La turbulencia

Por: Francisco Flores Legarda

La luna que veo en el lago es agua.

Lo que yo reflejo no me convierte en lo reflejado

Jodorowsky

Mientras la presidencia de la república se mantuvo en manos de un mismo partido durante siete décadas en el siglo pasado, la calidad de presidente electo no tenía mayores complicaciones. El prolongado tiempo entre la elección presidencial y la toma de posesión del nuevo titular del Ejecutivo, podía tomarse como un círculo funcional para el reacomodo de fuerzas activas dentro del partido oficial (Así fue, por ejemplo, la inclusión de los militares dentro del PRM y su posterior exclusión bajo las siglas del PRI) El presidente electo negociaba y acomodaba fichas de su futuro gobierno.

Para cuando se dio la alternancia partidista en el año dos mil -sólo eso- uno de los inconvenientes que encontró el entonces presidente electo Vicente Fox, fue la falta de recursos para mantenerse a la espera de su toma de posesión. La partida presupuestal destinada a la “transición” no existía y se tuvo que habilitar aún a riesgo de suponer peculado. Desde ese año, el aparente interregno formado entre el día de la elección y la toma de posesión comenzó a ser visto como una aberración ¿Por qué tantos meses? No obstante, por dejadez, ni los presidentes ni las legislaturas de este siglo en curso hicieron algo para corregir la anomalía. A lo mejor supusieron que el bipartidismo “neoliberal” conformado por el PRI y el PAN podría prescindir de esa corrección.

Las elecciones del 2018 dejaron al descubierto la falta de previsión. Tres fuerzas políticas vapuleadas y reducidas por el voto popular. Un presidente electo con treinta millones de votos a cuestas y la presión que eso representa ¿Se puede soportar la condición de “adorno” o “florero”? Con una mayoría en el Congreso empuja desde ese poder constitucional el inicio legal de un nuevo gobierno, el de MORENA y sus aliados, al tiempo que el presidente electo no tiene más atribuciones que las de cualquier ciudadano. Una complejidad no prevista al romperse la continuidad de la secuencia del gobierno dividido instalada desde 1997.

La turbulencia, los malabares, son consecuencia del veredicto de las urnas. Se ha construido una arena política donde existe un presidente en funciones sin fuerza y un presidente electo con una fuerza de tal magnitud, que éste tiene que actuar para evitar su desbordamiento con el apoyo de sus aliados congresistas que hacen suyas las propuestas y las procesan desde su ámbito de gobierno, asumiendo la responsabilidad política y legal.

Será hasta el próximo primero de diciembre que tendremos nuevo presidente en funciones, con responsabilidades de ley y nuevos márgenes de actuación para enfrentar las complicaciones del poder desde la autoridad. Menos de un mes.

Salud y larga vida

Profesor de la Facultad de Derecho de la UACH.

Freelance

@profesor_F

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