MERLÍ O DE LAS PUERTAS ABIERTAS DEL VALHALLA.

Por: Luis Villegas Montes

Al gozo de leer a Almudena, o mejor dicho, concomitante a él, durante semanas disfruté una serie cuyo nombre recogí casi por casualidad.

En un desayuno de Rotary, alguien, ¿la maestra Wong?, comentó el título de la serie: Merlí.

Hablábamos de filosofía, creo, y de algunas producciones de televisión que abordan el tema. Las opiniones sobre la serie estaban divididas: no faltó quien la desdeñara por “ligera”; porque de filosofía sólo se queda en “generalidades” y cierta vacuidad. En tanto que hubo partidarios entusiastas que la celebraron como divertida, inteligente y bien hecha.

Definitivamente me quedo en el grupo de los segundos. Me encantó.

Aunque, en efecto, de filosofía hable más bien poco, definitivamente la serie no pretende eso; en cambio, constituye una enriquecedora reflexión sobre el entorno de los jóvenes, la docencia y la evolución constante en el modo de comprender el mundo.

Con personajes entrañables, con Merlí Bergeron a la cabeza, la serie trata de un profesor de Filosofía desalojado que se va a vivir con su madre, y deberá aprender a convivir con su hijo Bruno, del quien hasta entonces cuidaba su exmujer; la llegada de Bruno a la vida de Merlí coincide con su contratación en el Instituto Àngel Guimerà; donde, merced a métodos imprevisibles y heterodoxos, hace reflexionar a sus alumnos sobre el sentido de las cosas; y a quienes también ayuda en la solución de sus problemas personales, si bien no pocas veces sus métodos o consejos sean censurables.

Merlí no sólo explica a los grandes filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Schopenhauer, Hume o Nietzsche, también aplica sus ideas y enseñanzas en la vida práctica para resolver problemas cotidianos.

El mérito de la serie es la frescura de los personajes; la agilidad y vigencia de los diálogos; y la inteligencia con que se construye cada capítulo que, sin desvincularse del resto, enlaza los pormenores que le son propios con el filósofo o la corriente filosófica en turno.

Para mí, que ya estoy fuera de onda y a quien le son ajenos un montón de tópicos de las nuevas generaciones, la serie constituye una oportunidad invaluable para replantearme un montón de asuntos que van desde las relaciones sexuales hasta el consumo de marihuana. Con esto no quiero decir que esté muy de acuerdo con que los jóvenes hablen de “derechos” (entendidos como prerrogativas, facultades o licencias) respecto de aquellos asuntos, y sus secuelas, que no tienen posibilidad de afrontar por sí mismos; me explico: no pueden hablar de libertad sexual ni de consumo de drogas, alcohol o tabaco, si no tienen los medios para hacerse responsables de lo que ocurra tras su realización. Punto. Pero a no dudar, la serie ahonda en estos y otros temas que, en mi desinformada opinión, son polémicos y dignos de reflexión.

Como sea, en uno de sus capítulos la serie me recordó que, más allá de los infortunios cotidianos que pueblan nuestra existencia, existe la promesa del Valhalla –el paraíso nórdico de los muertos que, extrañamente, guarda la promesa de permitirles disfrutar de lo bueno en la otra vida–. Ese planteamiento me convenció que con el ánimo triste o festivo, con las fuerzas a punto o menguantes, con la esperanza intacta o rotas las esquinas del alma, el Valhalla está aquí y no hay otro.

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Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

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