Hace 20 años ganó la revolución chavista que hundió a Venezuela

-La victoria de Chávez en las elecciones del 6 de diciembre de 1998 fue vista como el sueño del pueblo hecho realidad. Nadie sospechaba que todo acabaría convertido en una pesadilla… excepto una persona.

 

La pregunta sigue de actualidad: ¿Cuándo se jodió Venezuela? Hay varias respuestas y todas válidas, porque cada una abrió una puerta que acercó un poco más al precipicio al país con las mayores reservas de petróleo del mundo.

Unos dirán que comenzó el 27 de febrero de 1989 con el “Caracazo”, cuando el anuncio del presidente Carlos Andrés Pérez de subir el precio de la gasolina y del transporte público degeneró en violentas protestas y cientos de muertos. Otros dirán que el 4 de febrero de 1992, tras el fallido golpe de Estado que encabezó Hugo Chávez, hazaña que lo llevó a la cárcel, pero lo convirtió en un héroe del pueblo casi mesiánico (… y así se lo creyó el protagonista). Pudo ser también el 6 de diciembre de 1998, día en que ganó las elecciones y se convirtió en presidente, con la legitimidad de ser el más votado en la historia de Venezuela y de proclamar ante su esperanzado pueblo que, con él, “está naciendo una Venezuela nueva”.

En medio del atronador ruido de aplausos al nuevo líder, nadie prestó atención a uno de los grandes intelectuales venezolanos, Juan Liscano, quien tras la victoria en las urnas del boina roja, hizo el siguiente comentario: “Chávez presenta sin cesar caras sucesivas, pero su verdadero rostro está detrás de él. Sus consejeros deben pasar mucho tiempo ajustando su imagen de un dictador en potencia a la de un líder democrático pacífico”.

Las palabras del escritor fueron premonitorias. Pronto se vio que, detrás de la careta de líder democrático pacífico, se escondía un aspirante a dictador.

El golpe que pudo cambiar todo. La primera careta que se quitó el presidente Chávez llegó con el anuncio de un referéndum para redactar una nueva constitución. Nadie notó nada extraño porque detrás de esta careta tenía varias más superpuestas. La que dejó ver era la de constituyente y cumplidor de su palabra, ya que respondía a la lógica de su promesa de liderar una “Venezuela nueva”. En 1999 logró su objetivo y fue premiado con una nueva carta magna; pero el diablo se escondía detrás un simple adjetivo que usó hasta la obsesión: Bolivariano.

Detrás de su aparente intento de ennoblecer la figura del Libertador Simón Bolívar, como hizo rebautizando al país como República Bolivariana de Venezuela y al ejército como Fuerza Armada Nacional Bolivariana, Chávez trató de confundir a la población, haciendo creer que ser bolivariano es defender su Constitución y su proyecto revolucionario. Por tanto, aquel que osó oponerse a su mandato se convirtió en “enemigo del pueblo”.

La segunda careta se la quitó a mediados de 2001, cuando la Asamblea Nacional (controlada por el chavismo) aprobó la Ley Habilitante, que le daba al presidente poderes para gobernar por decreto e imponer su modelo económico. Una de las leyes más polémicas fue que el Estado pasaba a controlar el 51 por ciento de todas las sociedades mixtas para la extracción de petróleo o explotación agrícola. La respuesta de sus opositores fue la guerra. El 10 de diciembre de 2001 se declaró una huelga petrolera salvaje, que duró hasta febrero de 2002, paralizó la economía y devaluó el bolívar un 20 por ciento. El malestar social fue creciendo a medida que se destapaba el rostro autoritario del presidente. Sin embargo, todo se precipitó cuando varios generales se quejaron de que “al señor presidente sólo le interesa su relación con Fidel Castro”.

Lo ocurrido los tres días siguientes fue lo más parecido al realismo mágico:

El 11 de abril de 2002, luego de tres días de huelga general, miles de venezolanos se concentraron frente al Palacio de Miraflores para pedir la cabeza de Chávez, mientras la televisión oficial pedía “al pueblo chavista salir a defender a su líder”. En medio de los enfrentamientos, el ministro de Defensa, general Lucas Rincón, anunciaba que Chávez había aceptado su renuncia y fue llevado preso a un fuerte militar. En la madrugada del 12 de abril, Pedro Carmona juraba como presidente y disolvía la Asamblea, el Tribunal Supremo y la Ley Habilitante. Sin embargo, no cerró los canales fieles al chavismo, desde los cuales, el día 13 el destituido presidente del legislativo, Diosdado Cabello, se proclamaba presidente y arengaba a las masas a que liberasen a Chávez para que fuese restituido en su cargo. En la madrugada del 14, Chávez se puso de nuevo la banda presidencial, tras ser liberado inexplicablemente por el “presidente” Carmona. Esa madrugada, de nuevo se volvió a joder Venezuela: Chávez juró no volver a ser humillado y no ceder el poder al “enemigo” jamás.

“¡Exprópiese!”. Uno a uno, esos “enemigos de la patria bolivariana” fueron eliminados, empezando por los directivos e ingenieros de PDVSA, que fueron sustituidos por por personal sin experiencia, pero fiel “al comandante” —y como estamos viendo ahora— al desvío de petrodólares a paraísos fiscales. Otros de los enemigos fueron los medios independientes. En noviembre de 2006, Radio Caracas Televisión (RCTV) emitió un video donde se ve al ministro de Energía advirtiendo al personal de PDVSA que “si no prestaban su apoyo al presidente, debían renunciar a su trabajo”. La reacción de Chávez fue furibunda: un mes después ordenó el cierre del canal más antiguo de Venezuela, para regocijo de los medios chavistas, que disfrutaban emitiendo videos del “comandante”, señalando edificios y comercios al grito de “¡Exprópiese!”, o mostrando su rostro en lágrimas ante los restos (supuestos) de Bolívar, o haciendo la genuflexión ante su idolatrado en vida Fidel Castro, cuyo régimen comunista sacó a flote con ­barriles de petróleo venezolano.

Y todo habría seguido así, si no hubiese protagonizado (a su pesar) otra nueva fecha fatídica: la de su propia muerte. Ocurrió el 5 de marzo de 2013, día en que Nicolás Maduro asumió la presidencia para que culminase su sagrada misión: eliminar a los enemigos de su revolución, aunque para ello tenga que destruir toda Venezuela.

Si tuviéramos el mismo poder sobrenatural de Maduro de conversar con Chávez cuando se reencarna en “pajarico”, podríamos decirle al que empezó esta aventura bolivariana, hace hoy veinte años, que su discípulo está cumpliendo con creces.

La Crónica

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