Bolsonaro continúa en modo de campaña

Al tomar posesión, el nuevo presidente de Brasil quedó debiendo un gran gesto de reconciliación social. En lugar de ofrecerlo, volvió a caer en el “nosotros contra ellos”, opina el columnista Thomas Milz.

    

“Reafirmo mi compromiso de construir una sociedad sin discriminación ni división”, dijo Jair Messias Bolsonaro este martes (1.01.2019), en su discurso de asunción del mando como presidente número 38 de Brasil. Pero no hay que dejarse confundir. El exmilitar, y durante años diputado sin cargo en el Parlamento, es un hombre de ultraderecha que en octubre de 2018 obtuvo más del 55% de los votos, pero de seguro no se ha convertido en un estadista de la noche a la mañana. Muy por el contrario. Ante el Congreso de Brasil, reunido en su honor, ante jefes de Estado de todo el mundo y cerca de 100.000 seguidores, Bolsonaro volvió a caer en su conocido modo de campaña electoral. A partir del martes, según él, el pueblo brasilero comienza a liberarse del socialismo. Los socialistas, a quienes también llama comunistas o marxistas, son, en su visión del mundo, todos aquellos que no están de acuerdo con él. Y a ellos es a quienes impedirá, con ayuda de Dios, que destruyan el mundo cristiano.

Sin embargo, Brasil no ha sido gobernado nunca por tales fuerzas siniestras. Ni siquiera el izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), que estuvo en el poder entre 2003 y 2016, se animó a tocar los antiguos privilegios centenarios de las élites brasileras. Gracias a la combinación entre capitalismo salvaje y clientelismo, Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo. Y todavía sigue en la nebulosa si Bolsonaro ha percibido siquiera estas fallas sociales, y si piensa hacer algo para terminar con ellas durante su presidencia, incluso después de sus dos aclamados discursos de toma de posesión.

Bolsonaro es el primer presidente desde el retorno de la democracia a Brasil, a mitades de los años 80, que se posiciona más a la derecha del Congreso, de por sí extremadamente conservador. Por eso, los observadores esperaban que su discurso inaugural fuera más moderado y que se aproximase más al centro político. Pero no parece haber indicios de ello hasta el momento. Tal vez se esté volviendo a orientar hacia su ídolo político, Donald Trump, y deje que todo desemboque en una confrontación con el Congreso. Sea como fuere, lo que produce preocupación es que, evidentemente, una gran cantidad de diputados no asistió a la toma de juramento.

A todo esto, Brasil no se puede permitir un bloqueo. El gobierno federal, así como los de varios estados y municipios, están al borde del colapso financiero, y ahí es donde Bolsonaro tiene que actuar rápidamente: “Es la economía, estúpido”. Si la economía funciona, también funcionará su mandato. O no. A pesar de los déficits en el presupuesto, Bolsonaro prometió alivios económicos tanto a las empresas como a los trabajadores. Pero cómo lo logrará es todavía una incógnita.

Sin reconciliación a la vista

Además, el presidente brasileño distribuyó advertencias para sus opositores. Hizo responsables del atentado que sufrió en septiembre pasado a oscuros “enemigos de la patria, del orden y la libertad”. Sin embargo, los investigadores atribuyen, hasta ahora, el ataque a un agresor mentalmente desequilibrado. No hay prueba alguna de que se haya tratado de un delito motivado políticamente o llevado a cabo por instigadores del ala opositora.

Bolsonaro no parece estar dispuesto a una reconciliación con la oposición. Terminó incluso su alocución con su conocido lema “Nuestra bandera nunca será roja”, refiriéndose a la bandera de la izquierda. Luego, agregó además, una frase aún más extraña, cuyo significado será tema de reflexión para los observadores políticos en Brasilia durante mucho tiempo: “Solo será roja si fuera necesario derramar nuestra sangre para mantenerla verde y amarilla”.

 

 

 

 

 

Thomas Milz

DW actualidad

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