena oscura y bien tratada que hacía juego de buen gusto con los años en su rostro, con tono altivo optó por un café mocha blanco; la única de falda, secundó con una vainilla latte y la de la voz cerró: yo pediré un té verde.

Tras otros minutos de espera, quizás tres, se desliza la puerta de vidrio que separa la sección interior de los que estamos en la terraza. La damita, que no sé por qué extraña razón, se me ocurrió llamar Laura, colocó mi bebida sobre la mesa y como un susurró me deslizó: “que lo disfrutes”. Que lo disfrutes?, cuestionó mi subconsciente, cómo diantres me tutea si le doblo la edad, en fin. De botepronto y sin chistar en el cruce de miradas, apenas asentí con la cabeza.

Laura se dirigió a la mesa de las recién llegadas, les dio la bienvenida y éstas, con tibieza agradecieron e inmediatamente ordenaron. Antes de correr la puerta corrediza, alguna de mis compañeras de café casi gritó “y tres ceniceros, por favor”, claro, con gustó sonrió la damita mesera. Para qué tres ceniceros, si con uno tienen, ni que fueran mesas medievales, me pregunté y respondí en mis adentros.

Ya había transcurrido poco más de una hora desde mi llegada y, tras dos tazas de capuchino, si, descafeinado, un par de cigarrillos y haberle agotado la mitad de la pila a mi celular, centre mi atención en las risillas picarescas de las tres mujeres que exhalaban humo de cigarro como en cantina juvenil.

El sol había caído y el frío ya se dejaba sentir, en eso salió de nueva cuenta “Laura”, desplegó del techo unas lonas para aislar el área de la banqueta y con una sonrisa tipo comercial de pasta dentrífica, preguntó al aire ¿desean les encienda el calentón?, si, por favor, respondimos casi todos que para esa hora ya colmábamos el lugar.

Estuve a punto de pedir la cuenta, más la curiosidad por enterarme que era lo que causaba la risilla “malévola” en esas tres de la mesa de atrás, antes de que “Laura” entrara al área contigua, ordené una rebanada de pastel de zanahoria; enseguida te lo traigo, contestó.

Discretamente hice mi silla un poco más hacía atrás y a la izquierda, porque mi oído de ese lado capta mejor las conversaciones. Le di el último sorbo a la segunda taza de mi capuchino y la despedí. Encendí, como pocas veces lo hago, un tercer cigarrillo y me acomodé como el que lo hace en un sillón reposet.

Me incorporé clandestinamente a la plática cuando la mujer de traje sastre les decía a sus amigas: anoche no pude dormir porque mi roomie, una estudiante de medicina a la que le rentó la parte superior de mi departamento, llegó acompañada. En lo que me acosté para encender el televisor, de pronto escuché como las zapatillas caían al piso y el ruidillo de los resortes de la cama era más fuerte de lo común, así como cuando recibe más peso de lo acostumbrado.

El murmullo de besos y caricias se mezclaban con risas nerviosas, las clásicas previas de una montada típica, atajó una de ellas, todas rieron; sí, confirmó la de la voz. Instantes después, durante una pausa, ambos se incorporaron porque escuché sus pies descalzos, seguramente se despojaron de sus prendas y de nueva cuenta se escuchó el ruidillo de los resortes del colchón.

No quise perderme detalles, sin embargo la llegada del plato con mi rebanada de pastel, al golpear con la superficie de la mesa, me trajo de vuelta al ambiente del café. Provechito me dijo “Laura” clavando sus ojos y cejas pobladas, en los míos. Corte rápidamente dos pedazos y los imbuí en mi boca, y volví a para parar la oreja izquierda.

El relato estaba subido de tono. Entonces, proseguía nuestra chica, se escucharon esos gemidos profundos cuando los labios y las manos hacen contacto en las zonas erógenas más sensibles, las que te ponen la piel de gallina.

La respiración agitada de ese par traspasaba el grueso de mi techo, hasta mi corazón palpitaba aceleradamente, soltó con emoción la más joven; las otras dos no hicieron comentario, seguían escuchando, mientras yo daba un bocado más grande a mi pastel y sentí como el azúcar prendió al máximo todos mis sentidos.

De pronto, el respaldo de la cama comenzó a golpear la pared repetidamente, el clamor del frenesí de aquella muchacha se escuchaba nítidamente, cuando en eso suena mi celular, sin mirar quien llamaba, lo metí entre las almohadas y aproveché para quitarme las sábanas de encima.

Créanme, remarcó quién relataba los hechos a sus congéneres, comencé a sudar. Por nada del mundo quería perderme detalle de lo que sucedía tres metros arriba de mi cabeza. En algún momento, el hombre habrá tapado la boca de mi inquilina y presionado alguno de sus brazos contra el respaldo porque apenas si se alcanza a escuchar ese rictus de placer que provoca la erupción de dos cuerpos colmados de pasión desenfrenada.

A la tormenta le sigue la calma. Sutilmente volteé hacia atrás y miré que ya no estaban fumando, las tres estaban interconectadas y absortas en el relato, ni cuenta se dieron de mi indiscreción. Los efectos de ingerir tanto líquido presionaban mi vejiga, pero más pudo mi interés por lo que seguía, que me aguanté las ganas.

No sé si el calentón estaba al máximo porque el ambiente era más cálido; lo cierto es que tuve que desabrocharme los botones del abrigo, tenía mucho calor.

Un poco más pausada, la dueña del departamento dijo que hizo su jugada. No iba a dejar pasar la oportunidad de conocer al extraño visitante. Dijo que esperó como una hora para coincidir con la despedida del amante de su roomie.

Muy propia ella detalló, salí por la puerta de la cocina que lleva al pasillo de servicio, encendí la luz y con una bolsa de basura en la mano me topé con la pareja cuándo descendían por la escalera de caracol que conecta a la segunda planta. Hola señora, cómo está, escrutó la estudiante de medicina. Traía una blusa manga larga que acentuaba sus pezones y una pantalonera muy ajustada que exponía su contorno. El cabello era un desorden y el escaso maquillaje descubría su rostro perfecto.

Con voz grave, el caballero terció, buenas noches. Era un tipo de medina edad, promedio de la gente de aquí; llevaba un traje oscuro y camisa blanca. Tenía una mirada penetrante y una sonrisa amable. Buenas noches, atiné a responder a los dos. Dejé la bolsa con la basura, ¡sobre el boiler!, me daría cuenta a la mañana siguiente, y retorné a mi habitación.

Ya estaba a punto de quedarme dormida cuando me acordé que había puesto mi celular bajo la almohada, ¡tenía 5 llamadas perdidas!, era mi novio, me estaba invitando a ir por unas tortas; las tres soltaron sonora carcajada.

Apresurado me incorporé para ir al baño. En el mostrador pedí la cuenta y al regresar a mi mesa, el recibo venía acompañado de una servilleta y en ella anotado un número telefónico, que decía: “muchas gracias por tu visita. Laura. Pagué y me retiré, las tres damas de la mesa de tras de mí continuaron charlando. El viento estaba muy frío, pero yo me marché con el corazón hirviendo.

MANN

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